¿Fue un petardo o un disparo? La incertidumbre en las calles de Estados Unidos

Dan Barry
Un oficial de la policía en Brooklyn, el domingo 31 de mayo de 2020. (Demetrius Freeman/The New York Times)
La policía acordona el lugar de los arrestos masivos después de las protestas por el asesinato de George Floyd en Minneapolis, el domingo 31 de mayo de 2020. (Peter Van Agtmael/The New York Times)

Si existe un elemento que vincula las manifestaciones que han sacudido las ciudades y los pueblos de Estados Unidos a lo largo de la semana pasada —además del grito a todo pulmón pidiendo el fin de la injusticia racial y social— es una imprevisibilidad que crispa los nervios: la sensación inquietante de que todo podría cambiar en un instante.

Todo lo que se ha necesitado ha sido el disparo de una bala de hule, rociar una lata de gas, arrojar un petardo. Una acción puede precipitar los acontecimientos.

Veamos, por ejemplo, el domingo, el último día de un difícil mes de mayo. Por todo el país, se desarrollaron cientos de tensas confrontaciones entre los manifestantes y los oficiales de la policía y algunas se tornaron violentas en un segundo.

En Atlanta, una marcha de protesta en su mayor parte pacífica se convirtió en una granizada de latas de gases lacrimógenos luego de que los manifestantes derribaron una cerca. En Denver, un joven con barba que iba entre un mar de manifestantes se desplomó en el suelo cuando un proyectil disparado por la policía le pegó en el rostro. Y en Washington, un tenso altercado pronto se convirtió en un enfrentamiento que incluyó un incendio en el sótano de una iglesia histórica frente a la cual, al día siguiente, le tomarían una fotografía protocolaria al presidente Donald Trump (cuya intención era dar una impresión de orden).

La incertidumbre se esparce por todo el ambiente.

¿Y a qué huele la incertidumbre? Es una mezcla de sudor callejero, humo y gas lacrimógeno. El humo huele a destrucción, mientras que el gas lacrimógeno produce una sensación de ardor en el rostro, además quema la garganta y hace que lloren los ojos, a tal punto que parece que nunca vas a dejar de llorar.

En medio de este prolongado estado de intranquilidad que no se había visto en el país en medio siglo, no había ningún tipo de certidumbre, y el enojo, el temor y el oportunismo de las manifestaciones llenaron ese vacío. ¿Fue un petardo o un disparo?

Ahora, en las noches en Estados Unidos es cuando la fiebre sube al máximo —una fiebre que comenzó el Día de los Caídos, cuando Derek Chauvin, un oficial de policía blanco, apoyó su rodilla durante nueve minutos sobre el cuello de George Floyd, un hombre negro que estaba acostado boca abajo en una calle de Minneapolis. Esta maniobra se empleó contra un hombre al que acusaban de querer dar un billete falso de 20 dólares, y cuya muerte fue grabada en un video muy difundido.

Al final, Chauvin fue acusado de homicidio en tercer grado, pero las manifestaciones de furia desencadenadas por ese acontecimiento no han dado señales de calmarse y algunos manifestantes exigen el arresto de otros tres oficiales de la policía de Minneapolis que presenciaron la escena.

La horrorosa muerte de George Floyd siguió un patrón muy conocido en el que muchachos y hombres negros son asesinados por la policía; los nombres de los demás —entre ellos Eric Garner, Tamir Rice, Michael Brown— quedaron grabados en la conciencia estadounidense.

Para colmo, las manifestaciones se están realizando en medio de otra realidad perturbadora para los estadounidenses. En poco más de tres meses, la pandemia del coronavirus ha matado a más de 100.000 estadounidenses, ha sumido en el desempleo a 40 millones de personas y ha trastornado gran parte de la vida cotidiana.

Estas realidades ahora transitan como un trasfondo a través de cientos de manifestaciones en pequeños pueblos y grandes ciudades. Algunas fueron acaloradas pero pacíficas. Otras parecían relativamente tranquilas y luego terminaron con lesiones personales y daños a la propiedad ajena. Y algunas se convirtieron en un caos y provocaron el tipo de daños que los voluntarios no pudieron barrer con sus escobas a la mañana siguiente.

En una manifestación del domingo en la noche en Oakland, California, un niño de 5 años llamado Chase Butler iba asomado por la ventanilla trasera de la camioneta blanca de su familia con el puño derecho levantado y en la mano izquierda tenía un letrero de cartón que decía: “¡Mamá! No puedo respirar. No me disparen”.

Su padre, Donovan Butler, de 33 años, comentó que había tenido una conversación — la seria— con su hijo. “El mundo en el que vivimos no es equitativo”, le explicó. “Para mucha gente, nosotros somos diferentes”.

No obstante, para muchos otros, la conversación del domingo fue en forma de cánticos, gritos y órdenes policiacas emitidas a través de altavoces. En gran medida, la dinámica era demasiado variable e incierta como para garantizar la seguridad de un niño de 5 años, o incluso la de una familia en una camioneta.

