Para el planeta Tierra, el hecho de que no haya turismo es una maldición y una bendición

Lisa W. Foderaro
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Escurre agua de la cola de una ballena jorobada mientras se sumerge en el mar cerca de Juneau, Alaska, el 18 de septiembre de 2018. (Christopher Miller/The New York Times)
Escurre agua de la cola de una ballena jorobada mientras se sumerge en el mar cerca de Juneau, Alaska, el 18 de septiembre de 2018. (Christopher Miller/The New York Times)

Para el planeta, el año sin turistas fue una maldición y una bendición.

Con la cancelación de vuelos, la suspensión de cruceros y gran parte de las vacaciones anuladas, las emisiones de carbono cayeron en picada. La fauna silvestre, que suele pasar desapercibida en medio de la aglomeración de turistas en los principales destinos vacacionales, emergió de repente. Y la ausencia de cruceros en lugares como Alaska hizo que las ballenas jorobadas pudieran escuchar sus cantos sin el estruendo de los motores.

Esas son las buenas noticias. Por otro lado, la desaparición de los viajeros causó sus propios y extraños estragos, no solo para los que se ganan la vida en la industria del turismo, sino para la vida silvestre, especialmente en los países en vías de desarrollo. Muchos gobiernos pagan por la conservación y la aplicación de la ley a través de cuotas asociadas al turismo. Tras el agotamiento de esos ingresos, se recortaron los presupuestos, lo que provocó un aumento de la caza furtiva y la pesca ilegal en algunas zonas. La tala ilegal también aumentó, lo que supuso un doble golpe para el medioambiente. Dado que los árboles absorben y almacenan carbono, su tala no solo perjudica a los hábitats de la fauna, sino que contribuye al cambio climático.

“Hemos visto muchos golpes financieros a la protección de la naturaleza”, comentó Joe Walston, vicepresidente ejecutivo de conservación global de la Wildlife Conservation Society. “Pero incluso donde eso no ha sucedido, en muchos lugares la gente no ha podido ir al campo a hacer su trabajo debido a la COVID”.

Desde el aumento de la caza furtiva de rinocerontes en Botsuana hasta la disminución de la contaminación acústica en Alaska, la falta de turismo ha tenido un profundo impacto en todo el mundo. La cuestión a partir de ahora es qué efectos permanecerán y cuáles desaparecerán en la recuperación.

Un cambio en el aire

Mientras que el impacto de la pandemia en la vida silvestre ha variado mucho de un continente a otro y de un país a otro, su efecto en la calidad del aire se sintió de manera más amplia.

En Estados Unidos, las emisiones de gases de efecto invernadero se redujeron más de un diez por ciento el año pasado, ya que los gobiernos estatales y locales impusieron confinamientos y la gente se quedó en casa, según un informe de enero de Rhodium Group, una empresa de investigación y consultoría.

Los resultados más espectaculares procedieron del sector del transporte, que registró un descenso del 14,7 por ciento. Es imposible determinar qué parte de esa caída se debe a la pérdida de turismo en comparación con los viajes de negocios. Todo apunta a que, a medida que la pandemia se desvanezca, el turismo se reanudará, probablemente con fuerza.

No obstante, la pandemia contribuyó a que las emisiones estadounidenses se situaran por primera vez por debajo de los niveles de 1990. A nivel mundial, las emisiones de dióxido de carbono se redujeron un siete por ciento, es decir, 2600 millones de toneladas métricas, según los nuevos datos de los investigadores internacionales del clima. En términos de producción, esto supone aproximadamente el doble de las emisiones anuales de Japón.

“Es mucho y es poco”, dijo Jason Smerdon, climatólogo del Observatorio de la Tierra Lamont-Doherty de la Universidad de Columbia. “Históricamente, es mucho. Es la mayor reducción porcentual de los últimos cien años. Pero si pensamos en el siete por ciento en el contexto de lo que tenemos que hacer para mitigar el cambio climático, es poco”.

Para el activista climático Bill McKibben, uno de los primeros en hacer sonar la alarma sobre el calentamiento global en su libro de 1989, “The End of Nature”, la pandemia subraya que la crisis climática no se evitará un viaje en avión o un litro de gasolina a la vez.

“Hemos pasado este año de pandemia en el que nuestras vidas cambiaron más de lo que cualquiera de nosotros pudo haber imaginado”, dijo McKibben durante un seminario web por Zoom celebrado en febrero por la organización sin fines de lucro de Vermont Green Mountain Club.

