El experimento con adolescentes desfavorecidos que revoluciona la admisión elitista a las mejores universidades de EEUU

Erica L. Green
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Di'Zhon Chase, estudiante de primer año de la Universidad de Columbia, quien terminó un curso de la Universidad de Harvard para estudiantes de bachillerato, en Gallup, Nuevo México, el 8 de febrero de 2021. (Adria Malcolm/The New York Times).
Di'Zhon Chase, estudiante de primer año de la Universidad de Columbia, quien terminó un curso de la Universidad de Harvard para estudiantes de bachillerato, en Gallup, Nuevo México, el 8 de febrero de 2021. (Adria Malcolm/The New York Times).

WASHINGTON — Cuando el maestro de Di’Zhon Chase le dijo que había posibilidades de que se inscribiera en una asignatura impartida por la Universidad de Harvard, ella no lo podía creer, y no solo porque esta escuela de la Ivy League estuviera a más de 3200 kilómetros de distancia de su ciudad natal, Gallup, Nuevo México.

“Nunca se habla de Harvard; esa palabra ni siquiera se escucha en Gallup”, señaló Chase. “No es algo que los adultos esperen de nosotros. No pienso que sea porque no creen en nosotros, sino porque hay muchas cosas en nuestra contra”.

Sin embargo, en el otoño de 2019, junto con un pequeño grupo de estudiantes de todo el país, Chase participó en un experimento que tenía el propósito de redefinir las oportunidades para los estudiantes que, al igual que ella, proceden de un ambiente desfavorecido. Por medio de una iniciativa lanzada por una organización sin fines de lucro con sede en Nueva York, el National Education Equity Lab, cientos de estudiantes están prácticamente zarandeando las rejas de algunas de las mejores universidades del país al distinguirse en sus cursos de validación de créditos antes de salir del bachillerato.

El Equity Lab inscribió a más de 300 estudiantes de 11.° y 12.° grado de preparatorias muy pobres en 11 ciudades de todo el país al curso de la Universidad de Harvard “Poesía estadounidense: la ciudad desde Whitman hasta el hip-hop”, impartido por la renombrada profesora Elisa New. Estos bachilleres cumplieron con el mismo nivel que se exige en el curso diseñado para estudiantes aceptados en Harvard: escucharon las cátedras, hicieron los exámenes, redactaron los ensayos, y fueron evaluados con base en los mismos criterios.

El objetivo de este programa piloto era “reinventar y ampliar los objetivos y las responsabilidades de las universidades” y alentarlas a buscar estudiantes estrella procedentes de entornos desfavorecidos “con el mismo entusiasmo y éxito con el que identifican a los atletas sobresalientes”, señaló Leslie Cornfeld, fundadora y directora ejecutiva de Equity Lab.

Algunos programas, como QuestBridge, durante décadas han intentado, con cierto éxito, acercar a los estudiantes desfavorecidos prometedores a las mejores escuelas de educación superior, pero la labor de Equity Lab no es tanto servir de intermediaria sino motivar a los estudiantes en términos académicos, al brindarles confianza y prepararlos para el rigor de las universidades competitivas.

Los resultados iniciales son evidentes, señaló Cornfeld: “El talento de nuestro país está distribuido de manera uniforme, pero las oportunidades no”.

El parque Harvard Yard, del campus de la Universidad de Harvard, casi vacío; en Cambridge, Massachusetts, el 8 de julio de 2020. (Tony Luong/The New York Times).
El parque Harvard Yard, del campus de la Universidad de Harvard, casi vacío; en Cambridge, Massachusetts, el 8 de julio de 2020. (Tony Luong/The New York Times).

En cierto modo, el experimento está desafiando a las mejores escuelas de educación superior, las cuales desde hace mucho han sostenido que la poca representación de estudiantes pertenecientes a comunidades desfavorecidas en sus instituciones es un problema de preparación que está fuera de su control.

“Todas estas escuelas sueltan peroratas como —‘Queremos que haya diversidad, pero no encontramos a los chicos’— y esto prueba que pueden construir un sistema de flujo”, señaló Robert Balfanz, profesor investigador en el Centro para la Organización Social de las Escuelas de la Facultad de Educación de la Universidad Johns Hopkins.

De los estudiantes que terminaron el curso en el otoño de 2019 (el 92 por ciento de los cuales eran alumnos de color y el 84 por ciento de quienes calificaban para obtener almuerzo gratuito), el 89 por ciento aprobó y obtuvo cuatro créditos de la Escuela de Extensión Universitaria de Harvard, mismos que son aceptados por otras universidades de manera generalizada. A la fecha, el 86 por ciento de esos estudiantes han aprobado los cursos y obtenido los créditos ofrecidos por un consorcio del experimento en constante expansión, el cual ahora incluye a las universidades de Yale, Cornell, Howard y la Universidad Estatal de Arizona, así como a la Universidad de Connecticut.

El experimento ha ofrecido una oportunidad para evaluar el carácter de los encargados de admisión en las instituciones de renombre.

“No podemos concebir la igualdad en la educación superior a menos que ampliemos las oportunidades en el nivel de primaria y secundaria”, afirmó en un comunicado Martha Pollack, presidenta de la Universidad Cornell.

Jeremiah Quinlan, rector de admisiones para nuevos estudiantes en la Universidad de Yale, mencionó que esta colaboración agregaría otra serie de valoraciones académicas —calificaciones de cursos universitarios y recomendaciones de otros profesores— más allá de los promedios de calificaciones, los ensayos de solicitud y las puntuaciones de los exámenes estandarizados.

