Un problema de Alberto Fernández, no de Martín Guzmán

Claudio Jacquelin
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Captura Presidencia

“El problema no es de Martín. Es todo de Alberto”. La frase que desde el viernes pronuncian en el Ministerio de Economía explica la magnitud del conflicto que desató la dificultad para desplazar a un subsecretario a cargo de Guzmán, que, en realidad, solo acata órdenes del cristicamporismo.

El “problema” al que refieren los colaboradores del ministro tiene arraigo e impacto en demasiadas dimensiones. Es una cuestión que atañe a la política, a la economía, al poder y al futuro. La dificultad de brindar certezas en esos ámbitos suele ser un acelerador de desconfianzas. Círculos nada virtuosos en medio de una conjunción de distintas crisis, en un año electoral. Por eso, a esta altura la resolución de un conflicto que debería haber sido más que menor ya es casi menos relevante que su ocurrencia. Lo admiten en Olivos y en el Instituto Patria.

La batalla final por el rumbo económico

La decisión de diferir la salida del subsecretario de Energía Eléctrica, Federico Basualdo, como la presenta el Presidente expone, en primer lugar, mucho más que explícitamente la existencia de cortocircuitos (no es solo un chiste obvio) en la cúpula de la coalición gobernante. Motivo más que suficiente para poner en alerta a todo el sistema.

Lo relevante de esta telenovela es que puso en cuestión la consistencia del poder presidencial. Nunca hasta ahora el kirchnerismo había sido tan poco piadoso con la criatura que llevó a la presidencia. Lo desnudaron justo cuando Alberto Fernández acababa de revestirse de “comandante pandemia” para ponerse otra vez al frente de la lucha contra el problema que considera más importante que ningún otro: la segunda ola del Covid. Distracciones riesgosas.

Es obvio, entonces, que la naturaleza del problema no se apellida Basualdo. Tampoco (o, al menos, no solamente) el fondo de la cuestión es la discusión entre pragmáticos y dogmáticos por el cuadro tarifario del servicio eléctrico hogareño y su impacto socio-económico-electoral. Aunque es un elemento real y concreto de disputa. Se trata de un disparador de materiales explosivos que se vienen acumulando en la trastienda frentetodista.

Por eso, lo primero que hizo Fernández fue tratar de airear el espacio interno, para evitar más conflagraciones. Así, hizo saber que Basualdo finalmente dejará el cargo, aunque solo será cuando el tema pierda interés. Al mismo tiempo, dejó trascender su malestar por la forma en que Guzmán manejó el despido de una figura de segundo orden que el cristicamporismo convirtió en mártir. Otra vez, debe procrastinar. Ahora, obligadamente. No hay dudas de que la pródiga realidad hará posible que otras cuestiones urgentes ocupen la agenda pública. No necesariamente para bien. Los problemas irresueltos o mal resueltos suelen generar nuevos y mayores inconvenientes. Fernández ya lo ha experimentado.

Más que el rumbo, en duda

Lo más urgente tal vez sea ahora la necesidad de enviar alguna señal tranquilizadora al mundo económico. Después del mediodía del viernes no solo está en cuestión el rumbo que en esa materia tomará el Gobierno, como lo han dicho voceros de Economía, sino dónde buscarán (y encontrarán) una nueva sustentabilidad el Presidente y su equipo y cuál será la deriva de las variables económicas. En la Casa Rosada procuran minimizar todas esas posibles derivaciones.

Los actores económicos deberían leer más el Boletín Oficial y menos los chats. Lo concreto es que ya descongelamos las tarifas, cuando muchos no creían que lo fuéramos a hacer nunca”, desafía un estrecho colaborador del Presidente. Las próximas horas demostrarán si eso alcanza para restablecer la confianza. El incremento del 9% frente a un presupuesto que prevé una actualización real, cuando la inflación del 29% estimada ya va quedando más que ajada, suena a concesión al frente interno más que al comienzo del sendero de normalización de la macroeconomía. Esto último es lo que pretenden desde el Gobierno que se interprete.

