“Se perdió el campo”. El pueblo en el corazón de la Argentina agraria donde los jóvenes no ven un futuro

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Marcelo Manera

La madrugada del 10 de enero de 2021, Erika Mimbrero, una chica de 17 años, viajó 15 kilómetros desde Monje a Barrancas -dos pueblos en la provincia de Santa Fe- para encontrarse con otros jóvenes en el puente del pueblo. Esa noche, un muchacho de 16 la atropelló con su moto. Erika murió ocho días más tarde en el Hospital Cullen, el día en que hubiese cumplido 18 años.

Durante 2020 y parte de 2021, en medio de la pandemia, los jóvenes de Barrancas y otros pueblos cercanos adoptaron al puente como lugar de encuentro porque estaba aislado y la policía no los echaba de allí. Cerca de las cinco de la tarde comenzaban a circular motos en dirección al puente. Chicos y chicas iban llegando en tandas, en motos, en autos, a pie. Algunos cargaban mochilas, otros llevaban botellas de vodka directamente en sus manos. Los vecinos dicen que era un descontrol. Se organizaban fiestas que ocupaban todo el puente hasta el amanecer. Hasta que se murió Erika. Entonces, las cosas se calmaron un poco, dicen.

A pesar de vivir en el corazón del campo argentino, que genera más del 70% de las divisas que ingresan al país por exportaciones, los jóvenes están cada vez más alejados del sector
Marcelo Manera


A pesar de vivir en el corazón del campo argentino, que genera más del 70% de las divisas que ingresan al país por exportaciones, los jóvenes están cada vez más alejados del sector (Marcelo Manera/)

El puente marca el límite noroeste del pueblo. Sobrevuela la autopista Rosario-Santa Fe y une un camino de tierra con otro de asfalto. No es un puente demasiado ancho, solo lo suficiente para que pase un camión, una máquina cosechadora. O se organice una fiesta.

Barrancas es un pueblo de la provincia argentina de Santa Fe que nació sobre la ruta nacional 11, casi en el punto equidistante entre las ciudades de Rosario y Santa Fe. En esta tierra organizada alrededor de las vías de un tren de carga que todavía pasa, pero que ya no frena, viven cerca de 8000 personas. El edificio más alto tiene dos pisos y una terraza, y el paisaje habitual contempla el paso permanente de grandes camiones con acoplados. No hay arco de recibimiento, ni cartel de bienvenida. Acá son los perros quienes saludan a los visitantes.

Cambio estructural

En Barrancas los jóvenes también andan sueltos. Hacen calle. Porque a pesar de vivir en el corazón del campo argentino, ese que genera más del 70% de las divisas que ingresan al país por exportaciones, están cada vez más alejados del sector.

En las últimas décadas, el sector agropecuario argentino sufrió un cambio estructural que modificó lo que se entendía por “el campo argentino”. La figura del productor que trabajaba junto a su familia con todos los insumos necesarios tranqueras adentro y pasaba la posta de generación en generación, parece ir perdiéndose con el tiempo. Los productores más chicos desaparecieron, o tuvieron que alquilar sus campos a contratistas o grandes pools de siembra. Eso sin mencionar a quienes, sin acceso a la tierra, ni siquiera piensan en el campo como una salida laboral, a pesar de vivir en una de las zonas más productivas del país.

Hay un desinterés total por el campo de parte de los chicos y encima desde la escuela no se ofrecen salidas que lo fomenten. Culturalmente no hay mucho para ellos acá”, dice Natalia Porta, vecina y docente del pueblo.

Natalia vive con sus dos hijos. Tiene 40 años y enseña Educación Tecnológica en la escuela secundaria comercial de Barrancas, que ofrece dos orientaciones: Ciencias Naturales y Ciencias Económicas. La segunda de las únicas dos secundarias del pueblo es de orientación técnica y en ella tampoco existe una orientación relacionada con la actividad agropecuaria.

