Presionada por el Brexit, Irlanda del Norte ya no ve inviable una isla unificada

Rafa de Miguel

ENNISKILLEN, Gran Bretaña.- Hay lugares que hubieran preferido no pasar nunca a la historia. Y que se han convertido, como un experimento de laboratorio, en el microcosmos que mejor explica un problema complejo. Enniskillen está en el condado de Fermagh. Es el último enclave al oeste del Reino Unido.

A Enniskillen, ubicada en medio del lago Erne, la llaman la "perla del Úlster". Es parte de Irlanda del Norte, territorio británico. En su calle principal se suceden casas de estilo victoriano. Hay peluquerías, florerías, supermercados, negocios con aparejos de pesca y locales de ropa que sobreviven en pie con los géneros de tela de hace dos décadas.

La ciudad tiene también su monumento a los caídos en la Primera y en la Segunda Guerra Mundial. Allí hizo explotar el IRA provisional el 8 de noviembre de 1987, justo el Día del Recuerdo, justo cuando autoridades y vecinos colocaban sus coronas, un coche bomba. Dejó once muertos y 63 heridos. Los terroristas dijeron que su objetivo eran los soldados que se disponían a desfilar. La reina Isabel II visitó Enniskillen. Bill Clinton pasó por la ciudad en los años noventa, al menos tres veces. El proceso de paz se aceleró y se firmó en 1998. Y pasó al olvido, junto con Irlanda del Norte.

Y llegó el Brexit. Los euroescépticos se dieron de bruces con un territorio incómodo, Irlanda del Norte, que entorpecía sus planes. Los norirlandeses vieron sacudida la cómoda ambigüedad en que vivían. ¿Cómo separar el Reino Unido de Europa, de la que la República de Irlanda, en el sur, forma parte, sin partir de nuevo la isla en dos? ¿Cómo seguir sintiéndose irlandés o británico sin miedo a dejar de sentirse europeo?

"Crecí en Enniskillen. Nací en 1974, en la época de the troubles ("los problemas", el eufemismo con se conoce el conflicto armado que estalló en Irlanda del Norte en los años sesenta). Crecí en un período especialmente difícil. Me mudé a Inglaterra cuando cumplí 21. Mi mujer y yo regresamos cuando quedó embarazada de nuestro primer hijo. Llegamos justo cuando comenzó el proceso de devolución del gobierno autonómico. Lo que me puso en acción fue preguntarme qué clase de futuro esperaba a mis hijos aquí", dice Dylan Quinn, de 45 años. En enero último decidió que recorrería los 144 kilómetros que separan su ciudad de Stormont, en Belfast. Allí se encuentra la Asamblea Legislativa Autonómica que creó el proceso de paz. Irlanda del Norte no tiene Parlamento ni gobierno. La rivalidad visceral de los partidos protestantes y católicos, condenados a entenderse para que el experimento funcione, tiene bloqueado todo.

"Diseñé un recorrido que me permitiera pasar por muchos lugares y poder hablar con la gente. El mensaje a transmitir es que queremos recuperar la democracia", cuenta Quinn. Habla con una pasión contagiosa. "¿Qué provocó el Brexit? Que aquellos moderados que engrosaban las filas del nacionalismo suave o del unionismo suave -responde-, cuyas raíces culturales no eran cuestionadas y se les permitía disfrutar de lo mejor de ambos mundos, ahora se sientan amenazados. Ahora muchos empiezan a considerar que unirse a Irlanda quizá no sea tan mala idea si eso les permite retener su ciudadanía europea", dice Quinn.

Lo sabe bien Bradley Colm, de 39 años, periodista de The Impartial Reporter, diario conocido en su tiempo por su línea editorial prounionista. Hoy ha ganado prestigio por centrarse en los problemas de la comunidad y no ver ya la vida en blanco y negro. La ve más bien en verde (republicanos) y naranja (unionistas). "Llevo cubriendo las elecciones desde 2005 y esta es la primera vez que veo a la gente animarse a participar por cuestiones más del día a día. Pero soy escéptico respecto de que eso se traslade después al voto. Creo que hay un montón de gente que quiere que las cosas cambien, pero siguen teniendo miedo a dar el paso. No creo que haya otro lugar en Gran Bretaña o en la República de Irlanda, donde, si la calidad de la infraestructura o el nivel de inversión pública fueran tan malos como aquí, sigan eligiendo una y otra vez a la misma gente. Aquí simplemente la mayoría vota verde o naranja", se lamenta Bradley.

La candidata del Sinn Fein, el partido republicano, Michelle Gildernew, y el del Partido Unionista del Úlster, Tom Elliott, llevan más de una década peleando por el único escaño que aporta su circunscripción a la Cámara de los Comunes de Londres. La victoria se cuenta por un puñado de votos y el Sinn Fein, si gana, no ocupa la banca a modo de protesta.

"La gente empieza a perder la paciencia con los políticos locales. Hace tres años la idea de ser gobernados desde Londres habría sido rechazada de inmediato. Hoy la gente empieza a pensar que es mejor de lo que tenemos", se lamenta el periodista. También Colm cree que cada vez más personas miran de reojo la otra parte de la isla. "Si me hubieran preguntado, antes del Brexit, cuándo se sometería a referéndum la idea de una Irlanda unificada, hubiera dicho que en 20 años. Ahora suena razonable en menos de cinco. Y con todas las cosas extrañas que se han visto en política, creo que la unidad es mucho más posible", vaticina.

En la plaza donde se produjo la masacre, se decidió levantar un edificio de arquitectura moderna, The Clinton Centre, en homenaje al presidente de Estados Unidos que más hizo por la paz en Irlanda del Norte. Lleva tres años cerrado, en un estado ruinoso. Es una metáfora de la actual Irlanda del Norte. Nadie supo bien cómo gestionar los réditos de la paz para crear algo nuevo.