El Premio Nobel africano que inició la guerra en Tigray

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Un cartel en Asmara, Eritrea, en 2018 celebraba el acuerdo de paz entre Ahmed, el mandatario de Etiopía, y el presidente Isaias Afwerki de Eritrea después de dos décadas de hostilidades entre sus países. (Malin Fezehai/The New York Times)
Un cartel en Asmara, Eritrea, en 2018 celebraba el acuerdo de paz entre Ahmed, el mandatario de Etiopía, y el presidente Isaias Afwerki de Eritrea después de dos décadas de hostilidades entre sus países. (Malin Fezehai/The New York Times)

NAIROBI, Kenia — Reuniones secretas con un dictador. Movimientos clandestinos de soldados. Meses de preparación silenciosa de una guerra que debía ser rápida y sin sangre.

Nuevas pruebas muestran que el primer ministro de Etiopía, Abiy Ahmed, planeó durante meses una campaña militar en la región norteña de Tigray antes de que hace un año estallara la guerra, desatando una cascada de destrucción y violencia étnica que ha ahogado a Etiopía, el segundo país más poblado de África.

Abiy Ahmed, galardonado con el Premio Nobel de la Paz , quien hace poco ha sido visto en atuendo militar dirigiendo tropas en el frente de batalla, insiste en que la guerra le fue impuesta: que los combatientes étnicos tigrayanos dispararon primero en noviembre de 2020 al atacar una base militar federal en Tigray, masacrando soldados en sus camas. Ese relato se ha convertido en un asunto de fe para Ahmed y sus partidarios.

De hecho, fue una guerra elegida por Ahmed, una que inició incluso antes de que se le otorgara en 2019 el Premio Nobel de la Paz y se convirtiera, por un tiempo, en icono global de la no violencia.

En gran parte, la concesión del Nobel se debió al improbable acuerdo de paz que Ahmed logró con Isaias Afwerki, el líder autoritario de Eritrea, a meses de asumir el poder en 2018. Ese pacto terminaba dos décadas de hostilidad y guerra entre rivales vecinos e inspiró grandes esperanzas de una transformación regional.

Pero, en vez de eso, el Nobel alentó a ambos mandatarios para planear en secreto un enfrentamiento bélico contra sus adversarios mutuos en Tigray, según funcionarios y exfuncionarios etíopes que hablaron con la condición de mantener su anonimato para evitar represalias o proteger a sus familiares dentro de Etiopía.

En los meses previos a que se desatara la violencia en noviembre de 2020, Ahmed desplegó tropas hacia Tigray y envió aviones militares de carga a Eritrea. A puerta cerrada, sus asesores y generales debatían los beneficios de un conflicto. Quienes estuvieron en desacuerdo fueron despedidos, interrogados a punta de pistola u obligados a marcharse.

El primer ministro de Etiopía, Abiy Ahmed, fue aclamado por su promesa de unificar al país. (Alex Welsh/The New York Times)
El primer ministro de Etiopía, Abiy Ahmed, fue aclamado por su promesa de unificar al país. (Alex Welsh/The New York Times)

Aún deslumbrados por el Nobel, los países de Occidente ignoraron esas señales de advertencia, dijeron los funcionarios. Pero, al final, eso ayudó a allanar el camino hacia la guerra. “Desde ese día, Ahmed sintió que era una de las personalidades más influyentes del mundo”, dijo en una entrevista Gebremeskel Kassa, un ex alto funcionario de la gestión de Ahmed que ahora está en el exilio en Europa.

“Sentía que contaba con mucho apoyo internacional, y que si iba a la guerra en Tigray, no le iba a pasar nada. Y tenía razón”, añadió.

La vocera de Ahmed, el ministro de Información de Eritrea y el Comité Noruego del Nobel no respondieron a las preguntas hechas con motivo de este artículo.

La veloz y sencilla victoria militar que Ahmed prometió no se ha cumplido. Los tigrayanos derrotaron a las tropas etíopes y sus aliados eritreos en el verano y el mes pasado llegaron a estar a 260 kilómetros de la capital, Addis Abeba, lo que hizo que Ahmed declarara un estado de emergencia.

Recientemente las cosas han cambiado, y las fuerzas del gobierno recuperaron dos ciudades estratégicas que fueron capturadas por los tigrayanos, el más reciente giro en un conflicto que ya ha cobrado decenas de miles de vidas, además de someter a cientos de miles de personas a condiciones similares a las de la hambruna.

Los analistas dicen que el trayecto de Ahmed de pacificador a comandante en el frente de batalla es un relato aleccionador sobre cómo Occidente, en su desesperación por encontrar un nuevo héroe en África, se equivocó tanto con este líder.

“Occidente tiene que compensar por sus errores en Etiopía”, dijo Alex Rondos, quien fuera el principal diplomático de la Unión Europea en el Cuerno de África. “Juzgó erróneamente a Ahmed. Empoderó a Isaias. Ahora el tema es si puede prevenirse que un país de 110 millones de habitantes se venga abajo”.