“Los chicos se encuentran en cualquier punto donde no los vean mucho. La plaza, las vías, el puente”, agrega Natalia, quien es además secretaria del único club del pueblo, el Club Atlético Recreativo Juventud Unida (CARJU).

“Los chicos de entre 20 y 30 años hacen muchas changas. No están acostumbrados a levantarse temprano y hacer trabajos de mucho esfuerzo. Tener una terminalidad agropecuaria en la secundaria podría ayudar a incentivarlos, porque además la droga está muy metida en Barrancas. Se sabe quiénes venden y dónde, pero nadie hace nada”, relata Natalia, quien conoce de cerca a la juventud barranqueña.

Hoy el punto de encuentro para los chicos es al costado de las vías, en la vieja estación de tren
Marcelo Manera


Hoy el punto de encuentro para los chicos es al costado de las vías, en la vieja estación de tren (Marcelo Manera/)

El boulevard San Martín es la columna vertebral del pueblo. Corre paralelo a las vías y sobre él están el cuartel de bomberos, la farmacia Rodríguez y el club. En algún momento el boulevard supo ser sede de los carnavales de febrero. Los chicos se tiraban con espuma y serpentina y las viejas servían chocolate caliente en sus casas. De eso, hoy, nada.

“Después de que falleció la chica de Monje no se juntaron más en el puente, frenaron un poco y se mudaron a las vías del ferrocarril”, cuenta Aldana Aguilar, una joven de 23 años que vive en Barrancas y se acaba de recibir de maestra.

“La droga siempre ha existido, solo que no se visualizaba tanto como hoy y sobre todo en los jóvenes. Antes capaz tenían acceso quienes tenían plata, hoy cualquiera lo hace y todavía más los chicos, porque son quienes más padecen. La marihuana ya es algo común acá. Hay cocaína, más que nada”, dice Aldana.

En Barrancas, las oportunidades para los jóvenes no son muchas. En la zona hay una fábrica de frenos y embragues automotrices, algunos profesorados y no mucho más. Por eso, la droga se convirtió también en una forma de obtener ingresos.

“Ahora los chicos también se meten en la droga como una salida laboral, porque es lo más fácil. Ya no quieren trabajar. Más en un pueblo donde son muy pocas las oportunidades. Muchos chicos no tienen posibilidad de ir a estudiar a otro lado. La universidad más cercana está en Rosario -a 85 kilómetros- o en Santa Fe -a 76- y tenés que ser de una clase media alta para poder irte. Los jóvenes carecemos de muchas cosas acá y no se hace nada como para que podamos tener otra salida”, explica Aldana, quien aún no pudo insertarse laboralmente y vive en primera persona lo que cuenta. “A mi me gusta ser docente, pero me hubiese gustado tener la oportunidad de estudiar otra cosa en otro lado”, dice.

Según Aldana, las personas mayores sienten la identidad de Barrancas como un pueblo agrario, pero los jóvenes ya no. “Acá se fue perdiendo el campo, los chicos lo ven como una esclavitud, pero la verdad es que el campo es el centro del mundo”, cuenta la joven.

Censo

El último Censo Nacional Agropecuario muestra que entre 2002 y 2018 la Argentina perdió más de un cuarto de sus explotaciones agropecuarias. Y en San Jerónimo, la comuna a la que pertenece Barrancas, la caída es aún mayor: desaparecieron el 38% de los establecimientos. Algunos de ellos salieron del sistema y muchos otros, aunque no se sabe cuántos, fueron absorbidos por explotaciones más grandes.

Roberto Bisang, coordinador del Censo Agropecuario Nacional que publicó el Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC) en 2018, explica: “En 2002 los productores vivían en el campo, tenían galpones enormes y cuidaban al tractor más que a sus hijos. Todo lo que había tranqueras adentro del campo era suyo. Hoy eso cambió fundamentalmente porque hay una corriente muy fuerte de empresas que trabajan en el campo sin ser dueñas de la tierra sino que la alquilan a productores más chicos. Ya en 2018, un 22% de las explotaciones agropecuarias trabajaban vía alquiler, cuando en el anterior censo ese porcentaje era de un 11%. En Santa Fe ese porcentaje alcanza el 31%”.

