‘¿Y si la próxima víctima soy yo?’

Alice Yin, Chicago Tribune
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Cuando Summer Chen habla de su vida en Chicago, hay una tristeza que tiñe sus sentimientos hacia la ciudad que llama hogar.

Es el lugar donde ha encontrado su vocación como profesora de mandarín, pero también es el telón de fondo de una cascada de acoso racista que la ha desgastado hasta el punto de la depresión en ocasiones: críticas a su acento chino en inglés, un texto sexual no solicitado de un antiguo compañero de trabajo y personas anónimas que hackean una sesión de aprendizaje a distancia y ladran insultos racistas.

Tras el tiroteo de la semana pasada en tres spas del área de Atlanta, que dejó ocho muertos, entre ellos seis mujeres de origen asiático, Chen dijo que se preguntaba más que nunca si estaba segura en Chicago.

“El resultado para mí es el fuerte temor por mi propia identidad como mujer asiática”, comentó Chen, de 35 años, que vive en Bridgeport. “¿Y si la próxima víctima soy yo?”

La masacre de Georgia se produjo tras una reciente oleada de ataques denunciados contra asiáticoamericanos y fue la culminación de un año en el que esa comunidad se sintió como chivo expiatorio de la pandemia de coronavirus detectada por primera vez en Wuhan, China. Pero para las mujeres estadounidenses de origen asiático que hablaron con el Chicago Tribune, los asesinatos de la semana pasada fueron aún más dolorosos porque la violencia les recordó sus propios encuentros con el racismo y la misoginia.

Este tipo específico de hostigamiento las ha perseguido durante toda su vida, dijeron, y se deriva de siglos de leyes discriminatorias en Estados Unidos y de la generalización de los estereotipos de las mujeres asiáticas.

“La forma en que las mujeres estadounidenses de origen asiático experimentan a menudo el racismo en este país está hipersexualizada”, dijo Sung Yeon Choimorrow, directora ejecutiva del National Asian Pacific American Women’s Forum. “Es un acoso sexual racializado. Así es como se experimenta. Así que no se pueden divorciar las dos cosas”.

Durante la primera semana del curso académico en una preparatoria de Chicago en la que trabaja Chen, de la cual pidió que no se diera el nombre por su privacidad, entre tres y cuatro usuarios anónimos se conectaron a su aula de Google. Chen dijo que, después de que ella hablara en mandarín, lo que sonaba como un grupo de chicos adolescentes gritó: “¡Chinos (improperios)!”.

Chen intentó bloquearlos pero no sabía cómo, así que, presa del pánico, salió de la sala. Pronto se dio cuenta de que sus alumnos seguían conectados, así que volvió. Las voces volvieron a aparecer, esta vez utilizando un término racista para burlarse del idioma. Luego se retiraron.

Chen dijo que se notificó al director y, a partir de entonces, los profesores utilizaron una sala de espera para los usuarios no autorizados. Pero los culpables no han sido detenidos.

“Es como un trauma”, dijo Chen. “El curso escolar está a punto de terminar, pero sigo teniendo ese trauma cada vez que abro el enlace para mi clase de aprendizaje a distancia”.

Una pandemia centenaria

La amenaza de las agresiones contra los asiáticoamericanos durante la pandemia del coronavirus ha perjudicado a hombres y mujeres; en San Francisco, por ejemplo, un tailandés de 84 años murió a principios de este año después de que un hombre lo empujara hacia el pavimento. Pero una coalición nacional de organizaciones asiáticoamericanas que recopiló 3,795 informes sobre racismo antiasiático entre marzo de 2020 y febrero descubrió que casi el 70 por ciento de ellos procedían de mujeres asiáticas.

Las autoridades identificaron a los asesinados en Georgia el pasado martes como: Soon Chung Park, de 74 años; Hyun Jung Grant, de 51 años; Suncha Kim, de 69 años; Yong Ae Yue, de 63 años; Delaina Ashley Yaun, de 33 años; Paul Andre Michels, de 54 años; Daoyou Feng, de 44 años; y Xiaojie Tan, de 49 años.

