¿Por qué nos chupamos o frotamos la zona que nos hemos golpeado?

Seguro que a ti también te ha pasado: te has dado un golpe o te has cortado un dedo y la primera reacción es llevártelo corriendo a la boca para chuparlo. Algo similar ocurre cuando nos hacemos daño en el codo: nos frotamos alrededor de la zona para intentar mitigar esa sensación de dolor. Se trata de una reacción instintiva que nos ayuda a mitigar el dolor. Pero, ¿cuál es la razón?

En 1965, Patrick Wall y Ronald Melzack, dos investigadores del MIT (Massachusetts Institute of Technology), presentaron la ‘Teoría de la Compuerta’. En ella se explica que los estímulos no dolorosos que recibe nuestro cuerpo cierran las “puertas” al estímulo doloroso, evitando así que la sensación dolorosa viaje al sistema nervioso central.

De esta forma, cuando nos hacemos daño en un dedo y nos lo llevamos a la boca estamos intentando mandar un segundo estímulo a nuestro cerebro, poniendo en práctica lo que Lorne Mendell, profesor de neurobiología, llamó el “picor opuesto”. Esto consiste en “una disminución en el mensaje o de la magnitud del aluvión de señales que se transmiten a través de la activación de la fibra entrante. Básicamente cierra la puerta, y eso es lo que reduce el dolor”.

Siguiendo esta premisa, en los últimos años se han desarrollado métodos de tratamiento del dolor con estímulos eléctricos leves, que estimulan fibras de nuestro cuerpo para ‘cerrar la puerta’ a las señales de dolor. Nuestro cerebro siente menos dolor cuando le proporcionamos otro estímulo, por eso, frotar la zona que nos hemos golpeado, saltar, o incluso correr tras un golpe nos ayuda a superar ese momento traumático.


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