El populismo y los desafíos a la integración marcan una elección clave para la UE

Silvia Pisani

MADRID.- Cuenta regresiva para una elección crucial en la Unión Europea (UE). Por primera vez en 40 años, la renovación de su Parlamento (del 23 al 26 de mayo) se convierte en un referéndum sobre el futuro del bloque, amenazado por el nacionalismo extremo y por la ahora demorada y desgastante salida de Gran Bretaña ( Brexit ).

"Nos esperan tiempos muy difíciles y turbulentos si la ultraderecha y el populismo antieuropeo consiguen expandir sus mensajes sobre el electorado y aumenta su presencia en el Parlamento Europeo", previno el socialista español Joaquín Almunia.

Nunca, como hasta estas elecciones, fue tan palmario el enfrentamiento entre fuerzas que impulsan más integración y las que, por el contrario, quieren "una Europa de naciones", mientras cargan todos sus males sobre el modelo actual y la "burocracia de Bruselas". A eso se suma el inédito escenario sobre el que parte la elección.

Los sondeos pronostican que por primera vez en 40 años las dos grandes familias políticas del continente -populares y socialistas- no superarán el 50% de escaños.

Necesitarían el apoyo de uno o dos grupos más (liberales y verdes, con toda probabilidad) para poner en marcha la Legislatura. Pero, al mismo tiempo, el escenario abre la posibilidad de que los populistas y antieuropeos se conviertan en una efectiva fuerza de bloqueo, capaz de marcar la agenda.

"Es un duelo entre el presidente francés, Emmanuel Macron, a quien se considera líder de los liberales, y el viceprimer ministro italiano, Mateo Salvini, de los populistas, por ver quién se convierte en figura clave para la referencia de la eurocámara", sintetizó Ángel Nieto Seco, analista político experto en temas europeos.

Son dos discursos antitéticos. Por un lado, Salvini, el ultraderechista que detuvo la inmigración que llegaba por mar y serruchó la actividad de los barcos de rescate que operaban "las mafias" de ONG.

Del otro, Macron, a quien se considera un dique de contención ante el avance populista, con la salvedad de que él mismo está atenazado por la crisis de los "chalecos amarillos" y una estrepitosa caída de imagen.

"Son tiempos muy difíciles para la UE. Una etapa poco menos que bipolar en cuanto a proyectos de futuro", dijo a LA NACION César Martínez Rubio, analista del Centro de Estudios Europeos (CEE), con sede en Barcelona.

Ascenso

Salvini es una de las figuras fuerza al alza del movimiento antieuropeo. La ultranacionalista francesa Marine Le Pen lo acompañó en Roma cuando lanzó su campaña a las elecciones europeas predicando la "revolución del sentido común" para atacar al "búnker de Bruselas". Puede conseguirlo, pero no lo tiene fácil: necesitaría 250 de los 750 escaños del Parlamento. La batalla por las alianzas comenzó: pretende aglutinar al creciente número de partidos euroescépticos para ser el "tapón" que paralice las instituciones comunitarias.

Macron necesita cerca de 100 eurodiputados para lograr un peso que lo convertiría en la tercera fuerza del Parlamento y apoyar iniciativas de integración, así como entrar en el amplio reparto de cargos previsto para después de las elecciones.

La elevada volatilidad de los electorados no permite descartar, sin embargo, ningún desenlace. Son horas oscuras para el sueño europeo.

La ultraderecha capitaliza la crisis en los viejos socios de la UE. No solo Macron está atenazado sino que la eterna figura fuerte del bloque, la canciller alemana, Angela Merkel, está erosionada por el avance de la ultraderecha.

Gran Bretaña, donde la primera ministra Theresa May resiste apenas achicando los estragos del Brexit, se suma al complejo escenario de Italia y de Francia. La única excepción entre los grandes parece ser España, con el triunfo del socialismo -de la mano de Pedro Sánchez- en sus recientes elecciones generales y el consecuente afianzamiento de la opción europea.

En el este europeo, al que el bloque abrió las puertas en 2007 para ampliar la épica de paz y prosperidad, el poder está en manos de gobiernos populistas con discursos incendiarios contra todo lo que sea pilar comunitario.

Hungría, con el primer ministro Viktor Orban a favor de una política migratoria propia y harto de la moneda única. Polonia, Austria, Eslovaquia y la República Checa, con gobiernos que giran al nacionalismo conservador e islamófobo y potencian su crítica a la UE.

La guinda de la torta de las elecciones europeas es el escaso interés de los 350 millones de personas que están llamadas a votar. "Lo normal es no ir", dicen los más jóvenes. "Es para la burbuja de Bruselas", suelen añadir.

El fenómeno de la abstención no ha dejado de crecer. La participación bajó de forma constante en las últimas cuatro décadas, desde el 62% de la primera votación, en 1979, hasta el 42,6% en 2014.

Lo otro que queda claro es que suele ser el votante crítico de la UE el más movilizado. Para muchos, se trata en definitiva del más serio plebiscito al proyecto común en cuatro décadas de historia.