E Pluribus Atemorizado

Dan Barry
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David Williams limpia una máquina de votación en el Centro Recreativo de Driving Park en Columbus, Ohio, el 3 de noviembre de 2020. (Maddie McGarvey/The New York Times).
David Williams limpia una máquina de votación en el Centro Recreativo de Driving Park en Columbus, Ohio, el 3 de noviembre de 2020. (Maddie McGarvey/The New York Times).
Una bandera en una estación de votación en Columbus, Ohio, el 3 de noviembre de 2020. (Maddie McGarvey/The New York Times).
Una bandera en una estación de votación en Columbus, Ohio, el 3 de noviembre de 2020. (Maddie McGarvey/The New York Times).

En plena batalla con uno de los años más devastadores en la historia de Estados Unidos —un año de luchas, sufrimiento y pérdidas— la población del país respondió con determinación el primer martes de noviembre. Juntos pero distanciados, salieron a votar.

Impávidos ante una pandemia que empeora cada día, aparecieron entre la nieve de la madrugada frente a las oficinas municipales de madera de Newbury, Nueva Hampshire. Formaron una fila temblorosa en un gimnasio en Tobyhanna, Pensilvania. Esperaron su turno en una escuela primaria en Louisville, Kentucky. En un complejo habitacional público en Houston. En un centro recreativo en Garden Grove, California. En una bolera en Mandan, Dakota del Norte.

Proporcionaron el punto final a los 100 millones de votos emitidos de manera previa a través de boletas por correo y votación anticipada en persona. Fueron la cresta de una ola gigante de participación. Muchos acudieron a las urnas con cubrebocas, el accesorio del coronavirus que ha llegado a simbolizar este annus horribilis.

Con su cuantiosa presencia, subrayaron la importancia de las elecciones de 2020, que decidirán uno de dos caminos completamente diferentes para el futuro de una república dividida en materia política y racial: la visión de Donald Trump, el presidente republicano en funciones, y la de Joe Biden, el contendiente demócrata.

“He votado desde hace más de 30 años, y esta es la primera vez que tengo un nudo en el estómago el día de las elecciones”, dijo Lisa Payton, de 55 años, mientras esperaba para votar a media mañana frente a un edificio municipal en Stroudsburg, en las montañas de Pocono de Pensilvania.

Payton dijo que salió de su trabajo como asistente legal para votar por Biden y que pasará el resto del día viendo películas de Netflix y colgando decoraciones navideñas en vez de ver las noticias, mientras el destino del país pende de un hilo. Estoy demasiado nerviosa, dijo.

No era la única. El miedo y la ansiedad fueron palpables cuando muchos negocios en ciudades de todo el país —Boston, Nueva York, Chicago, Washington, Los Ángeles— colocaron láminas de madera contrachapada en sus fachadas, anticipando un caos a raíz de las elecciones que, en general, nunca se materializó.

Las elecciones fueron un referendo de 2020, un año que parece haber comenzado hace una década, con el juicio político —mas no la destitución— de Trump. Un año que muchos preferirían que ya terminara, aunque solo le queden dos meses.

Aunque no hayan estado escritos en tinta, los recuerdos y las realidades compartieron espacio en la papeleta junto con los dos principales candidatos presidenciales: los incendios forestales que alteraron el paisaje del oeste y los huracanes que azotaron la costa del golfo, el descarado ascenso de los supremacistas blancos y las milicias autoproclamadas, la lucha continua sobre el aborto y la veloz confirmación de una jueza a la Corte Suprema, las marchas indignadas pero pacíficas por la justicia racial, las protestas que terminaron en violencia.

Se cierne sobre todo esto la pandemia, totalmente apartidista, con las víctimas que se ha cobrado.

El coronavirus —y el fracaso del gobierno para contenerlo— ha causado más de 230.000 muertes en Estados Unidos, y el director del propio equipo de respuesta de Trump advirtió esta semana sobre la inminente llegada de una fase aún más letal. La pandemia ha trastocado la economía, obligado el cierre de innumerables negocios y sumido a millones en el desempleo y la pobreza.

Sin contar a aquellos que por temor a la infección optaron por votar por correo, muchos de los que votaron el día de las elecciones experimentaron en persona la magnitud con la que el virus ha alterado la vida cotidiana estadounidense. Los cubrebocas eran, si no obligatorios, al menos esperados, y los trabajadores electorales a veces tuvieron que llevar a cabo esta actividad fundamental de la democracia detrás de escudos protectores transparentes.

Sin embargo, la pandemia no suprimió la votación. Al contrario, el virus —y la manera en que ha sido manejado— ayudó a energizar este día en el que una simple boleta de votación otorgó poder momentáneo a aquellos que se han sentido impotentes contra la embestida de 2020, un año que ha dejado al descubierto las enormes fisuras nacionales de la manera más descarnada.

