Con los dos pies adentro

Leslie Figueroa
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Sin querer desde muy pequeña he tenido un pie dentro de la política, mis padres fueron muchos años militantes dentro de un partido político en mi país, y siempre han estado muy activos en cuanto a buscar maneras de cambiar las cosas, discutir nuevas reformas, la forma de hacer política, a los actores del momento, sus decisiones, cómo afectaba lo que pasaba en el resto del mundo…etc por las tardes mientras mis hermanos y yo hacíamos la tarea ellos recibían gente en casa, organizaban pequeñas reuniones – muy variadas – a veces sólo con sus amigos más cercanos, otras más con los vecinos, grupos con intereses muy específicos, padres de compañeros de la escuela, comerciantes, los encargados del supermercado, hasta en alguna ocasión llegué a saludar a mis profesores desde el otro lado del comedor.
Sus firmes convicciones me fueron muy útiles al llegar a la preparatoria, acostumbrada a intercambiar ideas y argumentar no fue ninguna sorpresa que en el mundo de la oratoria y el debate me hicieran sentir como pez en el agua. Hacerlo en público no era precisamente mi fuerte pero con ayuda de un par de asesores y mi padre al entrar a la Universidad me sentía lista para la primera competencia nacional.
Con voz firme, el rostro caliente y las manos sudorosas hice mi primera aparición, era un discurso acerca de la clonación, habían pasado sólo algunos meses del ‘nacimiento’ de la oveja Dolly, el primer mamífero clonado a partir de una célula adulta y claro que era por más un tema polémico e interesante del que entonces , a pesar de no contar con tanta información – o al menos, no tanta de forma inmediata- me había apasionado por estudiar, por semanas visité las bibliotecas de las universidades cercanas, le pedí a un genetista amigo de mis padres que le echará un vistazo a mis anotaciones y no paré de investigar las distintas teorías del origen del mundo y de la vida. Gané el segundo lugar, el primero se lo llevó un joven que estudiaba en la Ciudad de México, en su discurso hablaba sobre derechos humanos y la pena de muerte, estaba en su último año de Universidad, también estudiaba Derecho.
De acuerdo al protocolo tendríamos que volver a presentarnos unas semanas después para recibir nuestros premios y recibir un reconocimiento de parte del partido en turno y del político en campaña. Debo aceptar que me entusiasmaba más volver a verlo que ir por el diploma, pero como incluía un cheque no iba a hacer el desaire. Enrique si llegó, pero no entró; se plantó afuera del edificio con cartulinas que reflejaban tanto su descontento como el de sus compañeros de que pretender que compartía la ideología de aquellos que sólo estaban en búsqueda de publicidad y exposición era incongruente. Yo si entré, fueron unas cuantas horas bastante grises, al final sólo dos dijimos de nuevo nuestros discursos, pero esta vez mientras lo hacía ya no me perdí en la bioética o las teorías teológicas detrás de la clonación, la oveja Dolly o la ciencia, ahora pensaba que Enrique estaba afuera, luchando por lo que él creía era un mundo mejor, o al menos uno en el que era más él, pensaba en sus ojos negros y cómo encajaría estupendo en las tardes de reuniones, en lo mucho que podríamos discutir sobre su visión del mundo y claro, en lo bien que se llevaría con mis padres.
Intercambiamos números de teléfono y por un tiempo hablamos por teléfono, le conté todo lo que pude sobre mis padres, sus ideas, los libros que juntos habían escrito, sobre sus reuniones, también nos leíamos nuevos discursos, teorías e hipótesis, inventábamos nuevos mundos entre leyes y risas. Enrique terminó la carrera y se postuló para hacer una maestría, a mi aún me quedaban un par de años antes de poder alcanzarle, conforme pasaban los meses dejamos de tener tiempo de conversar a menudo, hasta que un día lo dejamos de hacer por completo.
Una tarde que regresé del trabajo a casa de mis padres.. Escuché bullicio, nada raro, me pasé a la cocina por el pasillo de un costado para no interrumpir la tertulia. Mi café aún humeaba cuando escuché que me llamaban “Verónica” “Verónica”…al entrar a la sala casi pierdo la taza entre mis dedos. Ahí estaba él. Resulta que había investigado sobre los escritos de mi padre y quería documentarse para que su posgrado tratase de esto, o eso dijo y fue un excelente pretexto para volver a vernos y ya no dejarnos ir.
Ahora nuestra casa es la que casi nunca encuentra silencio, entre los hijos y las reuniones por las tardes se nos llena cada rincón de voces y opiniones, y a mí, cada que lo veo hablar con pasión sobre lo que piensa, sabe y cree se me sigue subiendo el calor al rostro.