En una población dividida por una frontera, las reglas del virus varían de puerta a puerta

Thomas Erdbrink
De pie en el pueblo neerlandés de Baarle-Nassau, Willem van Gool, funcionario de turismo local, conversa con Sylvia Reijbroek, cuya galería de arte se encuentra en el poblado belga de Baarle-Hertog, el 2 de mayo de 2020 (Ilvy Njiokiktjien/The New York Times).
La tienda a la izquierda, en el poblado neerlandés de Baarle-Nassau, permanece abierta mientras el estudio y galería de arte de Sylvia Reijbroek, a la derecha, en el poblado belga de Baarle-Hertog, permanece cerrado, el 2 de mayo de 2020 (Ilvy Njiokiktjien/The New York Times)

BAARLE-HERTOG-NASSAU — Como la frontera que divide a los Países Bajos y Bélgica pasa justo por la entrada de su estudio y galería de arte, Sylvia Reijbroek no sabía si debía seguir las reglas de uno o de otro país cuando el coronavirus cambió a Europa de manera drástica.

Para ir a la segura, Reijbroek decidió seguir las leyes belgas porque su galería está registrada ante las leyes de ese país y cerró su negocio. Sin embargo, ha sido frustrante ver a los clientes entrar y salir de la tienda de productos de belleza vecina, ubicada en los Países Bajos.

“Solo hay un local en esta calle que tuvo que apegarse a las leyes belgas y cerrar. El mío”, dijo malhumorada.

A medida que los países europeos comienzan a relajar sus restricciones para la vida pública a un ritmo diverso, con la apertura de algunos negocios mientras otros permanecen cerrados, las distintas reglas generan confusión entre los viajeros y las personas que viven en las áreas fronterizas y las atraviesan de manera habitual.

Casi con seguridad, podría decirse que en ningún otro lugar estas estrategias divergentes son más visibles y desconcertantes que en el pueblo de Baarle-Hertog-Nassau, ubicado en la frontera de dos países, donde las reglas pueden cambiar de una calle a otra, de una puerta a otra e incluso al interior de edificios, donde las leyes neerlandesas están vigentes en un lugar y las belgas a unos pasos de ahí.

Baarle-Hertog-Nassau es conocido por tener la situación fronteriza más compleja del mundo y es difícil debatir esa noción. El pueblo se encuentra varios kilómetros al interior de los Países Bajos pero, debido a un acuerdo entablado por los señores feudales de 1198, está dividido casi en partes iguales entre los dos lados, el belga y el neerlandés.

No obstante, eso es solo el comienzo de su enigma. Dentro de cada lado hay enclaves que pertenecen al otro: 22 enclaves belgas en el lado neerlandés y ocho enclaves neerlandeses en el lado belga, que hacen que exista un revoltijo desconcertante de límites fronterizos.

Cada enclave está sujeto a las leyes del país al que pertenece, lo que crea un entramado de reglas y normas contradictorias, pero “sin la agitación ni los conflictos que suelen asociarse con los enclaves”, explicó Willem van Gool, un funcionario de turismo local.

Aunque hay paz en ambos lados de las muchas fronteras, eso no siempre significa que la situación sea fácil de manejar incluso en circunstancias normales. Con la llegada del coronavirus, comentó Reijbroek, se volvió “absurda”.

Bélgica, uno de los países más afectados de Europa, comenzó su cuarentena en marzo e impuso multas a cualquiera que se aventurara a salir de casa sin una buena razón.

Sin embargo, los Países Bajos adoptaron una estrategia más relajada, que permitía que los restaurantes vendieran comida para llevar, que las tiendas minoristas y las oficinas gubernamentales permanecieran abiertas y que la gente saliera a las calles. El gobierno solo le pidió a la gente quedarse en casa tanto como fuera posible y mantener las prácticas de distanciamiento social en el espacio público.

En Baarle-Hertog-Nassau, esas posturas contradictorias hicieron que la vida diaria fuera confusa para sus 11.000 habitantes de ambas nacionalidades.

“Seguimos las leyes belgas, así que cerramos todas las tiendas en nuestras zonas”, comentó Frans de Bont, el alcalde de Baarle-Hertog, la parte belga del pueblo. “Esperábamos que los neerlandeses siguieran nuestras políticas, o al menos que lo hicieran al interior de este pueblo mixto”, aseveró.

No lo hicieron.

El gobierno belga respondió al brote sellando todos los cruces a lo largo de los 450 kilómetros de la frontera con los Países Bajos. Los puestos de control olvidados desde hace mucho tiempo reaparecieron de manera repentina cuando la policía empezó a impedir que la gente entrara y saliera. Los neerlandeses, acostumbrados a cruzar a Bélgica en busca de gasolina más barata, se sintieron decepcionados. En medio de la confusión de los primeros días se produjo la separación repentina de algunas familias, pero después se les permitió cruzar la frontera para realizar visitas familiares.

Sin embargo, al interior de Baarle-Hertog-Nassau, y sus alrededores, esos cierres eran física y psíquicamente imposibles.

“En el pasado, intentamos usar malla de alambre, pero no funcionó”, explicó Van Gool, director de la oficina de turismo local, compartida por ambos países. “Había malla de alambre por todas partes, entrecruzada por la ciudad”.

Así que al interior del pueblo mixto todas las tiendas del lado neerlandés permanecieron abiertas y los clientes neerlandeses siguieron comprando felizmente papas fritas y helado, mientras que los belgas se sentaban con el ceño fruncido tras las ventanas de sus casas.

La galería de Reijbroek no fue la única que se quedó atrapada en el medio literalmente. Más adelante en la misma calle, una tienda Zeeman, una cadena conocida en ambos países por vender ropa barata, quedó cortada a la mitad por una de las fronteras de los enclaves.

El lado belga de la tienda estaba cerrado, primero con cinta rojiblanca y luego con anaqueles de la tienda llenos de chocolates y juguetes. Los clientes que buscaban ropa interior no tenían suerte, explicó uno de los empleados de la tienda, “porque sus anaqueles están en Bélgica”.

“Esto es lo que hace a este pueblo tan interesante”, comentó Van Gool con alegría.

El lunes, Bélgica comenzó la reapertura de manera cautelosa, con el restablecimiento total de los servicios de transporte público. Conforme a las nuevas reglas, es obligatorio usar un cubrebocas en el trayecto, de no hacerlo, se tendrá que pagar una multa de 250 euros, unos 270 dólares.

Sin embargo, en los Países Bajos, los políticos han criticado el uso de cubrebocas.

Con el fin de tratar de evitar confusiones, De Bont, el alcalde belga, la semana pasada trató de explicarles a sus ciudadanos las nuevas reglas sobre los cubrebocas.

“Cuando tomen el autobús desde Turnhout en el interior de Bélgica hasta aquí, tienen que usarlo. Pero cuando lleguen a suelo neerlandés pueden quitárselo. Eso es un poco extraño”, afirmó.

This article originally appeared in The New York Times.

© 2020 The New York Times Company