Las muertes fueron tan escalofriantes como poco sorprendentes para Choimorrow, una mujer coreanoamericana de 39 años que vive en Skokie. El sábado anterior al St. Patrick’s Day, llevó a su hija de seis años al centro de Chicago para ver el río que acababa de teñirse de verde. Cuando se detuvo en una cafetería de Michigan Avenue, un hombre la esperaba al otro lado de la puerta.

Choimorrow dijo que tanto ella como el hombre se quedaron quietos hasta que ella abrió la puerta. El hombre irrumpió y gritó: “China (improperio). Así es, sujétame la puerta. No esperes que te sostenga la puerta”.

“Cada vez que ocurre es como si todas las experiencias que has tenido en el pasado te volvieran a traumatizar”, dijo Choimorrow. “La repetición de estas cosas que suceden es lo que realmente nos causa más daño”.

Exactamente un año antes de los tiroteos de Georgia, Sara Zhang, residente de Archer Heights, se estremeció cuando el entonces presidente Donald Trump tuiteó por primera vez un calificativo racista para el coronavirus, lo que provocó un alboroto entre los líderes asiáticoamericanos que temían que expusiera a sus comunidades a la violencia. Pero el racismo antiasiático no comenzó ni terminó con la era de Trump, afirmó.

La violencia contra los asiáticos y las mujeres asiáticas en particular “no surgió de repente de la nada” como resultado de que Trump utilizara calificativos racistas para referirse al virus, dijo Zhang, una estudiante de primer año de 18 años de la University of Southern California. “Es algo que está históricamente arraigado a partir de la brutalidad de la supremacía blanca y el imperialismo estadounidense”.

Los estudiosos de la historia de Asia y Estados Unidos remontan la hipersexualización de las mujeres asiáticas a 1875, cuando el gobierno estadounidense aprobó la Ley Page, que prohibía efectivamente la entrada de mujeres chinas en el país con el pretexto de prohibir la entrada de lo que describía como inmigrantes “inmorales”, como las trabajadoras sexuales. Esta ley precedió a la Ley de Exclusión China de 1882, que incluía a los hombres chinos. Durante el siglo XX, la ocupación militar estadounidense de países asiáticos como Corea del Sur y Vietnam impulsó una industria del sexo, así como la fetichización de las mujeres asiáticas como objetos sexuales.

Zhang dijo que siente el peso de esos estereotipos cada vez que sale a la calle. En dos ocasiones fue manoseada por hombres cuando era adolescente, una vez en la parada de Roosevelt Red Line del CTA y otra cerca de su preparatoria, Payton College Prep.

“Soy una mujer asiática y debo estar atenta a quién me rodea”, agregó Zhang. “Siempre que voy a estos espacios públicos, me siento incómoda”.

Desmontando el mito de la ‘minoría modelo’En las últimas décadas, se ha asociado a los estadounidenses de origen asiático con un nuevo estereotipo: el inmigrante de éxito. Como grupo, tienen los niveles promedio de ingresos y de educación más altos entre los grupos raciales, según Pew Research Center. Pero la etiqueta “asiáticoamericano” es muy diversa (un término que agrupa a más de dos docenas de nacionalidades) y también comprende al grupo racial estadounidense con mayor desigualdad de ingresos.

El éxito de algunos asiáticoamericanos no debe atribuirse a una ética de trabajo innata, sostienen los académicos Min Zhou y Jennifer Lee en su artículo de 2017 “Understanding the Asian American Achievement Paradox”. Afirman que desde que la ley de inmigración de 1965 permitió la llegada de más asiáticos a Estados Unidos, se arraigó una “hiperselectividad”, ya que los inmigrantes de países como China tenían más probabilidades de tener títulos de licenciatura en comparación con el resto de la población de su país de origen.

