‘Poetas y narradores del PEN’, literatura y libertad

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Cuando en 1997 los escritores cubanos exiliados Ángel Cuadra, Octavio Costa, Reinaldo Bragado, Indamiro Restano y Armando de Armas supieron que la dictadura castrista estaba tratando de crear en La Habana una filial del PEN Club, decidieron frustrar sus planes solicitando una sede para el exilio en base a una poco conocida regulación que establecía lo siguiente: “Cuando en un país se suprime la libertad de expresión y existe en el exilio un número suficiente de escritores que representan la cultura del país en cuestión, se puede tramitar la constitución de una delegación”.

Así, un año después, en el Congreso 64 del PEN Internacional celebrado en Edimburgo, el PEN Club de Escritores Cubanos en el Exilio fue aceptado como miembro pleno de dicha organización.

Desde entonces, además de defender a los escritores asediados o encarcelados por sus posturas políticas, tanto en Cuba como en otros países, ha mantenido también una constante actividad cultural a través de la celebración de seminarios, conferencias y publicación de libros, como el que acaba de salir, ‘Poetas y narradores’ (Ediciones PEN, 2021), en el que se recogen trabajos de más de una veintena de sus miembros.

El libro, dedicado a la memoria de los escritores del PEN fallecidos en el exilio, abre con una introducción de su presidente, Luis de la Paz, en la que da a conocer los propósitos de la organización y reafirma su compromiso con la creación literaria y la libertad de expresión.

En su primera parte, titulada ‘Poetas’, aparecen los textos de varios de ellos. Como el del exprisionero político Ernesto Díaz Rodríguez, quien, en su poema, ‘Fusil de hojas secas’, dice: “Llevaba espinos clavados/ en el filo de sus venas. / Eran de arena sus ojos, / sus labios eran de piedra, / más su frente destellaba/ el brillo de mil estrellas”.

O el de Luis F. González-Cruz, titulado, ‘Amor lunático’: “Miro la espuma. El pensamiento embarco, / y va por dentro el ojo malherido, / buscando en el amor ya concluido, / la flecha rota que lanzó mi arco”.

También aparece uno de Orlando Rossardi, titulado, ‘Un sueño’: “Ahora me subo a la alfombra de los sueños, / del sueño que he soñado un día / y que ahora vuelve, fiel en su regreso, / como un ver volver que vuelve”.

Le siguen -es imposible reseñarlos todos- los de Julio Estorino, Juan Cueto-Roig, Rafael Bordao, Armando D’Fana, Regis Iglesias y Manuel Vázquez Portal.

Su segunda parte, titulada ‘Narradores’, contiene cuentos cortos, fragmentos de novelas, crónicas personales, guiones cinematográficos y fábulas, que sorprenden por su variedad temática.

Algunos cuentos, como el de Álvaro Alba y Rolando D. H. Morelli, se alejan de los temas esenciales de los primeros años -la angustia del exilio y las experiencias de la lucha contra el comunismo- y relatan la historia de un amor juvenil en La Habana de los años setenta, en el caso de Alba; y la del reencuentro de dos amigos separados por la distancia y el tiempo, en el caso de Morelli.

Otros, en cambio, se acercan; como el titulado ‘La ciudad desnuda’, de Francisco Javier Denis, que trata sobre los abusos en las cárceles cubanas: “Las puertas de las celdas de castigo eran de acero, con una pequeña compuerta por donde entraban los alimentos”. O el titulado ‘Parábolas para tiranos y caudillos’, de Guillermo Arango, una serie de breves relatos simbólicos, similares a los del Evangelio, repletos de ingeniosas analogías en las que al final siempre hay una enseñanza moral: “la sabiduría viene sola a través del sufrimiento; cada quien es dueño de su miedo; todo camino tiene su destino”.

Otras narraciones, de diferentes temas y estilos, le siguen. Son las de José Antonio Albertini (‘Él sí pudo tener un Cadillac’); Modesto Arocha (‘Los doce apóstoles’); Alexander A. Aznárez (‘Iria Flavia’); Alberto Müller (‘Homenaje a las Naciones Unidas’); Eduardo F. Peláez (‘El cambio’); Tony Ruano (‘Rumbo Libertad’); y el guion de la película, ‘La muerte del gato’, de Lilo Vilaplana.

Ha hecho bien el PEN Club de Escritores Cubanos en el Exilio en publicar este libro. No solo porque que recoge los trabajos de sus “poetas y narradores”, sino porque también celebra simbólicamente, a través de una literatura escrita en libertad, el centenario de la fundación del PEN Club Internacional. Y esa, creo, es la mejor manera de hacerlo.

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