La potencial contracción económica de Alemania, ¿arrastraría al resto de la Unión Europea?

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Mechanics work at the assembly line of a VW ID Buzz, the new fully electric-driven microbus of Volkswagen Commercial Vehicles, at the Volkswagen plant in Hanover, northern Germany on June 16, 2022. - The company plans to build 130,000 units of the car per year in Hanover. (Photo by Axel Heimken / AFP)
Línea de ensamblaje del nuevo microbús totalmente eléctrico de "Volkswagen Commercial Vehicles" - Créditos: @AXEL HEIMKEN

PARÍS – Comercio exterior deficitario en mayo por primera vez desde 1991, temor de recesión… Alemania se encuentra atrapada entre Rusia y China, entre el estallido del precio de los hidrocarburos debido a la guerra en Ucrania y la ralentización económica de su socio asiático. Se trata de una situación inédita que despierta temores de que un eventual derrumbe de la primera economía de la Unión Europea (UE) termine arrastrando al resto del bloque.

Antes de la pandemia, nadie hubiera soñado con poner en tela de juicio el modelo alemán. La cuarta economía del mundo tenía una salud insolente. Pleno empleo, excedentes presupuestarios, indecente balanza comercial, deuda en caída libre… Los indicadores alemanes solo conocían un color: el verde. Pero después del tiempo suspendido del año del Covid, a mediados de 2021, aparecieron los primeros signos de desaceleración. Mientras que Francia y otros países europeos registraban cifras de crecimiento espectaculares -después de caídas espectaculares, es verdad-, Alemania se contentaba con un modesto progreso.

La posibilidad de una recesión dejó de ser un fantasma para transformarse en realidad después que el crecimiento de la economía fue nulo en el segundo trimestre del año, según cifras de la oficina federal de estadísticas Destatis. De los cuatro principales países de la zona euro, Alemania es el único cuyo Producto Bruto Interno (PBI) quedó estancado entre marzo y junio, contrariamente a Francia (+0,5%), Italia (+1%) y España (+1,1%).

Y si bien Destatis revisó sensiblemente en alza el crecimiento alemán en el primer trimestre del año (+0,8% y no +0,2%), las cifras del segundo no dejan dudas: en una zona euro que registró un crecimiento global de 0,7%, la parálisis del PBI de la primera economía del bloque es símbolo de todas sus dificultades.

Modelo económico e industrial

Para Alemania, esas cifras son tanto más preocupantes cuanto que se trata del corazón de su modelo económico e industrial, basado en aprovisionamientos de energía barata y una fuerte dependencia de las exportaciones. Un modelo que se ve trastocado por la perturbación de las cadenas mundiales de subcontratación y el estallido de los precios de materias primas, consecuencias directas de la guerra en Ucrania.

El primer signo de esas perturbaciones fueron los problemas de aprovisionamiento en semiconductores: con una industria automotriz que pesa 13% del PBI, las interrupciones de producción no pasaron inadvertidas. Mientras que, al mismo tiempo, comenzó a detenerse el mercado chino.

Angela Merkel junto a su sucesor, Olaf Scholz
Angela Merkel junto a su sucesor, Olaf Scholz - Créditos: @John Macdougall

La excanciller Angela Merkel partió en el momento justo y su sucesor, Olaf Scholz, daba sus primeros pasos cuando estalló la guerra de Ucrania. “Mutti”, como la llamaban cariñosamente los alemanes, que creía que el comercio suavizaba el carácter y convertiría a Vladimir Putin en alguien racional, se salvó de padecer las consecuencias de su opción demasiado financiera de “todo gas ruso”. El conflicto, en todo caso, terminó por echar luz sobre las profundas fragilidades del modelo alemán.

Hoy, el país está atrapado entre Rusia y China. Por primera vez desde 1991, registró en mayo un déficit de su comercio exterior. La crisis energética dejó al desnudo las discutibles opciones de Berlín, como el cierre de las centrales nucleares antes que las energías renovables (ENR) hubieran podido remplazarlas. Por el otro, sus exportaciones padecen nuevas dificultades de aprovisionamiento. Volkswagen, Porsche o BMW, por ejemplo, están extremadamente expuestos a la penuria de sistemas de cableado llegados de Ucrania.

Para muchos, el eventual derrumbe de la economía alemana podría arrastrar al resto del bloque. Pero los expertos desechan la idea.

“Habrá sin duda un efecto de contagio, sobre todo en el sector de las exportaciones: una recesión alemana conduciría a una pérdida de ganancias para el resto de Europa”, señala Ana Boata, directora de investigación económica de Allianz Trade.

Un efecto de contagio aun mayor en momentos en que los lazos económicos entre los 27 miembros de la UE salieron sensiblemente fortalecidos de la crisis del Covid-19: “En realidad, nunca fueron mejores. Pero tampoco existe el riesgo de un derrumbe general”, se congratula Patrick Brandmaier, director general de la cámara franco-alemana de comercio e industria.

Buenas noticias

Porque, en efecto, también hay buenas noticias en Alemania. Por ejemplo, en el terreno de la energía. Cuando Putin invadió Ucrania, la dependencia alemana del gas ruso se elevaba a 55%. Seis meses después, a pesar de los agoreros que anunciaban cierres de fábricas y centenares de miles de familias muriendo de frío, esa sujeción al gas ruso se redujo a la mitad y los depósitos se llenan a ritmo normal. La industria anuncia que conseguirá hacer frente a la crisis, y lo mismo afirman los consumidores. Alemania reactiva algunas minas de carbón, invertirá más en energía renovable y extenderá la vida útil de tres plantas nucleares que debían cerrar.

Alemania redujo a la mitad su dependencia del gas ruso
Alemania redujo a la mitad su dependencia del gas ruso - Créditos: @JOHN MACDOUGALL

Beneficio colateral, la fragilidad actual de Alemania también permitió hacer avanzar la construcción europea. Y no solo mediante la mutualización de la deuda, la compra conjunta de vacunas o el reciente acuerdo de reducción del 15% del consumo de gas en el bloque, para ayudar a aquellos países que requieran asistencia energética. Desde el comienzo de la pandemia, los alemanes han comenzado a aceptar la idea de un embrión de política industrial europea, la creación de campeones industriales continentales, subvenciones para construir industrias indispensables a la soberanía del bloque, incluso una cierta protección del mercado único, que rechazaban hasta ahora por miedo a ver que se cerraban las puertas de sus propios mercados.

Evocando la dureza de las posiciones de Berlín durante la crisis del euro y, sobre todo, la crisis griega a partir de 2008, Jean-Dominique Giuliani, presidente de la Fundación Robert Schumann, cree que “no hay mal que por bien no venga. Todos conocemos la resiliencia alemana y su capacidad de reinventarse. Esta vez también saldrá más fuerte de la crisis. Lo esencial es que regrese menos egoísta y más realista”.