Lan Ho, una mujer estadounidense de origen vietnamita de 30 años que vive en West Loop, dijo que la elevación de los asiáticoamericanos prósperos, también conocida como el mito de la “minoría modelo”, ha enmascarado las luchas de la comunidad en general y llevó a la semana pasada a la resistencia a que el tiroteo de Georgia sea considerado un crimen de odio. Las autoridades han dicho que todavía están investigando la causa.

“Estados Unidos nos dice que no se nos permite llamarlo racismo porque se nos considera esencialmente los principales beneficiarios del Sueño Americano”, dijo Ho, cofundadora de la empresa vietnamita de café Fat Miilk. “‘Ustedes están aquí siendo médicos e ingenieros y asumiendo todos estos papeles realmente prestigiosos’. ... Nosotros decimos no a eso”.

Al día siguiente del tiroteo, el alguacil del Condado de Cherokee, Frank Reynolds, comentó que los primeros indicadores mostraban que los ataques “podrían no tener” una motivación racial. El capitán Jay Baker explicó que Robert Aaron Long, un hombre blanco de 21 años que fue acusado de asesinato en las ocho muertes, dijo a la policía que fue provocado por una “adicción al sexo”. Baker fue posteriormente destituido como portavoz del caso después de que dijera también que Long tuvo “un día realmente malo” y después de que saliera a la luz una antigua publicación de Baker en Facebook en el que promovía un lenguaje racista que vinculaba a China con el coronavirus.

Grace Pai, directora de organización de la sección de Chicago de Asian Americans Advancing Justice, añadió que la idea de que los ataques no tenían una motivación racial es “ridícula”.

“Cualquiera puede ver lo él que hizo: Apuntó a tres negocios asiáticos y mató a mujeres estadounidenses de origen asiático en su mayoría”, comentó Pai sobre el presunto pistolero. “¿Cómo es que eso no tiene una motivación racial?”

Pai dijo que la noticia del tiroteo de Georgia se sintió como una pesadilla familiar hecha realidad. Ante el temor de una oleada de violencia, Asian Americans Advancing Justice de Chicago había comenzado a impartir cursos de capacitación para la intervención de los transeúntes el pasado mes de octubre, y hasta la semana pasada había educado a unas mil personas sobre cómo intervenir en caso de acoso o discriminación contra los asiáticos.

La organización de Pai también apoya una propuesta presentada ante la Asamblea General de Illinois que obligaría a las escuelas públicas a enseñar la historia de los asiáticoamericanos. La legislación fue aprobada por un comité de la Cámara de Representantes el día después del tiroteo masivo y ahora se dirige a la cámara en pleno para su consideración.

“Es importante reconocer a los estadounidenses de origen asiático en todas sus dimensiones y concedernos toda nuestra humanidad, en lugar de pensar en nosotros solo en términos de esas historias de éxito o de la mano de obra invisible y barata, que es también otra visión predominante de nuestra comunidad”, comentó la representante estatal Theresa Mah, demócrata por Chicago que copatrocina la propuesta y cuyo 2º Distrito de la Cámara de Representantes incluye el Chinatown de Chicago.

El pasado sábado, Chen, la profesora de mandarín de Bridgeport, se subió a un banco a los pies del Illinois Centennial Monument en Logan Square y vio el mar de cientos de rostros durante la concentración “Stop Asian Hate”. Uno de ellos era el de su hijo de ocho años.

Sus historias de racismo y misoginia, reprimidas durante años, brotaron de ella mientras se aferraba al megáfono. Pero también algo más: el orgullo de una identidad atacada.

“Estoy orgullosa de ser una mujer asiática”, declaró Chen en una entrevista ese mismo día. “La razón por la que he estado allí hoy no es solo para defenderme como mujer asiática ... es por mis propios hijos en el futuro. No quiero que vivan con miedo”.