En primera persona: mi hija y yo estamos atrapadas en la tragedia de Brasil

Vanessa Barbara
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Empleados del cementerio Nova Cachoeirinha, el segundo más grande de Sao Paulo, extraen huesos de tumbas viejas para dar cabida a nuevas víctimas del COVID-19
Dario Oliveira

La autora es editora del sitio web literario A Hortaliça, autora de dos novelas y dos libros de no-ficción, y es columnista de opinión para The New York Times

SAN PABLO.- Desde el balcón de mi departamento, se ve un playón de estacionamiento de ambulancias. Desde hace más de un año, mi hija de 2 años y medio y yo hemos podido monitorear, con avidez e impaciencia, los movimientos de las 10 ambulancias que estacionan ahí. Últimamente, es una de nuestras pocas distracciones.

“¡Mirá, ahí vuelve otra!”, dice mi hija, y señala una ambulancia que se detiene y apaga sus luces rojas y blancas. Lo nuestro no es exactamente un análisis riguroso, lo sé, pero juzgo la severidad de la pandemia por los movimientos en ese estacionamiento. Desde que empezó el año, las ambulancias casi nunca están paradas, siempre hay apenas una o dos, y nunca se quedan mucho tiempo. Basta quedarse mirando un rato y las ver irse, con las sirenas a tope, a responder un llamado de auxilio.

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Las estadísticas oficiales confirman nuestras observaciones. En el estado de San Pablo, donde vivo junto a otros 46 millones de personas, la tasa de hospitalizaciones por Covid-19 más que se duplicó en las cuatro semanas que van del 21 de febrero al 21 de marzo. A principios de abril, eran internadas un promedio de 3025 por día, un aumento del 58% en comparación con el inicio del mes anterior. Intento explicarle a mi hija, sin dramatismo, que esas ambulancias llevan a las personas enfermas al hospital, donde les van a dar remedios con sabor a fruta y se van a mejorar rápidamente.

Observo el incesante desfile de ambulancias, pero trato de no sonar desesperada. Trato de que mi voz no trasunte mi conocimiento de las 543 personas que murieron solamente en San Pablo desde fines de enero esperando una cama de hospital que nunca llegó, de las más de 370.000 personas que murieron en todo el país, y de que lo peor todavía está por venir. Porque acá, en el hemisferio sur, el invierno está a la vuelta de la esquina. Pero no puedo esconder mi impotencia y mi bronca, atrapada en un pequeño departamento durante quién sabe cuánto tiempo más, observando el desarrollo de la tragedia.

Hubo, sin embargo, un glorioso intervalo. A principios de febrero, mi esposo y yo inscribimos a nuestra hija en una escuela privada que tiene muchos árboles y aire fresco. Las aulas son espaciosas y ventiladas, y muchas de las clases se dictan al aire libre. Nunca vi más feliz a mi hija. Su desarrollo social y emocional floreció. En casa, empezaba a cantar en cualquier momento, y hablaba todo el tiempo de sus nuevos amiguitos.

Pero a principios de marzo, mi hija dio positivo de coronavirus. Tenía síntomas leves: poca fiebre, mocos, un poco de tos. Le dimos 14 gotas de acetaminofeno, que no le gusta para nada, cada seis horas y durante tres días. Ella se sometió obedientemente. Sus compañeros de clase y sus maestros también quedaron 14 días en aislamiento, aunque nadie más dio positivo. Mi hija se recuperó rápidamente, y tanto mi esposo como yo dimos negativo. Nunca pudimos rastrear el origen de su contagio, aunque suponemos que debe haber sido en la escuela. “¡La inmaculada infección!” bromeaba mi esposo.

Cuando terminó nuestro aislamiento y cuarentena familiar, a mediados de marzo, el gobernador de San Pablo decretó la emergencia y cerraron las escuelas. El virus arrasaba el país y se cobraba un número récord de vidas. Una amiga que es enfermera me dijo que ahora es común que se amontonen las ambulancias frente a los hospitales. Frente a nuestro departamento, el playón era un constante ir y venir.

La escalada era enteramente previsible. Desde que el virus desembarcó en Brasil, en marzo del año pasado, nunca tuvimos una verdadera cuarentena con confinamiento, ni regional ni nacional. Si bien los gobernadores y alcaldes intentaron imponer algunas restricciones, el presidente Jair Bolsonaro defendía insistentemente la libre circulación de las personas, y por lo tanto, del virus.

El resultado no podía ser más palmario: un promedio de 3000 muertes por día, una cifra espeluznante fogoneada por el avance de las nuevas variantes supercontagiosas. Hoy, Brasil representa casi un tercio de todas las muertes por Covid-19 que se registran diariamente en todo el mundo. En decenas de estados, las unidades de terapia intensiva están ocupadas a más del 90% de su capacidad.

La campaña de vacunación, al principio caótica, ahora es lenta. Mu padre de 72 años finalmente recibió la segunda dosis hace unos días; mi madre, de 67 años, acaba de recibir la primera. Solo el 4,5% de la población recibió ambas dosis, frente al 25% en Estados Unidos. Nuestro sistema público de salud puede vacunar a mayor velocidad, pero el tema es que no hay vacunas. No olvidemos nunca que el año pasado Bolsonaro rechazó una oferta de 70 millones de dosis de la vacuna de Pfizer.

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Muchos países van emergiendo poco a poco de la crisis, mientras que nosotros nos hundimos cada vez más profundamente en la catástrofe. Pero a Bolsonaro, que desalienta activamente el distanciamiento social, los testeos y las vacunas, no le importa nada. “Basta de quejas y lloriqueos”, dijo en marzo. “¿Hasta cuándo van a seguir llorando?”

Sin vacunas ni voluntad política de frenar el avance del virus, no nos quedan muchas opciones. No podemos ganar las calles para protestar —al menos sin riesgo de contagiarnos— y para las próximas elecciones falta un año y medio. Más de 370.000 brasileros nos han dejado para siempre. En cuanto al resto de nosotros, seguimos viviendo como presos en nuestras casas, mirando el ir y venir de las ambulancias.

Traducción de Jaime Arrambide