El comité del Nobel se arriesga

Al aceptar el Premio Nobel de la Paz en diciembre de 2019, Ahmed, un soldado retirado, empleó su propia experiencia para transmitir con elocuencia el horror del conflicto.

“La guerra es el epítome del infierno”, dijo ante una distinguida audiencia en la Alcaldía de Oslo. “Lo sé porque he estado allá y he regresado”.

Para sus admiradores extranjeros, esa retórica vertiginosa era otra prueba más de un líder excepcional. En sus primeros meses en el poder, Ahmed, entonces de 41 años, liberó a los presos políticos, quitó las mordazas a la prensa y prometió elecciones libres en Etiopía. Su acuerdo de paz con Eritrea, un estado paria, fue una cara apuesta para la región del cuerno de África devastada por los conflictos.

Aún así, el Comité Noruego del Nobel, de cinco integrantes, supo que se arriesgaba con Ahmed, dijo Henrik Urdal del Instituto de Investigación de la Paz de Oslo, que analiza las decisiones del comité.

Las amplias reformas de Ahmed eran frágiles y fácilmente reversibles, dijo Urdal, y la paz con Eritrea se centraba en su relación con Isaias, un autócrata despiadado y experimentado en las batallas.

“Mi socio y camarada en la paz”, lo llamó Ahmed en Oslo.

Muchos etíopes también querían creer en la promesa de Ahmed. En una cena de gala para el nuevo primer ministro celebrada en Washington en julio de 2018, Kontie Moussa, un etíope residenciado en Suecia, anunció que nominará a Ahmed al Premio Nobel de la Paz y fue recibido con aplausos.

En Suecia, Kontie, persuadió a Anders Österberg, un legislador de un distrito de bajos ingresos en Estocolmo con una gran población inmigrante, que se uniera a su causa. Österberg viajó a Etiopía, se reunió con Ahmed y quedó impresionado.

Ese año firmó los papeles para el Nobel a favor de Ahmed, una de al menos dos nominaciones de ese año.

Al seleccionar a Ahmed, el comité del Nobel esperaba alentarlo a seguir el camino de las reformas democráticas, dijo Urdal.

Sin embargo, incluso en ese momento ya había indicios de que el acuerdo de paz de Ahmed no era todo lo que parecía.

Los frutos iniciales, como vuelos comerciales diarios entre ambos países y la reapertura de fronteras se perdieron o fueron revertidos en cuestión de meses. Los pactos comerciales prometidos no se lograron y hubo poca cooperación en concreto, dijeron los funcionarios etíopes.

Sin embargo, los espías de Eritrea ganaron ventaja. La inteligencia etíope detectó un flujo de agentes eritreos, algunos que se hacían pasar por refugiados, que reunían información sobre las capacidades militares de Etiopía, dijo un funcionario de seguridad etíope.

Los eritreos estaban particularmente interesados en Tigray, dijo.

Isaias Afwerki tenía un largo y amargo rencor contra el Frente de Liberación Popular de Tigray (FLPT), que dominó Etiopía durante casi tres décadas hasta que Ahmed llegó al poder en 2018. Culpaba a los líderes de Tigray de la feroz guerra fronteriza entre Etiopía y Eritrea, una antigua provincia de Etiopía, en la que murieron hasta 100.000 personas y que duró de 1998 a 2000. También los culpaba por el doloroso aislamiento internacional de Eritrea, incluidas las sanciones de Naciones Unidas.

Pero el caso de Ahmed es más complicado.

Durante ocho años sirvió en la coalición gobernante dominada por el FLPT y fue nombrado ministro en 2015. Pero como pertenecía a la etnia oromo, el grupo étnico más grande de Etiopía, nunca se sintió completamente aceptado por los tigrayanos y sufrió numerosas humillaciones, dijeron exfuncionarios y amigos.

En 2010, los tigrayanos despidieron a Ahmed de su puesto de liderazgo en una poderosa agencia de inteligencia. Ya en el poder, aún molesto por la destitución, empezó a ver a los tigrayanos como la principal amenaza a sus incipientes ambiciones.

Un jefe de inteligencia entre cantantes y bailarines

Ahmed e Isaias se reunieron al menos en 14 ocasiones desde que firmaron el acuerdo de paz hasta que estalló la guerra, según muestran los registros públicos y los informes de noticias.

Casi todas las reuniones fueron a solas —sin la presencia de ayudantes ni secretarios— lo cual es muy inusual, según dijeron dos exfuncionarios etíopes.

También se reunieron en secreto: en al menos otras tres ocasiones en 2019 y 2020, Afwerki voló a Addis Abeba sin previo aviso, dijo un exfuncionario. Se ordenó a las autoridades de aviación que guardaran silencio y se envió un automóvil sin distintivos para trasladarlo hasta el complejo de Ahmed.

Por aquella época los funcionarios eritreos también visitaban con regularidad la región de Amhara, que tiene un largo historial de rivalidad con Tigray. Multitudes llenaban las calles cuando Isaias Afwerki visitó la antigua ciudad de Gondar, en Amhara, en noviembre de 2018 y cantaban: “¡Isaias, Isaias, Isaias!”

