Porque ya no es tabú tildar de racista al presidente de EEUU

POR JOAQUIM UTSET-. En su estelar aparición en el venerado programa 60 Minutes de CBS, la congresista demócrata Alexandria Ocasio-Cortez causó cierto revuelo por algo más que su propuesta de aumentar drásticamente los impuestos a los multimillonarios.

Alexandria Ocasio-Cortez vía The Independent

La novata representante nacida en El Bronx no dudó en tildar de “racista” al presidente Donald Trump. “Sin duda”, respondió Ocasio-Cortez a la pregunta sobre el tema del periodista Anderson Cooper, quien pareció sorprendido por la respuesta de la entrevistada. “¿Cómo puede decir eso?”, replicó el canoso entrevistador, en un tono de sorpresa.

Siembra vientos

Una sorpresa que a estas alturas se antoja fingida. Sí, es verdad que el hecho de que una congresista acuse de racismo a un presidente no es una simpleza y debería engendrar una notable tormenta política. En condiciones normales, en otros tiempos, pero no después de más de dos años de trumpismo en el poder, en los que el Despacho Oval ha perdido solemnidad y ha ganado en chabacanería. A la disparatada visita televisada de Kanye West me remito, por si piden pruebas.

Poco riesgo de equivocarse hay si se señala al actual presidente como el máximo responsable de la degradación del discurso político. Desde el mismo momento que bajó por las escaleras mecánicas del Trump Tower para anunciar su candidatura, Trump hizo saltar por los aires las normas escritas y no escritas, y nunca dudó en rebasar los límites del decoro hasta entonces observados, mal que bien, en la vida pública. Si entonces se le aplaudía que fuera “franco” y “llano” en sus intervenciones, llamando a las cosas por su nombre, libre de las ataduras de los políticamente correcto, ahora no se puede lamentar que sea objeto de ese mismo trato.

Huelga decir que la política, como cualquier actividad que gira en torno al conflicto, nunca ha sido una ocupación de guante blanco. Pero con la evolución de los tiempos, al menos se trató de mantener un tono respetuoso, por muy hipócrita que pudiera parecer, para poder diferenciar el debate político de la lucha libre. Todo vestigio de ese propósito ha desaparecido.

Trump es la versión en política del concepto de guerra total que lanzó el Tercer Reich para ganar la II Guerra Mundial.

Por eso sonó a hueca la indignación que generó en ciertos sectores el “hijo de p…” que empleó la congresista demócrata Rashida Tlaib, de la misma hornada que Ocasio-Cortez, al referirse a su interés de empapelar al presidente. Sin duda, una expresión de mal gusto. También, un indicio de cuán bajo nos han arrastrado como sociedad.

¿Racista yo?

Si la acusación de Ocasio-Cortez en ‘prime time’ escasamente debería causar asombro por las formas porque precisamente ya no las hay, tampoco debería hacerlo por el fondo. Son demasiados tuits y declaraciones explosivas de Trump como para pensar que la congresista se metió en un berenjenal sin salida.

Obviamente sus palabras han hecho correr ríos de tinta y generado las previsibles repulsas de comentaristas conservadores, que la acusaron de señalar sin pruebas.

Pero más allá de lo que expuso la congresista, el presidente ha dejado demasiadas pistas de que, como mínimo, es un hombre cargado de prejuicios racistas comunes en su generación.

(AP Photo/Evan Vucci, File)

No sabemos, como dijo una vez Kanye de George W. Bush, si es que “no le importan los negros”. Lo que sí sabemos es que no le gustaba alquilarles apartamentos. El Departamento de Justicia de la administración Nixon –poco sospechosa de progresista– demandó en 1973 a la inmobiliaria que dirigían Trump y su padre Fred por negarse a admitir afroamericanos en sus edificios. La investigación demostró que clientes blancos enviados por las autoridades de cebo lograron alquilar apartamentos que les habían sido anteriormente negados a clientes negros. Los Trump acabaron llegando a un acuerdo con el gobierno tras dos años de litigio, sin admitir su culpabilidad.

Pero no hay que remontarse tan lejos. ¿Acaso el presidente no lanzó su campaña con un virulento discurso en el que calificó a los inmigrantes mexicanos de criminales y violadores? ¿Acaso no lamentó que vinieran tantos inmigrantes de “lugares de mierda”, en vez de países como Noruega? ¿Acaso no ha retuiteado mensajes de supremacistas y ha tenido a su lado ideólogos de extrema derecha como Steve Bannon? ¿Hay que recordar su timorata réplica al violento festival neonazi de Charlottesville, que consternó hasta sus colaboradores?

¿Cómo hay que interpretar que Trump fuera portavoz y cabeza visible del movimiento ‘birther’, que trató de deslegitimar al primer presidente afroamericano, Barack Obama, poniendo en duda –contra toda evidencia– que hubiera nacido en EEUU? Además, ¿es una coincidencia que los racistas hayan perdido el miedo a quitarse la capucha, que los crímenes de odio se hayan disparado?

En este contexto, ¿alguien duda de que detrás de esa obsesión con la frontera y la inmigración más que nada yace el temor que despierta el inminente cambio demográfico del país, en el que la mayoría blanca pasará a ser una minoría? Si fuera simplemente una cuestión de ley y orden, ¿por qué restringir las vías para llegar legalmente al país y reducir el número de refugiados?

El propósito que se vislumbra detrás de esta crisis manufacturada es el cierre de las puertas del país y colgar el cartel de lleno, claro excepto para los noruegos. Ya lo dijo Bannon en una intervención el pasado marzo en un acto del Frente Nacional, la extrema derecha francesa. “Dejen que los llamen racistas”, les dijo el exasesor de la Casa Blanca. “Lúzcanlo como un distintivo de honor”. Al fin y al cabo, ahora hay que llamar a las cosas por su nombre, ¿no?

Un paso atrás

El ascenso de Barack Obama a la presidencia la pasada década generó tal entusiasmo que pareció confirmar la noción de que EEUU abría un nuevo capítulo en la historia de un país profundamente marcado por su pasado esclavista y segregacionista. Se albergaba la esperanza de que fuera el primer paso a una época denominada posracial. En ese nuevo amanecer se debían expiar los pecados originales, certificar que el enfermo estaba en franca recuperación, que se había dado un giro hacia la luz en la tortuosa senda. El racismo debía relegarse a un mal residual, apartado, que solo sobrevivía en la oscuridad de los recovecos más oscuros de la sociedad.

Si algo se ha demostrado en esta era Trump en la que vivimos es lo iluso que era esa apreciación. No, no se ha vuelto al régimen de Jim Crow y sí es verdad que la acusación de racista se lanza a veces con mucha ligereza, pero igual de cierto es que el camino es mucho más largo de lo anticipado. Por eso no deberíamos llevarnos las manos a la cabeza por las palabras de la joven congresista de Nueva York. Es la realidad de nuestro tiempo.