Polarización y fragmentación en las elecciones de Chile: ¿dos fenómenos que llegaron para quedarse?

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Las victorias de José Antonio Kast y Gabriel Boric reflejan dos fenómenos de la política chilena
Collage

SANTIAGO, Chile.- Durante tres décadas, Chile tuvo dos grandes coaliciones que se disputaron el poder. Una era de centroizquierda, la otra de centroderecha. En 1999, los candidatos presidenciales que representaban a estas dos coaliciones -Ricardo Lagos y Joaquín Lavín- sumaron el 98% de los votos. En 2017, entre Alejandro Guillier y Sebastián Piñera no llegaron al 60%. Ayer, los candidatos herederos de estas dos culturas coaliciones -Yasna Provoste y Sebastián Sichel- sumaron apenas 24 puntos entre ambos, y ninguno de los dos alcanzó la segunda vuelta.

Este es el primer fenómeno llamativo de las elecciones chilenas: se desploman las alternativas políticas tradicionales que dominaron el escenario de la transición. En cambio, emergen nuevos actores que desafían a estas coaliciones desde los polos: José Antonio Kast y su partido Republicanos por la derecha, Gabriel Boric y el Frente Amplio por la izquierda. Mientras los primeros critican al oficialismo piñerista por ser demasiado blando y entreguista, los segundos cuestionan a la vieja cultura concertacionista por obsecuencia con el legado neoliberal de Pinochet.

Esto es objetivamente un cuadro de polarización. Es similar a lo que ocurrió hace algunos años en Francia, cuando se derrumbó la centroderecha de Chirac a Sarkozy y la centroizquierda de Mitterrand a Holland. La diferencia es que en Chile no hubo Macron que irrumpiera por el centro. En nuestro ballottage tendremos a la versión criolla de Le Pen frente a la versión juvenil de Mélenchon. O piénselo en clave española: es como que la segunda vuelta se disputara entre Vox y el Podemos, ante el debilitamiento del PP y el PSOE.

El escenario no solo está polarizado, sino que también revela una mayor fragmentación. Cinco candidatos obtienen más del 10% de los votos, ninguno supera los 30%. Esto permite especular que tanto Kast como Boric tendrán que moderar su discurso y su oferta programática para convocar una mayoría absoluta. Ya lo comenzaron a hacer anoche, invitando a los electores que prefirieron otras alternativas a sumarse. Seguramente tendrán que domesticar las opiniones más dogmáticas y radicales de sus respectivos entornos: mientras Boric tiene que rebajar el protagonismo del Partido Comunista y equilibrar su influencia con el ingreso del Partido Socialista y la entrada de cuadros técnicos que envíen señales tranquilizadoras tanto a los mercados como a los moderados, Kast tiene que mantener a raya la nostalgia pinochetista, el integrismo religioso y la intolerancia fanática de sus huestes, mientras busca establecer puentes con el ala liberal de la derecha. Sin embargo, ninguno renunciará a especificar el significado último de la contienda en sus propios términos: para Boric, se trata de democracia versus fascismo; para Kast, se trata de democracia versus comunismo.

Finalmente, que Kast haya obtenido la primera mayoría relativa envía un mensaje adicional: hay un importante sector de chilenos que no está conforme con la dirección que ha tomado el proceso de transformaciones gatilladas por el “estallido social” de octubre de 2019, y luego canalizadas institucionalmente en una Convención Constitucional. Para este mundo, la izquierda ha ido demasiado lejos en su afán refundacional (que no incluye solo las instituciones sino la cultura), y estas concesiones no han significado necesariamente menos violencia o turbulencia social.

Aunque es difícil para un observador conciliar la demanda por cambios profundos con la eventual elección de un derechista “sin complejos”, como se autodenomina Kast, su alternativa representa una reacción conservadora y autoritaria -eso que los expertos denominaron backlash para referirse a Trump- frente a una percepción de desorden, inestabilidad y caprichos identitarios. Si la izquierda no comprende a tiempo la naturaleza de esta reacción, podrían despertar el lunes 20 de diciembre tan desconcertados y devastados como los norteamericanos que pensaban que después de Obama el camino hacia el progreso era una línea recta.

*El autor es profesor de Teoría Política de la Universidad Adolfo Ibáñez

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