“Todo el mundo dejó de tomar vuelos; todo el mundo dejó de desplazarse”, añadió. “Todo el mundo se quedó en casa. Y las emisiones se redujeron, pero no tanto, tal vez un diez por ciento con ese increíble cambio en nuestro estilo de vida. Esto significa que la mayor parte del daño se encuentra en las entrañas de nuestros sistemas y tenemos que meter la mano y arrancar el carbón, el gas y el petróleo y agregar eficiencia, conservación, sol y viento”.

La fauna se reagrupa

De manera significativa, la pandemia reveló que la vida silvestre se reagrupa si se le da la oportunidad. En Tailandia, donde el turismo cayó en picada después de que las autoridades prohibieran los vuelos internacionales, las tortugas laúd pusieron sus huevos en la playa de Phuket, que suele estar abarrotada. Era la primera vez que se veían nidos allí en años, ya que estas tortugas marinas en peligro de extinción, que son las más grandes del mundo, prefieren anidar en lugares apartados.

Del mismo modo, en Ko Samui, la segunda isla más grande de Tailandia, las tortugas carey se apoderaron de las playas que en 2018 acogieron a casi tres millones de turistas. Se registró cómo las crías salieron de sus nidos y movieron sus aletas furiosamente hacia el mar.

Para Petch Manopawitr, director de conservación marina de la Sociedad de Conservación de la Vida Silvestre de Tailandia, los avistamientos fueron una prueba de que los paisajes naturales pueden recuperarse rápidamente. “Tanto Ko Samui como Phuket han estado invadidas de turistas durante muchos años”, dijo en una entrevista telefónica. “Mucha gente había dado por perdidas a las tortugas y pensaba que no volverían. Tras la pandemia de COVID, se habla de la sustentabilidad y de la necesidad de incorporarla al turismo, y no solo a un nicho de mercado, sino a todo tipo de turismo”.

Además de las tortugas marinas, los elefantes, los lutungs y los dugongos (emparentados con los manatíes) hicieron su aparición en lugares insospechados de Tailandia. “Los dugongos son más visibles porque hay menos tráfico de barcos”, dijo Manopawitr. “La zona donde nos sorprendió ver dugongos fue la provincia oriental de Bangkok. No sabíamos que los dugongos seguían existiendo allí”.

Él y otros conservacionistas creen que los países en la mira del turismo internacional deben mitigar los innumerables efectos sufridos en el mundo natural, desde la contaminación por plásticos hasta los parques pisoteados.

Este mensaje parece haber llegado a las altas esferas del gobierno tailandés. En septiembre, el ministro de Recursos Naturales y Medioambiente del país, Varawut Silpa-archa, dijo que planeaba cerrar los parques nacionales por etapas cada año, de dos a cuatro meses. La idea, según dijo a Bloomberg News, es preparar el terreno para que “la naturaleza pueda rehabilitarse”.

Un aumento de la caza furtiva

En otras partes de Asia y en toda África, la desaparición de los turistas ha tenido un resultado casi opuesto. Con los viajes de safari cancelados y los presupuestos de las fuerzas del orden diezmados, los cazadores furtivos han ejercido su nefasto oficio con impunidad. Al mismo tiempo, los aldeanos hambrientos han acudido a las zonas protegidas para cazar y pescar.

Se ha informado de un aumento de la caza furtiva de leopardos y tigres en India, un incremento del contrabando de halcones en Pakistán y un aumento del tráfico de cuernos de rinoceronte en Sudáfrica y Botsuana.

Jim Sano, vicepresidente de viajes, turismo y conservación del Fondo Mundial para la Naturaleza, afirmó que en África subsahariana la presencia de turistas es un poderoso elemento disuasorio. “No son solo los guardias de caza”, explicó. “Son los viajeros que deambulan con los guías que son omnipresentes en estas zonas de caza. Si los guías ven cazadores furtivos con armas automáticas, los denuncian”.

En la República del Congo, la Sociedad para la Conservación de la Vida Silvestre ha observado un aumento de la caza y las trampas en zonas protegidas y sus alrededores. Emma J. Stokes, directora regional del programa de África Central de la organización, dijo que en el Parque Nacional de Nouabalé-Ndoki, los monos y los antílopes de la selva estaban siendo cazados como alimento.

“Es más caro y difícil conseguir comida durante la pandemia y hay mucha fauna salvaje allí”, comentó por teléfono. “Obviamente queremos disuadir a la gente de que cace en el parque, pero también tenemos que entender qué impulsa estos actos, porque es más complejo”.