“La gente se fue del campo al pueblo y en el pueblo apareció la periferia, los galpones, las estaciones de servicio. Hoy los decisores viven en el pueblo, o aún más lejos, y viajan todos los días al campo. Ser del campo hoy es vivir cerca del campo, que es otra cosa”, dice Bisang.

Felipe López trabaja en el campo desde hace más de 30 años
Marcelo Manera


Felipe López trabaja en el campo desde hace más de 30 años (Marcelo Manera/)

Felipe López nació en Barrancas hace casi 60 años y trabaja en el campo desde hace más de 30. Tiene las manos oscuras, arrugadas, marcadas. Manos que han estado al sol en invierno y en verano. Usa el pelo corto y peinado prolijo con una raya al costado. La barba afeitada. El rostro fuerte. El cuerpo macizo.

Junto con su mujer tiene tres hijos y dos nietos. A la casa donde viven, en el pueblo, le da el sol por la mañana. Es amplia, prolija y es suya. Tener una casa propia es algo que quieren muchos en Barrancas.

A las dos de la tarde de un sábado tibio, mientras en el pueblo duermen la siesta, Felipe siembra trigo. Se levantó a las cinco de la mañana después de una noche de pocas horas. Anotó los gastos del día anterior en una libreta y salió despacio para no despertar a su mujer. Durante la mayor parte del año Felipe trabaja al menos 12 horas al día.

Franco Pérez trabaja como peón rural junto a Felipe. Tiene 27 años y sus compañeros dicen que es la excepción a la regla. “Es difícil encontrar a alguien como Franco hoy. Los chicos no quieren trabajar en el campo. Están vagueando todo el día”, dice Felipe. Franco es callado, es el asador designado y es también el primero que se levantará a juntar los platos cuando termine el almuerzo. “Ganaremos poca plata, pero comer sí que comemos”, bromea Eduardo mientras troza un pedazo de pan para mojar en el jugo de la ensalada.

“El peón de campo es el que menos gana de toda la escala salarial y es el que más trabaja. Por eso también el que tiene ganas de trabajar, capaz, si puede, no lo elige. Y encima ahora tienen la droga. Pueden vender la planta de marihuana hasta por 250.000 pesos”, cuenta.

El último Censo Nacional Agropecuario muestra que entre 2002 y 2018 en San Jerónimo, la comuna a la que pertenece Barrancas, desaparecieron el 38% de los establecimientos agropecuarios
Marcelo Manera


El último Censo Nacional Agropecuario muestra que entre 2002 y 2018 en San Jerónimo, la comuna a la que pertenece Barrancas, desaparecieron el 38% de los establecimientos agropecuarios (Marcelo Manera/)

Barrio humilde

En la zona norte se encuentra el barrio más humilde del pueblo, el Barrio Norte, que no para de crecer y recibir gente nueva. Las familias que van llegando se instalan casi sobre las vías del ferrocarril, tan cerca que cuando este pasa roza las lonas de las viviendas.

“El Barrio Norte nace de la gente más humilde del pueblo, hay gente viejita que era de los primeros que llegaron, pero ahora está lleno de gente de todos lados. Se puso bravo el barrio. Las mujeres solas ya no entramos al barrio porque a mitad de semana te podés encontrar con un drogadicto, o un borracho. Cuando ves pasar una motito para ese lado con un pibito, y al ratito dos más, ya sabés que van a vender o a consumir droga”, dice Marilyn, una joven de 30 años que vive en Barrancas.

Los rumores en Barrancas son varios. Que cuando ven entrar un auto sin patente ya saben que viene de Rosario a traer o llevar droga. Que tal vecino tiene conexiones con Los Monos, la famosa banda criminal que opera desde Rosario. Que una vez la comuna fue a fumigar por dengue una casa y no encontraron ni un mosquito. En cambio, el lugar estaba repleto de plantas de marihuana. Pero son eso, rumores, verdades asumidas en voz baja que en el pueblo nadie se anima a confirmar.