Más tarde un elenco de cantantes y bailarines eritreos visitaron Amhara. Pero en la delegación participaba Abraha Kassa, el jefe de inteligencia de Eritrea, que aprovechó el viaje para reunirse con líderes de seguridad en Amhara, dijo el jefe de inteligencia etíope. Luego, Eritrea acordó entrenar a 60.000 soldados de las Fuerzas Especiales Amhara, una unidad paramilitar que luego sería enviada a Tigray.

En una conferencia en el Foro Económico Mundial en Davos, Suiza, en febrero de 2018, Ahmed propuso una fusión entre Etiopía, Eritrea y Yibuti, una insinuación que alarmó a los funcionarios etíopes, a quienes les pareció que era una jugada de Isaias.

Los asesores también vieron esos comentarios como una prueba más de las tendencias impulsivas de Ahmed, lo que los llevó a cancelar su conferencia de prensa durante las ceremonias del Nobel en Oslo diez meses después.

Visiones irreconciliables que desencadenan una guerra

Desde sus primeros días en el poder, Ahmed vio a los tigrayanos como una amenaza a su autoridad, tal vez incluso a su vida.

Los tigrayanos habían preferido otro candidato como primer ministro, y Ahmed les dijo a sus amigos que temía que los oficiales de seguridad de Tigray estuvieran tratando de asesinarlo, dijo un conocido.

En la residencia del primer ministro se ordenó que hubiera soldados en guardia en todos los pisos. Ahmed despidió de su comitiva de seguridad a los tigrayanos y creó la Guardia Republicana, una unidad especialmente seleccionada bajo su control directo cuyos elementos fueron enviados a entrenarse a Emiratos Árabes Unidos, un poderoso y nuevo aliado también cercano a Afwerki, dijo el exfuncionario etíope.

El asesinato inexplicable del jefe militar etíope, el general Seare Mekonnen, de origen étnico tigrayano que fue asesinado por un guardaespaldas en junio de 2019, aumentó la tensión.

La ruptura con los tigrayanos también fue impulsada por profundas diferencias políticas. A las pocas semanas de la decisión del Premio Nobel, Ahmed creó el Partido de la Prosperidad, que encarnaba su visión de un gobierno etíope centralizado y fuerte.

Pero esa visión era un anatema para los millones de etíopes que anhelaban una mayor autonomía regional, en particular los tigrayanos y los miembros de su propio grupo étnico, los oromo.

Los oromo, que representan alrededor de una tercera parte de los 110 millones de habitantes del país, se han sentido excluidos del poder durante mucho tiempo. Muchos esperaban que el ascenso de Ahmed cambiara esa situación.

Pero el Partido de la Prosperidad se enfocaba en las ambiciones de Ahmed, no en las de la población, y a finales de 2019 se registraron enfrentamientos violentos entre los oficiales de policía y los manifestantes en la región Oromia que culminaron con la muerte de un cantante popular en junio de 2020.

En ese escenario tumultuoso se aceleró el camino hacia la guerra.

Los aviones de carga militar etíopes empezaron a realizar vuelos clandestinos nocturnos a bases en Eritrea, dijo un alto exfuncionario etíope.

Los principales ayudantes y funcionarios militares debatieron en privado el beneficio de emprender una guerra en Tigray, dijo el exfuncionario.

Entre los disidentes estaba el general en jefe del ejército de Etiopía, Adem Mohammed.

Para ese entonces los tigrayanos también se preparaban para la guerra y buscaban aliados en el Comando Norte, la unidad militar más poderosa de Etiopía, con base en Tigray.

En septiembre, los tigrayanos procedieron a una elección regional, en franco desafío a una orden de Ahmed, quien movilizó a sus tropas de las regiones Somali y Oromia hacia Tigray.

En una videoconferencia a mediados de octubre, Ahmed les dijo a funcionarios del partido gobernante que intervendría militarmente en Tigray y que solo tomaría de tres a cinco días derrocar a los líderes regionales, dijo Gebremeskel, el exfuncionario que ahora está en el exilio.

El 2 de noviembre, el jefe de política exterior de la Unión Europea, Josep Borrell Fontelles, hizo un llamamiento público a ambas partes para que cesaran los “despliegues militares provocativos”. La noche siguiente, las fuerzas de Tigray atacaron una base militar etíope, calificando esa acción como un ataque preventivo.

Desde el norte, soldados eritreos inundaron Tigray. Las Fuerzas Especiales Amhara llegaron del Sur. Ahmed despidió al general Adem y anunció una “operación policial” en Tigray.

La devastadora guerra civil de Etiopía estaba en marcha.

Un reportero de The New York Times colaboró con la reportería desde Addis Abeba, Etiopía.

Declan Walsh es el corresponsal principal para África. Antes estuvo radicado en Egipto, desde donde cubría el Medio Oriente y Pakistán. Antes trabajó para The Guardian y es el autor de The Nine Lives of Pakistan. @declanwalsh

© 2021 The New York Times Company

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