En Minneapolis, Cynthia Robertson tomó fotografías de las flores y los murales en el soleado monumento creado en honor a George Floyd, el afroestadounidense desarmado que murió en mayo luego de que un policía blanco se arrodillara sobre su cuello durante más de nueve minutos. Su muerte, registrada en videos atroces, se convirtió en un acontecimiento clave en 2020, que provocó marchas de protesta a nivel nacional y análisis más profundos sobre la historia de racismo del país.

Robertson, de 46 años, quien es de raza negra y madre de adolescentes, señaló los murales que mostraban a otras personas negras asesinadas por la policía, como Breonna Taylor, de 26 años, quien murió en una fallida redada policial en Louisville en marzo. Mientras estaba de pie en la esquina de la calle 38 y la Avenida Chicago, donde murió Floyd, las lágrimas comenzaron a brotar detrás de sus lentes de sol adornados con piedras deslumbrantes.

“Este podría ser mi hijo; esta podría ser mi hija”, dijo.

Esa fue la razón por la que había decidido votar por primera vez en su vida, por Biden.

“Mira a nuestro alrededor”, dijo Robertson. “Esta es la razón”.

El tiroteo de la policía contra otro hombre negro, Jacob Blake, en Kenosha, Wisconsin a finales de agosto detonó protestas violentas, incluyendo una en la que dos personas murieron a tiros en una calle del centro. La policía ha acusado a Kyle Rittenhouse, un adolescente blanco que vino desde Illinois para patrullar las calles con un rifle semiautomático estilo militar. Desde entonces, Rittenhouse se ha convertido en la personificación conservadora de la autodefensa y el derecho a portar armas.

El día de las elecciones, casi tres meses después, el caso de Rittenhouse —junto con los incendios, los saqueos y las protestas— seguía sintiéndose en Kenosha, una ciudad de 100.000 habitantes. Todavía hay vehículos carbonizados en los estacionamientos. Los negocios, aunque están abiertos, siguen cubiertos con madera contrachapada.

Miranda Schlitz, de 45 años, quien trabaja como camarera en un restaurante de autoservicio llamado Big Star, recordó que cuando el centro de Kenosha estaba en medio de los disturbios y la destrucción, se preocupó tanto por la seguridad de su familia que decidió irse a casa de su hermana en una ciudad vecina.

“Estaba literalmente asustada en mi propia casa”, dijo Schlitz, quien es blanca.

Schlitz invocó uno de los temas de campaña sobre los que Trump suele tuitear.

“Necesitamos ley y orden”, afirmó Schlitz. “Los disturbios… ahí fue cuando mi decisión fue definitiva”.

Su decisión: un voto para Trump.

Si los disturbios han transformado el centro de Kenosha, el coronavirus ha transformado el país entero, una realidad que fue evidente mientras las personas ejercían su sagrado derecho al voto. Los votantes que se acercaban a la Iglesia Bíblica de Kenosha pasaron primero por una estación de lavado de manos y luego por un quiosco que ofrecía cubrebocas, toallitas y desinfectante para manos gratis, todo esto antes de poder entrar a una cancha donde las mesas estaban separadas al menos 4,5 metros. Mientras tanto, en Oakland, California, en un sistema de votación al aire libre había trabajadores con coberturas faciales que usaban pinzas de ensalada para tomar las boletas.

En un momento en el que el mortal coronavirus ha sido calificado por algunos como exagerado —el presidente incluso ha sugerido que los médicos se benefician de manera económica de la pandemia— el resultado de las elecciones fue la prioridad. En Milwaukee, en el Centro Médico Aurora Sinai, uno de los muchos hospitales que están en aprietos por el creciente número de pacientes con COVID-19, una enfermera llamada Karina Brown afirmó que los trabajadores del hospital y los pacientes estuvieron todo el día revisando sus teléfonos y “relojes sofisticados” en busca de actualizaciones.

Ella estuvo haciendo lo mismo.

“Queremos que el coronavirus se reduzca y se acabe, y creo que por eso estas elecciones son tan importantes para nosotros”, dijo Brown. “Decir que estamos ansiosos es poco”.

El virus también ha golpeado el núcleo de la psique estadounidense, justo en la encrucijada entre los derechos individuales y la determinación colectiva. La recomendación federal de utilizar cubrebocas, por ejemplo, tiene sentido evidente para algunos, pero a otros les suena a opresión de un Estado profundo.

En un centro de votaciones en la Nueva Iglesia de la Fe, en las afueras de Orlando, Florida, una mujer llamada Verónica, de 35 años, dijo que había votado por Trump porque temía perder sus libertades. Poco después salió una mujer llamada Dorothy, de 45 años, y dijo que había votado por Biden porque temía perder sus libertades.

En el día de las elecciones durante una pandemia, en un momento en que la división nacional parece ser más un abismo que una fisura, dos votantes que salieron de una iglesia estuvieron unidas al menos por la emoción operativa de 2020: el miedo.

This article originally appeared in The New York Times.

© 2020 The New York Times Company