Pamela y Marilyn -cuyos apellidos prefirieron resguardar- tienen 29 y 30 años. Son amigas desde hace muchos años y ambas nacieron y vivieron toda su vida en Barrancas.

Pamela también es docente. Por su edad, los alumnos del último año la toman como una amiga y le suelen contar cómo consumen. “Empiezan por el porro y ya cuando el porro no les hace nada van a la cocaína. Me dicen que la pasan bien y que por un rato se olvidan de sus problemas. Además, lo publican en redes y los estados de Whatsapp como si nada”, agrega.

En otra época los chicos se iban al fondo a fumar un cigarrillo, ahora es lo mismo pero con la droga. Yo creo que hasta en la escuela se deben pasar. Lo que pasa es que los que manejan el pueblo hacen la vista gorda porque no saben cómo controlarlo. Acá en el barrio te puedo hasta señalar quién vende y quién no vende”, adhiere Marilyn, quien estudió para ser auxiliar de farmacia, pero nunca logró encontrar trabajo en ese rubro.

Las chicas calculan que el precio de la bolsita de cocaína debe rondar los 3000 pesos, lo mismo que estimó Aldana, y cuentan que hasta hace poco hubo un lugar del pueblo al que llamaban “la casita del terror”.

“Eran dos chicos que venían de Buenos Aires, o de Rosario, no me acuerdo, y la madre, como ya estaba metida en la droga, les alquiló esa casa para que ellos no estuvieran en la droga. Y ahí se había formado la casita del terror, los pibes invitaban a otros pibes, eran como 20 y ahí preparaban y vendían porro. Así me enteré que compañeros de la escuela que eran re inteligentes y estudiosos estaban metidos en eso”, cuenta Pamela.

Según las chicas, hoy la movida del puente ya pasó. Lo usaron durante la pandemia porque estaba aislado, pero después de la muerte de Erika se cortó y hoy el punto de encuentro es en las vías, en medio del pueblo y a la vista de todos. “Ahora no existe más eso de que los chicos se cuiden de que los vean”, dicen.

El estudio más reciente de la Secretaría de Políticas Integrales sobre Drogas de la Nación Argentina (Sedronar) muestra que la marihuana es la primera sustancia ilícita más consumida en Santa Fe y que el uso de cocaína -segunda en consumo- en la provincia es especialmente alto comparado con los datos a nivel nacional. En ambos casos, los mayores consumidores son los varones de 18 a 34 años.

La gente más grande del pueblo se siente identificada con el campo, pero los jóvenes ya no
Marcelo Manera


La gente más grande del pueblo se siente identificada con el campo, pero los jóvenes ya no (Marcelo Manera/)

Matías -no es su verdadero nombre- tiene 23 años. A los 17 se fue a la ciudad de Santa Fe para estudiar una tecnicatura. Tras recibirse, y justo cuando comenzaba la pandemia, volvió a Barrancas sin muchas ganas.

“Yo no quería volver. Me quería quedar allá. Con la pandemia me quedé porque enganché un trabajo relacionado a lo mío, pero la idea es volver a Santa Fe. Acá es siempre lo mismo. Está como trabado el pueblo, no avanza. Quedarse es estancarse”, dice.

“De mi camada muy pocos tuvieron la posibilidad de irse a estudiar a otro lugar. E incluso quienes se fueron, muchos dejaron por la mitad. De los que se quedan, si la familia tiene una empresa o un negocio, trabajan ahí y si no por ahí hacen profesorados como para decir que estudian algo, aunque no sea lo que les gusta. Igual, después encontrar trabajo es cuestión de suerte y tener contactos”, cuenta.

El campo acá es solo para los que son hijos de gente que ya tiene, pero ¿chicos que quieran hacerlo así solos? No, nadie. Te hacen trabajar muchas horas por dos pesos”, sostiene.

