'Nuestro presidente quiere que estemos aquí': la turba que asaltó el Capitolio

Dan Barry, Mike McIntire and Matthew Rosenberg
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Jacob Anthony Chansley, un seguidor de QAnon, al centro, con otros simpatizantes del presidente Donald Trump que se reunieron en el Capitolio de Estados Unidos y enfrentaron a la policía en ese edificio, en Washington, el 6 de enero de 2021. (Erin Schaff/The New York Times)
Jacob Anthony Chansley, un seguidor de QAnon, al centro, con otros simpatizantes del presidente Donald Trump que se reunieron en el Capitolio de Estados Unidos y enfrentaron a la policía en ese edificio, en Washington, el 6 de enero de 2021. (Erin Schaff/The New York Times)
Partidarios del presidente Donald Trump asaltan el Capitolio de Estados Unidos en Washington, el 6 de enero de 2021. (Kenny Holston/The New York Times)
Partidarios del presidente Donald Trump asaltan el Capitolio de Estados Unidos en Washington, el 6 de enero de 2021. (Kenny Holston/The New York Times)

El “Mitin para salvar a Estados Unidos”, que convocó a casi 2000 personas en Washington, fue lo que, el martes en la noche, preparó el terreno para lo que vendría. Una serie de oradores iracundos alimentaba las teorías conspirativas sobre unas elecciones robadas y pasaba lista a los enemigos declarados: los demócratas y los republicanos débiles, los comunistas y los adoradores de Satanás.

No obstante, la multitud parecía un poco desconcertada ante la posibilidad de ayudar al presidente Donald Trump a anular el resultado de las elecciones pese a que, en ocasiones, el discurso parecía un llamado a las armas.

Mientras el público disminuía, aparecían hombres jóvenes con cascos y chalecos antibalas, muchos de ellos con macanas y cuchillos. Algunos pertenecían al grupo neofascista Proud Boys y otros, al Three Percenters, un grupo paramilitar de extrema derecha.

“No vamos a ceder”, afirmó un hombre con suturas recientes en la cabeza. “Este es nuestro país”.

El miércoles en la tarde, una turba irrumpió en el Capitolio del país mientras los legisladores se escondían asustados. Vandalismo al por mayor. Gases lacrimógenos. Disparos de armas de fuego. Una mujer muerta, un oficial de policía muerto y muchos heridos.

Pero la insurrección no tuvo éxito.

Fue la culminación de un ataque ininterrumpido del presidente y sus cómplices a la realidad basada en los hechos, un ataque que comenzó mucho antes de las elecciones de noviembre, pero que se convirtió en una urgencia conforme se fortalecía la certeza de la derrota de Trump.

Luego de que fue derrotado por Joe Biden, Trump impulsó una campaña de mentiras sobre que le estaban robando la presidencia y que la última oportunidad para impedirlo era marchar al Capitolio. Para muchos estadounidenses, era como otro mitin para sentirse mejor y apaciguar el ego herido de Trump, pero algunos de sus partidarios lo tomaron como un grito de guerra.

Ahora, docenas de ellos están arrestados. Pero parece que esa experiencia solo ha fortalecido la determinación de otros.

Couy Griffin, un comisionado republicano de 47 años del condado de Nuevo México, habló en un video que publicó en la página de Facebook de su grupo, Cowboys for Trump, acerca de organizar pronto otro mitin en el Capitolio (que podría tener como resultado “el derramamiento de sangre en ese edificio”).

“Pondremos nuestra bandera sobre los escritorios de Nancy Pelosi y de Chuck Schumer”, afirmó. “Y, en resumen, a Donald J. Trump”.

La promoción del mitin fue contundente. Más allá de los anuncios recurrentes en los tuits del presidente y de sus aliados, el futuro evento fue proclamado en las redes sociales. Pero en muchos de los mensajes de respaldo a Trump —y que también planteaban impedir la certificación de la elección por parte del Congreso— había un discurso entretejido que invitaba a la hostilidad, e incluso a la violencia.

Por ejemplo, de acuerdo con Zignal Labs, una empresa de análisis de los medios, el término “Asalto al Capitolio” fue mencionado 100.000 veces en los 30 días anteriores al 6 de enero. Muchas de estas menciones aparecieron en hilos de tuits virales en los que se hablaba de un posible asalto al Capitolio.

En los debates por internet, algunos seguidores de QAnon y de grupos paramilitares hablaban de cuáles serían las armas y herramientas que debían llevar. “Lleven una barreta” decía un mensaje publicado en Gab, una red social que frecuentan las personas de ultraderecha.

Sin embargo, pareciera que no se logró elaborar un plan general para entrar en acción. Tampoco se sabe si detrás de la movilización había algún gran capital o una recaudación de fondos coordinada, pese a que, al parecer, algunos partidarios de Trump recibieron fondos a través de redes poco transparentes de internet para ayudarles a pagar su transportación al mitin.

El martes, miles de personas se reunieron en la Plaza Libertad de Washington para el evento “Marcha para salvar a Estados Unidos”, autorizado como “Marcha para la renovación”. Los variados intereses de los asistentes se reflejaban en los oradores: evangélicos muy conocidos, celebridades de la derecha alternativa (como Alex Jones de Infowars) e incondicionales de Trump, incluyendo su exasesor de seguridad nacional, Michael Flynn, y Roger Stone, republicano que se precia de ser un experto en el juego sucio, a quienes Trump había indultado.