En Atlanta, cientos de manifestantes marcharon pacíficamente durante varios kilómetros, pidiendo que la ciudad hiciera justicia por medio de cánticos. Luego, a orillas del Parque Olímpico del Centenario, uno de los organizadores les advirtió que se regresaran porque los manifestantes que iban adelante estaban enfrentándose con la policía. Pocas personas hicieron caso, a pesar de que otras les advirtieron sobre los gases lacrimógenos y los enfrentamientos.

“No vayan por ahí”, dijo un hombre. Pero como respuesta a su preocupación recibió algunos insultos.

Luego, algo impactó sobre el sanitario portátil de una construcción. Posteriormente la gente empezó a corear. Después, un grupo de jóvenes blancos enmascarados comenzó a derribar una cerca con una lona azul que estaba obstruyendo la calle y no le hicieron caso a los gritos de una mujer negra que les pedía que se detuvieran porque “nos van a culpar a nosotros”.

Derribaron la cerca y el infierno comenzó. Petardos. Carreras. Una columna de gas lacrimógeno, los cartuchos caían estrepitosamente al pavimento. La quemazón del rostro y de los ojos; los ríos de lágrimas y mocos; y el único alivio procedía de los chorros de una solución lechosa que traía un hombre en una botella.

En Minneapolis, donde mataron a Floyd y donde comenzaron las manifestaciones casi una semana antes, sucedió una confrontación parecida poco después del toque de queda de las 8 de la noche… así que prácticamente era inevitable.

Unos activistas se quedaron sentados y arrodillados en la calle mientras gritaban consignas. “¡Les decimos que ya estamos hartos!”, gritaba una mujer con un megáfono. Y la multitud le contestaba: “Sin justicia no habrá paz”.

Se escuchó un helicóptero sobre sus cabezas a medida que se multiplicaba el número de oficiales de la policía y de miembros de la Guardia Nacional.

Después, a las 8:43, de pronto la policía lanzó gases lacrimógenos contra la multitud, una columna que giraba por el cielo. Algunos manifestantes, tambaleándose y tosiendo, se resguardaron detrás de las bombas de gasolina. Algunos levantaron las manos y corearon: “¡Manos arriba! ¡No disparen!”. Y otros tomaron otras medidas y filmaron todo con sus teléfonos celulares.

Con el aire caliente cargado con el olor acre del gas lacrimógeno, comenzaron a cerrarse los cercos de la policía. Algunos manifestantes intentaron correr, pero pronto se dieron cuenta de que no tenía caso; estaban rodeados.

Sin embargo, no se logró una resolución pacífica de los angustiosos enfrentamientos. Más o menos al mismo tiempo que terminó la confrontación en Minneapolis, una mujer de Walnut Creek, California, recibió un disparo en el brazo, en medio de un saqueo generalizado de docenas de tiendas. Esta ciudad, como a 40 kilómetros al este de San Francisco, impuso de inmediato un toque de queda y los oficiales de la policía bloquearon la salida de una carretera con antorchas y conos de tráfico.

En Washington, continuaron los altercados entre los manifestantes y la policía. Los manifestantes vertieron combustibles en un poste de madera que sostenía un letrero de “OBRA EN CONSTRUCCIÓN”, le prendieron fuego a media calle y lo avivaron con ramas que arrancaron de los árboles cercanos. También provocaron un pequeño incendio en la guardería del sótano de la Iglesia Episcopal San Juan —conocida como la “iglesia de los presidentes” —, pero los daños fueron relativamente menores.

En Laffayete Square, al otro lado de la Casa Blanca cruzando Pennsylvania Avenue, se escuchaba el eco del sonido sordo de los proyectiles contra los escudos levantados de los oficiales de la policía. Era solo uno de los muchos sonidos estridentes de la violencia y del vandalismo que sucedía a unos metros de donde el presidente de Estados Unidos y su familia estaban protegidos esa noche por efectivos de la Guardia Nacional.

En todo el país, y a medida que transcurría la noche, seguía la incertidumbre, a veces pacífica, a veces no.

En Seattle, los manifestantes se arrodillaron frente a los cercos policiales para dar a entender que su intención era pacífica y fueron premiados con la invitación a continuar su marcha de protesta.

En Chicago, el triste recuento de un día de protestas pacíficas y saqueos oportunistas fue de 699 arrestos, 48 tiroteos, 17 homicidios y 132 policías heridos.

También en Nueva York, ya entrada la mañana del lunes, la gente caminaba por las calles del barrio de SoHo cargada de artículos recién robados de las tiendas de lujo saqueadas, mientras dos camionetas del Departamento de la Policía de Nueva York pasaban por Houston Street. Se podía ver que los oficiales que iban en los vehículos agachaban sus cabezas.

En general, esta noche de incertidumbre estaba cargada de una extraña sensación de anonimato. Muchos oficiales de la policía se ocultaban tras los equipos antimotines y muchos manifestantes usaban cubrebocas y pañoletas… y no solo para protegerse del coronavirus que es tan contagioso.

Era como si el país no pudiera reconocerse a sí mismo.

This article originally appeared in The New York Times.

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