Los precios de los cortes de carne baten récords, pero a los rancheros de EE.UU. no les llega nada

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Un remate de ganado en Billings, en el estado de Montana
Erin Schaff

SHEPERD, Montana.– A juzgar por el precio de la carne en los supermercados y restaurantes, este parecería ser un momento muy lucrativo para los productores ganaderos como Steve Charter y su estancia de 3000 hectáreas en las planicies altas de Montana.

Estados Unidos está consumiendo más carne vacuna que nunca, y el precio se disparó un 20% en el último año, una de las principales causas del alarmante aumento de la inflación en ese país.

Pero en algún punto intermedio entre la mesa de los norteamericanos y la estancia de Montana, la parte que le toca al productor Charter de ese negocio que mueve 66.000 millones de dólares se volatiliza.

Tercera generación de productores ganaderos, Charter, de 69 años, está acostumbrado a trabajar los siete días de la semana y los 365 días del año, con temperaturas que en invierno descienden a 40 grados bajo cero y en verano, a 40 sobre cero.

Charter siempre tuvo la ilusión de que sus seis nietos continuaran con esa forma de vida, pero después de cinco años sin ganancias ahora contempla el mismo destino que enfrentaron medio millón de rancheros norteamericanos en las últimas décadas: tener que rematar su ganado.

“Estamos evaluando salir del negocio”, dice Charter con la voz quebrada y conteniendo las lágrimas. “A nosotros no nos llega lo que pagan los consumidores”.

La desesperación de los ganaderos norteamericanos es la contracara de las alucinantes ganancias que embolsan los conglomerados de la industria cárnica, como Tyson Foods y Cargill, a los que se suman un par de empresas controladas por corporaciones de capital brasileño, como National Beef Packing Co. y JBS.

Gracias a una ola de fusiones corporativas que arrancó en la década de 1980, las cuatro mayores procesadoras de carne de Estados Unidos lograron aumentar del 36% al 85% su porción del mercado norteamericano, según datos del Departamento de Agricultura.

Ese predominio en el mercado les ha permitido ahogar a la competencia y dictar los precios de la carne, aprovechando que las autoridades han flexibilizado la aplicación de las leyes aprobadas hace un siglo para frenar la voracidad de los “magnates ladrones”, según explican los expertos antimonopolio y los defensores de los productores ganaderos.

El productor Steve Charter sostiene que tendrá que deshacerse de su ganado
Erin Schaff


El productor Steve Charter sostiene que tendrá que deshacerse de su ganado (Erin Schaff/)

El actual récord del precio de la carne en Estados Unidos es también un reflejo directo de la caída del stock ganadero, otra manifestación de las graves interrupciones que sufrió la cadena de suministros global durante la pandemia. La oleada inicial de coronavirus golpeó con todo en los mataderos y los frigoríficos, donde se enfermaron miles de empleados y otros tantos perdieron la vida a causa del Covid, frenando la producción. Esas interrupciones generaron desabastecimiento de carne.

Pero fue apenas el último golpe, después de décadas de adquisiciones y fusiones empresarias, que condujo al cierre de cientos de frigoríficos. Las leyes básicas de la economía saben lo que pasa cuando se reduce la capacidad de procesar carne: la oferta se reduce y el precio de mostrador se dispara. Y al haber menos mataderos, los productores ganaderos reciben menos ofertas por su ganado en pie, y por lo tanto cae el precio de esos animales, otra ventaja para las empresas empacadoras.

“Su objetivo es controlar el mercado para controlar también el precio”, dice Marion Nestle, profesora de estudios de la alimentación y salud pública de la Universidad de Nueva York. “La pandemia dejó expuestas las consecuencias del proceso de concentración de la industria cárnica.”

Las grandes procesadoras de carne enfrentan el embate del gobierno de Biden, que quiere resucitar la aplicación de la ley antimonopolio, y dicen que poner el foco en la concentración del mercado es equivocado.

Un partido arreglado

“La concentración no tiene nada que ver con el precio”, dice Sarah Little, vocera del Instituto Norteamericano de la Carne, una organización empresaria del sector. “Los mercados del ganado y de la carne son dinámicos”.

