La pichi de la casa

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Martha, mejor conocida como Martita fue la más pequeña de su familia, en total eran 6, podían haber sido 8 pero su madre perdió a los gemelos cuando llevaba pocos meses de embarazo, así pues, desde siempre supo que le iba a tocar quedarse en casa a cuidar a sus padres mientras el resto hacía su vida.

A pesar de que no le permitieron más que estudiar la secundaria técnica (para que aprendiera mecanografía y ayudara a su padre en el trabajo) Martita siempre fue una ávida lectora, todos los temas le apasionaban, libro, revista o hasta folleto que llegaba a sus manos era leído como si se tratara de un tesoro o una primicia. Con el tiempo fueron las novelas históricas las que se ganaron un lugar especial en los estantes de la casa de sus padres. Con el pasar de los años las tareas y cuidados alrededor de sus padres aumentaron tanto que ya no le era posible leer como antes.

Su padre falleció poco después de que ella cumpliera 50, aprovechaba los atisbos de lucidez que aún le quedaban a su madre para escuchar las historias de su infancia, a veces también le leía o compartía algún poema de su autoría, pasó poco más de un lustro antes de que tuvieran que decirse adiós, por fortuna sucedió mientras su madre dormia, sin dolor ni viajes a salas de terapia intensiva o visitas al especialista. Asi pues Martita cumplió sin reserva y con convicción la encomienda de ser la pichi de su familia,y después de la muerte de su madre regresó a su antiguo y entonces único amor; las novelas históricas.

Un domingo después de misa decidió quedarse a caminar entre los puestos de la kermés de la iglesia para recaudar fondos, caminaba sin prisa entre el olor del chile colorado de las famosas enchiladas con papas doradas, la mantequilla derretida de los elotes, el dulzor de los algodones de azúcar y las imágenes de santos con listones de colores cuando un pequeño tendido de libros de segunda mano la sorprendió. Era la primera vez que veía tal cosa en el pueblo, llevaba ahí varios minutos en total silencio repasando entre sus dedos las hojas de aquellos ejemplares que nunca había visto, fascinada entre las letras, hasta que por fin levantó la mirada para preguntar los precios fue cuando lo vio. Anselmo era el responsable de aquel pequeño paraíso en medio de la plaza principal, le tomó un momento reconocerlo, a pesar de los años que habían pasado para Martita aquellos ojos verdes eran inconfundibles, su gran amigo de la infancia, su cómplice de travesuras, su primer y último pretendiente, que de marchó del pueblo

Acababa de regresar al pueblo hacía algunas semanas, después de jubilarse como maestro de preparatoria, su materia favorita: historia. Cómo una lluvia en medio de la sequía el entusiasmo de Martita le llenó la mirada, platicaron un buen rato, intercambiaron opiniones y le regaló un volumen de “Anna Karenina”, no sin antes comentarle de forma cero sutil que llevaba ya muchos años viudo.

Al siguiente domingo se repitió el ritual pero ahora intercambio aquel título por “El amor en tiempos de cólera” a pesar de que ya lo había leído hacía tiempo. Así pues, a los pocos meses ya se les había hecho costumbre reunirse cada semana a charlar de novelas de historia mientras que al mismo tiempo redescubrían las suyas, a los seis meses decidieron casarse, no querían perder más el tiempo, entre lágrimas y risas Anselmo leyó sus votos en el altar, celebraron con sus hijos y nietas , las hermanas y hermanos de Martita, se casaron en la iglesia donde se habían reencontrado, tomados de la mano como cuando eran niños pero esta vez decididos a no volver a soltarse. Ahora se hacen compañía leyendo en silencio en sus mecedoras por la tarde, compartiendo sus días como si toda la vida en medio hubiera sido sólo una pequeña pausa, ya no buscan in felices para siempre sino un hasta que la muerte nos separe.

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