“Por tradición, no hemos aceptado a estudiantes de ciertas comunidades ni de ciertas preparatorias”, señaló Quinlan, “y se trata de generaciones de trabajo que tenemos que superar”.

Este semestre, Equity Lab ha atendido a cerca de 1500 estudiantes procedentes de 75 de las escuelas más pobres del país en 35 ciudades. Varios distritos escolares y universidades están compitiendo para unirse al consorcio, el cual desea ampliarse para poder atender a 10.000 estudiantes para el año 2022.

Chase, de 19 años, estuvo entre el 63 por ciento de los estudiantes del programa piloto que terminaron el curso de la Universidad de Harvard con una calificación de A o B. Al igual que otros egresados de su preparatoria, había estado pensando en ir a una universidad del estado, a la cual asisten principalmente alumnos de la Nación Navajo.

En cambio, ahora es estudiante de primer año en la Universidad de Columbia.

“Tenía sueños y aspiraciones, pero me faltaba pensar: ‘En verdad puedo asistir a estos lugares donde las personas hacen tantas cosas apasionantes’”, comentó Chase. “Pero ahora puedo hacerlo”.

El programa de Equity Lab difiere de los programas de estudios con validación de créditos universitarios que están disponibles para muchos estudiantes de bachillerato en el hecho de que la labor no está restringida por la geografía ni por el acceso selectivo. Un análisis de los datos más recientes de los derechos civiles a nivel federal del Centro de Investigación para Universidades Comunitarias, una parte de la Facultad de Educación de la Universidad de Columbia, muestra que los estudiantes blancos se inscriben en cursos tradicionales de doble matrícula dos veces más que los estudiantes negros, y que los estudiantes negros y nativos estadounidenses tuvieron el porcentaje de participación más bajo en los cursos de Ubicación Avanzada (AP, por su sigla en inglés), el indicador más usado para medir las aptitudes de ingreso a la universidad.

Aunque las clases son gratuitas para los estudiantes, a las instituciones de educación les cuesta 250 dólares por persona —pese a que algunos cursos, como el de la Universidad de Harvard, podrían costar hasta 1800 dólares por semestre— y los distritos escolares están asumiendo los costos o usando una fusión de fondos estatales, locales y filantrópicos.

Balfanz señaló que el consorcio solo estaba aprovechando lo que siempre había estado al alcance de las universidades: el talento y la tecnología.

“Combinaron muchos componentes poderosos, los lanzaron a los cuatro rincones más remotos de Estados Unidos y funcionó”, afirmó. “Deberíamos avergonzarnos de que no esté disponible para todos, de que esto sea una idea extravagante”.

Robert Runcie, superintendente de las escuelas públicas del condado de Broward en el sur de Florida, ha estado cabildeando durante dos años para unirse a Equity Lab y ofrecerles a sus estudiantes el curso “La psicología y la buena vida” de la Universidad de Yale. Este distrito, que sigue impactado por el tiroteo en la escuela de Parkland en 2018, se unió al consorcio este año e inscribió a 240 estudiantes de seis de sus preparatorias de bajos ingresos que comenzaron a tomar el curso este mes.

Laurie Santos, profesora de psicología de la Universidad de Yale que imparte la materia de bienestar, mencionó que la depresión y la ansiedad que observó en el campus le dieron la idea para el curso. Santos se identifica con los bachilleres de su grupo: también ella tuvo que adaptarse a Harvard por venir de una enorme preparatoria pública.

“Sé lo que se siente estar en un lugar donde crees que no perteneces”, comentó Santos.

Donovan Blount, de 17 años, procedente de Far Rockaway, Queens, en Nueva York, siempre pensó en ir a la universidad, pero su madre había abandonado sus estudios y su padre nunca terminó el bachillerato.

“Sabía que era inteligente”, comentó, “pero nunca me dijeron a dónde me llevaría eso”.

Comenzó el bachillerato en una escuela de Brooklyn enfocada en la tecnología, pero el transporte era un problema. En su preparatoria local, terminaba tan rápido su trabajo del único curso de informática disponible, que obtenía créditos adicionales como tutor de otros alumnos. Tomó cursos de Ubicación Avanzada durante todo el bachillerato, incluyendo cálculo.

No obstante, el único indicador disponible para probar si estaba listo para ingresar a la universidad (sus pruebas de AP) lo desanimaron. “Cuando recibí mis resultados dije: ‘Bueno, tal vez no tengo la capacidad para ir a la universidad, yo pensaba que sí’”, recordó.

Tomó la materia de “Introducción a la ingeniería” de la Universidad Estatal de Arizona gracias al Equity Lab… y obtuvo el primer lugar de entre los 50 alumnos en el curso.

“En ese momento pensé: ‘Puedo lograrlo’”, comentó.

Blount después tomó el curso de poesía de la Universidad de Harvard y ahora está inscrito en su segundo curso de la Universidad de Cornell, “Macrodatos para macroproblemas de política”. También añadió otras universidades —Cornell, Duke, Columbia y Howard— a su lista de solicitudes, en la cual antes habían predominado los planteles de la Universidad Estatal de Nueva York.

“Ahora veo la universidad como una lucha contra una serie de circunstancias que fueron creadas para mantenerme donde estoy”, señaló.

This article originally appeared in The New York Times.

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