No es lo único que preocupa a los tomadores de decisiones. Las advertencias que trascendieron desde la cartera de Economía como razones para justificar la necesidad de hacer un ajuste tarifario mayor que el que aceptaban Cristina Kirchner y La Cámpora resultan inquietantes.

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En el Palacio de Hacienda mencionan (o admiten) desde la aceleración de la inflación, por un aumento de la emisión para poder afrontar mayores subsidios al sector energético, hasta mayores desajustes en el tipo de cambio. En el medio hacen referencia a probables caídas o desinversión en la producción de energía, con la consecuente necesidad de importar combustible y su negativo impacto fiscal. Nada alentador.

Puede agregarse el ítem seguridad jurídica si se incluyen algunas propuestas de revisión de contratos y concesiones hechas por el resistente Basualdo. Esas manifestaciones fueron defendidas en las últimas horas por voceros del cristinismo y recogidas por medios y periodistas afines. El riesgo de usar el catastrofismo como táctica para facilitar la toma de decisiones resistidas es que sea tomado por un diagnóstico. Y que se cumpla.

A ningún observador experimentado se le pasa por alto que el conflicto y estas temáticas hayan emergido justo después de los viajes de Guzmán por Estados Unidos y Europa para tratar de avanzar en el demorado acuerdo con el FMI y la deuda impaga con el Club de París.

La consecuencia ha sido la instalación de versiones (no desde usinas opositoras, precisamente) de que el ministro de Economía está haciendo los deberes para los organismos internacionales y de que está construyendo un proyecto político propio con miras a 2023. Nada que lo favorezca para hacer pie en las arenas movedizas del Frente de Todos.

Ese es el corolario de las desconfianzas, diferencias y chisporroteos internos en el oficialismo que han ido retroalimentándose en las últimas semanas. Al recrudecimiento de la pandemia, a los nuevos problemas con las vacunas, la naturaleza y dimensión de las medidas para disminuir la ola de contagios, se les sumaron algunos desajustes macroeconómicos. Sobre eso se encabalgaron un cúmulo de rumores sobre perspectivas y proyectos económicos y políticos que estarían desatando acciones menos colaborativas que confrontativas. Y eso que hay una elección por delante.

Las versiones que circulan y que se tiran de un lado a otro de la coalición gobernante van desde operativos de desgaste tramados, impulsados o tolerados desde La Cámpora contra el propio Presidente hasta la defensa de intereses corporativos.

La sola mención o admisión de esas suspicacias por parte de altos miembros del frentetodismo les otorga entidad y tiene consecuencias. Es un hecho, por ejemplo, que las medidas adoptadas por Fernández para hacer frente a la segunda ola pandémica no eran las que exigía el ala más dura, representada en este tema (como en otros) por Axel Kicillof, y que no se privó de hacerlo saber.

El operativo policial bonaerense que hizo colapsar anteayer las salidas de la ciudad de Buenos Aires hacia el norte y el noroeste de la provincia durante seis horas se interpretó como una expresión brutal e indubitable de aquel desacuerdo. Cuando la reacción es desmedida no puede alegarse defensa propia, pero el gobierno nacional se vio obligado a absolver de culpas a los autores del desquicio. Otra vez.

El ministro de Seguridad bonaerense, Sergio Berni, que comandó el operativo, parece ser el ariete preferido para ocuparse de la tarea de cuestionar con hechos y palabras algunas medidas del gobierno nacional. No solo su par nacional, Sabina Frederic, lo sufre. Ya es un clásico. También lo padeció recientemente Guzmán. Está claro que los tiros por elevación siempre terminan impactando en la Casa Rosada y así lo admiten en el entorno presidencial.

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Por eso, algunos colaboradores del Presidente e intendentes bonaerenses prestan oídos y le dan voz a la versión que dice que a Berni lo alimentan desde La Cámpora para ejercer la lima sobre la imagen de Fernández.

Las embestidas de la organización que lidera Máximo Kirchner son multidireccionales. También está bajo fuego amigo el secretario de Medios, Francisco Meritello.

Los allegados al ministro de Economía parecen tener razón. “El problema no es de Guzmán, sino de Fernández”. Otro más.