La sociedad y el gobierno congoleño administran conjuntamente el parque, que abarca casi 4000 kilómetros cuadrados de selva tropical de tierras bajas, un terreno más grande que Rhode Island. A causa del virus, el gobierno impuso un confinamiento nacional y detuvo el transporte público. Pero la organización pudo organizar viajes a los mercados, ya que el parque se considera un servicio esencial. “También hemos mantenido a los 300 empleados de nuestro parque”, añadió.

El zumbido de las hélices, el estruendo de los motores, en gran parte ausentes

Mientras los animales de todo el mundo eran sometidos a rifles y trampas durante la pandemia, había algo que faltaba: el ruido. El zumbido de los helicópteros disminuyó cuando se suspendieron algunas excursiones aéreas. Además, los cruceros, desde el mar Adriático hasta el golfo de México, estuvieron prácticamente ausentes. Eso significó que los mamíferos marinos y los peces tuvieron un descanso del estruendo de los motores y las hélices.

Eso también aplicó para los científicos. Michelle Fournet es una ecologista marina que utiliza hidrófonos (micrófonos acuáticos) para escuchar a las ballenas. Aunque el número total de cruceros (unos cuantos centenares) palidece en comparación con el número total de buques de carga (decenas de miles), Fournet dice que desempeñan un papel enorme en la generación de ruido submarino. Esto es especialmente cierto en Alaska, un imán para los turistas que buscan el esplendor natural.

“Los buques de carga intentan hacer el recorrido más eficiente de punto A a punto B y atraviesan el océano abierto, donde se encuentran con animales y lo hacen durante horas”, explicó. “Pero, si pensamos en la concentración de cruceros a lo largo de las zonas costeras, sobre todo en el sureste de Alaska, básicamente son cinco meses de ruido casi constante de los buques. Tenemos una población de ballenas que los escucha todo el tiempo”.

El ruido provocado por el hombre durante la pandemia se disipó en las aguas cercanas a la capital, Juneau, así como en el Parque Nacional y Reserva de la Bahía de los Glaciares. Fournet, investigadora posdoctoral adjunta de la Universidad de Cornell, observó que el ruido ambiental en la bahía de los Glaciares se triplicó entre 2019 y 2020. “Es un descenso realmente grande del ruido y todo está relacionado con el cese de estos cruceros”, comentó.

Hace dos años, mediante una iniciativa para proteger la diminuta población de orcas residentes del sur del estrecho de Puget, que consta de solo 75, el gobernador de Washington, Jay Inslee, firmó una ley que les exige a los barcos reducir la velocidad a 7 nudos cuando estén a media milla náutica de las ballenas y que aumenta una zona de seguridad a su alrededor, entre otras medidas.

Muchos aplaudieron las protecciones. Sin embargo, activistas ecologistas como Catherine W. Kilduff, abogada principal del programa de océanos del Centro para la Diversidad Biológica, creen que no son suficientes. Ella quiere que continúe el descanso del ruido que las ballenas disfrutaron durante la pandemia.

“El mejor turismo es el avistamiento de ballenas desde la costa”, dijo.

Con miras al futuro

Es probable que este tipo de debates continúen a medida que el mundo salga de la pandemia y se reanuden los viajes por placer. Los conservacionistas y los empresarios ya están compartiendo su visión de un futuro más sustentable.

Tom L. Green, asesor principal de políticas climáticas de la Fundación David Suzuki, una organización medioambiental de Canadá, dijo que los turistas podrían considerar la posibilidad de reservar un solo vuelo cada varios años, con lo que ahorrarían su huella de carbono (y su dinero) para un viaje especial. “En lugar de hacer muchos viajes cortos, podríamos irnos de vez en cuando durante un mes o más y conocer realmente un lugar”, dijo.

Walston, de la Sociedad para la Conservación de la Vida Silvestre, opina que los turistas harían bien en esforzarse más a la hora de reservar su próximo complejo turístico o crucero y prestar atención al compromiso del operador con la sustentabilidad.

“Mi esperanza no es que dejemos de viajar a algunos de estos maravillosos lugares, porque seguirán inspirándonos a conservar la naturaleza a nivel mundial”, dijo. “Pero animaría a cualquiera a hacer lo que le corresponde. Dediquen el mismo tiempo que tardan en escoger qué comer en un restaurante a elegir un grupo turístico o un guía. Lo importante es recuperar el tipo de turismo que apoya a la naturaleza”.

This article originally appeared in The New York Times.

© 2021 The New York Times Company