Los oradores alentaban constantemente a los asistentes para que se consideraran como soldados que luchan para salvar el país. Según Flynn, los estadounidenses estaban listos para “sangrar” por la libertad.

Cerca del mediodía del miércoles, Trump llegó con grandes zancadas a un escenario montado en un parque al sur de la Casa Blanca y, durante más de una hora, pronunció una sarta de palabras provocadoras. Exhortó a una multitud de más de 8000 personas a marchar al Capitolio para presionar a los legisladores “porque nunca recuperaremos nuestro país si mostramos debilidad. Tenemos que demostrar fuerza y tenemos que ser fuertes”.

Incluso antes de que terminara de hablar, la gente comenzó a caminar en dirección al este hacia el Capitolio. Pronto se corrió la voz de que el vicepresidente Mike Pence —quien supervisaría el conteo formal de los votos electorales por parte del Congreso para su certificación— había anunciado que no sería cómplice de los intentos del presidente para anular las elecciones.

“Se imaginarán la agitación de la gente cuando nos enteramos de eso”, señaló Griffin, el comisionado del condado de Nuevo México, en un video publicado en las redes sociales. “¿Qué creían que iba a suceder?”.

Para cuando la mayor parte de la multitud llegó al edificio, su vanguardia se había expandido y ya era una turba furiosa. Un hombre gritaba con un megáfono: “¡Sigan avanzando! ¡Luchemos por Trump, luchemos por Trump!”.

La gente rebasó a unos cuantos policías del Capitolio para golpear las ventanas y las puertas. Desde entonces, han aparecido muchos videos y testimonios de testigos oculares que dan cuenta del pandemonio, mientras cientos de personas aventajaban la presencia insuficiente de la fuerza policiaca. Después de algunos minutos, la multitud se abrió paso y comenzó a entrar.

Algunas personas se quedaron inmóviles asombradas, mientras que otras se pusieron manos a la obra. Durante todo ese tiempo, los miembros del Oath Keepers, un grupo paramilitar autoproclamado de ciudadanos, parecían estar de guardia… protegiendo a los transgresores. Banderas de Estados Unidos ondeaban detrás de las banderas de “Trump 2020”, y manifestantes que portaban insignias de “Hagamos a Estados Unidos grandioso de nuevo”, pasaban junto a personas que llevaban letreros antisemitas. Resonaron consignas de “Nunca Joe” y “Dejen de robarnos”, así como variantes de “God Bless America” y del himno nacional.

Derrick Evans, de Virginia Occidental, quien solo dos meses antes había sido electo como delegado estatal republicano, se paseó por los corredores tomándose videos.

Entre los vítores y gritos de emoción había preguntas sobre qué hacer después. Se podía escuchar que algunas personas buscaban a miembros concretos del Congreso, incluyendo a la presidenta de la Cámara Baja, Nancy Pelosi, cuya oficina fue allanada por varias personas.

En una fotografía se veía a un hombre en buena forma paseando por la sala del Senado con equipo paramilitar completo. Llevaba varias esposas flexibles, las ataduras de plástico que usa la policía.

“Nuestro presidente quiere que estemos aquí”, se le oyó decir a un hombre en una transmisión de video en vivo que lo mostraba de pie dentro del Capitolio. “Nosotros esperamos a nuestro presidente y obedecemos sus órdenes”.

Trump no estuvo presente en estas acciones cuando los alborotadores se desbocaron por los salones del Congreso. Pasarían horas antes de que finalmente saliera a pedirles de una manera moderada que se fueran. “Debemos mantener la paz”, afirmó. “Así que váyanse a casa. Los amamos. Ustedes son muy especiales”.

Algunos de sus partidarios manifestaron frustración, incluso incredulidad, de que, aparentemente, el presidente estuviera rindiéndose. Un hombre deambuló enojado fuera del Capitolio gritando a través un megáfono que Pence era un cobarde y que ahora Trump les había dicho a todos que “solo se fueran”.

Muchos de los que respondieron a las palabras provocadoras del presidente ahora enfrentan las consecuencias. Los investigadores buscan principalmente a la persona que golpeó con un extinguidor a Brian Sicknick, de la policía del Capitolio; este oficial de 42 años murió el jueves después de haber resultado herido en el disturbio.

Ya se han dado señales de una posible violencia en el futuro. Twitter, la empresa que canceló la cuenta de Trump el viernes, señaló que “ya han comenzado a proliferar en internet planes de futuras manifestaciones armadas”, que incluyen “un segundo ataque previsto para el 17 de enero al Capitolio de Estados Unidos y a edificios del capitolio estatal”.

Grupos privados de chat en Gab y Parler están salpicados de conversaciones sobre una posible “Marcha del millón de paramilitares” para el 20 de enero, que intentaría boicotear la toma de posesión de Biden. “Ya tomamos el edificio una vez”, publicó un interlocutor. “Podemos volver a tomarlo”.

This article originally appeared in The New York Times.

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