Dice que la droga -“lo habitual, marihuana, cocaína”- se mueve bastante.

Dice que lo del puente es verdad. “Los sábados nos juntábamos ahí en el puente. Venían chicos de Barrancas y de todos los pueblos de los alrededores. Era como un boliche. Se ponían todos los autos con música y cada grupo llevaba su bebida y su grupo de amigos. Pero pasó lo de la chica aquella -la muerte de Erika- y no se hizo nunca más. Pero antes de eso, al no haber boliche íbamos ahí y estábamos hasta las 5 o 6 de la mañana”.

Y dice que la mayoría de sus amigos consume. “Marihuana. Pero no a un extremo de ser adicto. El fin de semana nomás. Cada uno tiene su propia planta en su casa, no es que salen a comprar o están locos si no tienen y tratan de buscar en todos lados”.

El puente donde murió Erika Mimbrero el 10 de enero de 2021 durante una fiesta
Marcelo Manera


El puente donde murió Erika Mimbrero el 10 de enero de 2021 durante una fiesta (Marcelo Manera/)

Andrea Sarnani es productora agropecuaria y síndica de la Federación Agraria Argentina. “La estructura agraria se ha ido modificando de diferentes formas, fundamentalmente por el modelo productivo sojero que trajo cambios importantes como el desmonte, o en el esquema de trabajo familiar. La tenencia de tierras y medios de producción se ha concentrado y son sobre todo los pequeños productores los que se van cayendo. El último censo muestra casi 80.000 unidades productivas menos. Los productores pequeños son cada vez más pequeños.”

Según la experta, esta situación afecta socialmente a los pueblos porque, como los capitales no son locales, la plata no se queda allí, y eso impacta en la economía diaria de los pueblos.

Decadencia

Sarnani describe el panorama como decadente. “Desde los años 90 que la productividad está por sobre las políticas agrarias. La infraestructura es cada vez peor. No se invierte en caminos, escuelas rurales, conexión a internet ni señal de teléfono”, dice.

Bisang coincide: “Hay que considerar la falta de conectividad del interior. Los menores de 30 años viven hiperconectados y solo el 35% de las explotaciones agropecuarias acceden a wifi. Entonces, no nos preguntemos por qué los pibes no se quieren quedar. Tienen buenos ingresos, porque el campo derrama buena plata, pero quieren mejores estándares de vida que imiten el consumo urbano”.

La tecnología es otro de los puntos importantes en el nuevo modelo productivo del campo. “El problema con la tecnología es el acceso. Un productor que no puede acceder a tecnología de punta sale a contratar a alguien que sí la tenga, un contratista o un pool de siembra. Entonces, ese productor en algún momento desaparece porque no le dan los números. Eso impacta de lleno en los pueblos. Los jóvenes ven eso y se van corriendo. Y quienes no pueden irse a estudiar terminan convirtiéndose en mano de obra precaria, por decirlo de algún modo, gente que se termina rebuscando la vida como puede”, sostiene Sarnani.

La transformación que vivió el campo durante las últimas décadas ha impactado en la juventud de Barrancas
Marcelo Manera


La transformación que vivió el campo durante las últimas décadas ha impactado en la juventud de Barrancas (Marcelo Manera/)

En el campo atardece, y Franco acomoda con un fierro oxidado las brasas del asado que todavía arden sobre la tierra amarilla. Dice que a él lo que le gusta del campo es la tranquilidad, la mañana, poder andar horas tranquilo, mirando.

“En mi casa éramos una familia numerosa, doce hermanos, éramos tantos que si queríamos algo teníamos que ayudar a mi papá, ganárnoslo. Hoy se lo agradezco porque cuando me pongo un objetivo en la cabeza no paro hasta conseguirlo. Uno puede progresar haciendo cualquier cosa si trabaja”, dice.

Cerca de las 18, Felipe, Franco y Eduardo empiezan a sentir el peso del día, pero seguirán trabajando varias horas más tras la caída del sol.

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