'La poesía de mi isla': los guardianes del lenguaje silbado en las Islas Canarias

Raphael Minder
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Alumnos en una clase en la isla, donde se les enseña el lenguaje del silbo gomero. (Finbarr O'Reilly/The New York Times)
Alumnos en una clase en la isla, donde se les enseña el lenguaje del silbo gomero. (Finbarr O'Reilly/The New York Times)
El lenguaje silbado se utiliza tradicionalmente para comunicarse a través de los profundos barrancos y estrechos valles que se extienden por La Gomera. (Finbarr O'Reilly/The New York Times)
El lenguaje silbado se utiliza tradicionalmente para comunicarse a través de los profundos barrancos y estrechos valles que se extienden por La Gomera. (Finbarr O'Reilly/The New York Times)

En una escarpada isla del archipiélago canario en España, un lenguaje silbado conocido como silbo gomero sigue vigente gracias a las clases obligatorias para los niños en la escuela.

LA GOMERA, España — Sentado en lo alto de un acantilado en las Islas Canarias, Antonio Márquez Navarro lanzó una invitación —“Vengan p’acá, vamos a matar el cerdo”— sin decir una palabra: la silbó.

A lo lejos, tres excursionistas que estaban de visita se detuvieron en seco ante el sonido penetrante y su eco que rebotaba en las paredes del barranco que los separaba.

Márquez, de 71 años, dijo que en su juventud, cuando los pastores locales, y no los turistas, recorrían los escarpados senderos de su isla, sus noticias habrían sido recibidas de inmediato por un silbido de respuesta, alto y claro.

Pero su mensaje se perdió en estos excursionistas, que pronto reanudaron su camino en La Gomera, una de las Islas Canarias, un archipiélago volcánico en el Atlántico que forma parte de España.

Márquez es un orgulloso guardián del lenguaje silbado de La Gomera, al que llamó “la poesía de mi isla”. Y, añadió, “como la poesía, el silbo no necesita ser útil para ser especial y hermoso”.

El silbo de los indígenas de La Gomera se menciona en los relatos del siglo XV de los exploradores que abrieron el camino a la conquista española de la isla. Con el paso de los siglos, esta práctica se adaptó a la comunicación en castellano.

El silbo sustituye a las letras escritas por sonidos silbados que varían en tono y longitud. Desgraciadamente, hay menos silbidos que letras en el alfabeto español, por lo que un sonido puede tener múltiples significados y provocar malentendidos.

Los sonidos de algunas palabras en español son los mismos —como “sí” o “ti”— y los de algunas palabras más largas que suenan de forma similar en el español hablado, como “gallina” o “ballena”.

“Como parte de una frase, esta referencia animal es clara, pero no si se silba sola”, dijo Estefanía Mendoza, profesora de la lengua.

En 2009, el lenguaje de la isla, conocido oficialmente como silbo gomero, fue incluido por la UNESCO en su lista de Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad; la agencia de las Naciones Unidas lo describió como “el único lenguaje silbado del mundo plenamente desarrollado y practicado por una comunidad numerosa”, en referencia a los 22.000 habitantes de La Gomera.

Pero como ya no es esencial para la comunicación, la supervivencia del silbo depende sobre todo de una ley de 1999 que hace que su enseñanza sea obligatoria en el programa escolar de La Gomera.

Una mañana reciente, en un colegio de la ciudad portuaria de Santiago, una clase de niños de seis años no tuvo mucha dificultad para identificar los sonidos del silbo correspondientes a los distintos colores o a los días de la semana.

La cosa se complicaba cuando las palabras se incorporaban a frases completas, como “¿Cómo se llama el niño de los zapatos azules?”. Un par de niños argumentó que, en cambio, habían oído el sonido del silbido correspondiente a “amarillo”.

Si interpretar un silbido no siempre es fácil, hacer los sonidos correctos puede ser aún más difícil. La mayoría de los silbadores introducen un nudillo doblado en la boca, pero algunos utilizan en su lugar la punta de uno o dos dedos, mientras que unos pocos utilizan un dedo de cada mano.

“La única regla es encontrar cualquier dedo que haga más fácil silbar y algunas veces, desafortunadamente, nada funciona”, dijo Francisco Correa, coordinador del proyecto de enseñanza de silbo en La Gomera. “Hay incluso algunas personas de mayor edad que desde niños entienden perfectamente el silbo, pero nunca lograron que de la boca les saliera un sonido claro”.