Pero los productores ganaderos se quejan y dicen que el partido está arreglado. Los productores crían terneros que pastan libremente en el campo hasta que crecen lo suficiente para ser vendidos a las unidades de engorde en corral, o feedlots, donde los alimentan con granos hasta que ganan peso y están listos para la faena. Esos corrales de engorde son los que venden el ganado a los frigoríficos y empacadoras de carne.

Y como esos feedlots están bajo constante presión de los grandes frigoríficos para que bajen los precios, también les recortan los precios a los productores ganaderos.

“La mayoría de la gente no entiende que los productores estamos atrapados en un sistema quebrado”, dice Jeanie Alderson, cuya familia cría ganado en Montana desde hace más de un siglo. “No hay mercado”.

Gran parte del ganado criado en Montana termina en los mataderos regenteados por JBS, el frigorífico más grande del mundo.

Los hermanos brasileños que controlan la empresa, Wesley y Joesley Batista, tienen una fortuna estimada en 5800 millones de dólares. Hace cuatro años, fueron presos tras confesarse culpables de participar de un esquema de corrupción en Brasil, donde pagaban coimas para garantizarse prestamos de los bancos estatales del país. Los hermanos Batista luego fueron liberados. Tras una ronda internacional de adquisiciones empresarias por más de 20.000 millones de dólares, JBS se alzó con el control del 25% de toda la capacidad de faenado de carne en Estados Unidos.

Y mientras los ganaderos se cuentan las costillas, JBS celebra ganancias: entre julio y septiembre, el conglomerado reportó ingresos por 18.000 millones de dólares, un incremento del 32% en comparación con el mismo período de 2020.

En décadas pasadas, cuando aumentaba el precio de la carne también aumentaba el ingreso de los ganaderos, que recibían más de la mitad de lo que pagaban los consumidores en el mostrador. Pero esa relación empezó a caer en 2015. El año pasado, los productores recibieron solo 37 centavos por cada dólar gastado en carne, según datos del gobierno federal.

“En un extremo de la cadena se explota a los consumidores, y en el otro extremo se explota a los productores”, dice Bill Bullard, exproductor ganadero que actualmente dirige un grupo de defensa de la actividad, el Fondo de Acción Legal de Hacendados Ganaderos. “Los frigoríficos están teniendo ganancias históricas récord”.

Lo que se pierde en el camino

El mes pasado, la Comisión de Comercio del gobierno federal norteamericano inició una investigación sobre las prácticas anticompetitivas de las grandes empresas y sus efectos sobre los problemas en la cadena de suministros.

“Los precios de la carne que estamos viendo no son consecuencia natural del juego de la oferta y la demanda”, declaró hace poco un alto economista de la Casa Blanca. “Esos precios también responden a la decisión corporativa de sacar ventaja de su posición dominante en un mercado poco competitivo y en detrimento de los consumidores, los productores ganaderos y de nuestra economía en su conjunto.”

Charter, con algunos de sus nietos, en su finca
Erin Schaff


Charter, con algunos de sus nietos, en su finca (Erin Schaff/)

El año pasado, cuando arrancó la pandemia, la familia Charter vivió en primera persona esa distorsión del mercado. “Había vacas hasta en medio de la ruta, pero en la ciudad no se conseguía carne picada”, recuerda Annika Charter, de 34 años, la hija mayor del productor.

Así que en marzo de 2020 le vendieron 120 cabezas de ganado a un amigo que tiene corrales de engorde y que a su turno le vende los animales a la planta de JBS en Utah.

Pero las condiciones eran leoninas: para aceptar su ganado, le exigían que previamente aceptara el precio dictado por JBS. El umbral de rentabilidad de Charter era de 1,3 dólares por libra de carne en pie, “pero sin consultar ni negociar nada, decidieron unilateralmente que me pagarían 1 dólar por libra”, dice el productor. “Lo más probable es que tengamos que liquidar el resto de las existencias”.

Y cuando una estancia familiar como esa desaparece, agrega Charter, también desaparecen los valores que la impulsaron durante generaciones: el compromiso con el cuidado de la tierra y la producción de carne de calidad, y no pensar exclusivamente en las ganancias.

“Necesitamos que la producción de alimentos nos sirva a todos, y no solo a un puñado de empresas”.

Traducción: Jaime Arrambide

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