Dos silbadores pueden tener dificultades para entenderse, sobre todo en sus primeros encuentros —y tener que pedirse que repitan las frases— como si fueran extraños que hablan el mismo idioma con acentos diferentes. Pero “luego de silbar juntos un rato, su comunicación se vuelve tan sencilla como si hablaran español”, dijo Correa.

Como ocurre en muchos idiomas, se silbe o no, en La Gomera existe una brecha generacional.

Ciro Mesa Niebla, un agricultor de 46 años, dijo que le costaba silbar con una generación más joven formada en la escuela porque, dijo, “soy un tipo de montaña que aprendió en su casa a silbar las palabras que mi familia usaba en el campo, pero no cuento con el vocabulario de estos chicos que aprenden silbo de salón, que es demasiado elegante para mí”.

Algunos residentes mayores también han dejado de silbar por problemas con sus dientes. Márquez aún silba con su dentadura postiza, “pero no es tan sencillo ni tan fuerte como cuando podía presionar el dedo contra mis dientes de verdad”, dijo.

Con su geografía distintiva, es fácil ver por qué se empezó a utilizar el silbido en las Canarias; en la mayoría de las islas, profundos barrancos corren desde los altos picos y mesetas hasta el océano, y se requiere mucho tiempo y esfuerzo para viajar incluso una corta distancia por tierra. El silbido se desarrolló como una buena forma alternativa de transmitir un mensaje, con su sonido más allá de los gritos: hasta tres kilómetros a través de algunos cañones y con condiciones de viento favorables.

Los residentes más antiguos de La Gomera recuerdan que el silbo se utilizaba como lenguaje de advertencia, sobre todo cuando se veía una patrulla de policía buscando contrabando. En una reciente película de ficción,
La Gomera
, el silbo es utilizado por unos criminales como su lenguaje secreto en clave.

Algunas otras islas del archipiélago tienen sus propios lenguajes silbados, su uso se ha desvanecido, aunque otra isla, El Hierro, ha comenzado recientemente a enseñar su versión. “El silbo no se inventó en La Gomera, pero es la isla en donde mejor se ha conservado”, dijo David Díaz Reyes, etnomusicólogo.

Hoy en día, La Gomera depende en gran medida del turismo, lo que ha creado una oportunidad para algunos jóvenes silbadores como Lucía Darias Herrera, de 16 años, que tiene un espectáculo semanal de silbo en un hotel de la isla. Aunque normalmente silba en castellano, Darias también puede adaptar su silbo a otros idiomas hablados por su público, en una isla que es especialmente popular entre los alemanes.

Sin embargo, desde la pasada primavera, el coronavirus no solo ha cancelado estos espectáculos, sino que también ha obligado a las escuelas a limitar la enseñanza de los silbidos. En una época de mascarillas obligatorias, un profesor no puede ayudar a un alumno a recolocar un dedo dentro de la boca para silbar mejor.

Los niños más pequeños también “hacen enormes esfuerzos para soplar mucho aire y entonces eso significa que algunos escupen más que silban”, dijo Correa, el coordinador de la escuela. Así que, como precaución para evitar la propagación del virus, los niños ahora pasan su clase semanal de silbo escuchando grabaciones de silbo, en lugar de silbar ellos mismos.

Una dificultad añadida para los alumnos es que no siempre tienen muchas oportunidades de practicar el silbo fuera de la escuela. En la clase de niños de seis años, solo cinco de los 17 levantaron la mano cuando se les preguntó si podían silbar en casa.

“Mi hermano de hecho silba muy fuerte, pero no me enseña porque está o en su PlayStation o fuera con sus amigos”, se quejó una de las pequeñas, Laura Mesa Mendoza.

Aun así, algunos adolescentes disfrutan saludándose con silbidos cuando se encuentran en la ciudad y agradecen la posibilidad de charlar sin que muchos de los adultos que les rodean les entiendan. Algunos tienen padres que fueron a la escuela antes de que el aprendizaje del silbo fuera obligatorio, o que se instalaron en la isla ya de adultos.

Por mucho que esté apegada a su celular, Erin Gerhards, de 15 años, se muestra entusiasmada por mejorar su silbo y ayudar a salvaguardar las tradiciones de su isla.

“Es un modo de honrar a la gente que vivía aquí en el pasado”, dijo. “Y de recordar de dónde salió todo, que no empezamos con la tecnología sino de inicios sencillos”.

Raphael Minder es el corresponsal en España y Portugal, con sede en Madrid. Anteriormente trabajó para Bloomberg News en Suiza y para el Financial Times en París, Bruselas, Sídney y finalmente en Hong Kong. @RaphaelMinder

This article originally appeared in The New York Times.

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