Sin perder el estilo, Milán se recupera del trauma del Covid

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Si bien en la ciudad italiana se relajaron las restricciones, todavía son muchos los que continúan usando tapaboca al aire libre
Edward Berthelot

MILÁN.- De eso no se habla porque duele. En Milán, epicentro del primer brote europeo en marzo de 2020, nadie se atreve a dar un paso atrás. Un paso adelante sí, otro al costado también. Pero para atrás nunca más. Cautela, cuidado y previsión dominan las calles. Pasó el verano más extraño de todos los tiempos y el otoño llegó con requisitos severos. Sin perder el glamour la ciudad que reporta más de 877 mil casos desde el inicio de la pandemia todavía no se permite recuperar algunos hábitos sociales que la identifican. Se acabaron los besos doble cachete, casi no corre el saludo puñito y, en muchos bares, el clásico aperitivo aún se bebe de a sorbos cortos. Barbijo, trago, barbijo es el ritmo que se impone en Navigli, la zona de la movida joven a la vera de los canales que a principios de mayo de 2020 desató la ira del intendente Beppe Sala. En plena etapa de desconfinamiento tras lo peor de aquella primera ola, cientos de milaneses se habían lanzado a los bares, muchísimos sin barbijo.

A un año y medio del episodio, los millennials que vuelven a copar bares y restaurantes aprovechando que se levantó el uso del tapabocas en espacios abiertos, también suscitan algún reproche. “Las noches de Il Mercato Centrale (un flamante polo gastronómico en la Estación Central) son un festival para el Covid, muchísima gente, poca distancia social”, comenta Patrizia Colombo, empleada administrativa.

De los más de 130 mil muertos que llora Italia, la región de Lombardía perdió a 33.950 víctimas. Milán fue el primer núcleo urbano aislado. El origen del brote se desató el 8 de marzo de 2020 y congeló a la capital del diseño. El vacío se apoderó de la imponente Piazza del Duomo, que quedó sin un alma. Las persianas bajas oscurecieron la elegante galería Vittorio Emanuele y el emblemático circuito de diseño del barrio de Brera. Es lógico que nadie quiera volver a esa desolación. Y que reine la prudencia junto a los controles que no aflojan. Milán navega entre la euforia por las reaperturas y los requisitos que las autoridades exigen a trabajadores y estudiantes para contener la temida variante Delta. El pasaporte sanitario, el polémico Green Pass que certifica el esquema de vacunación completa, es condición en escuelas, empresas, estadios, teatros y museos. También en estaciones de trenes y colectivos de larga distancia, foco de protestas en contra de la “dictadura de la salud” por parte de manifestantes antivacunas. Además de la libreta también se exigen PCR negativos, a renovar cada 48 horas. El escáner de códigos QR es la llave para ingresar a cualquier sitio, menos a restaurantes o shoppings cuyos locales son más flexibles con el aforo. “El uso del barbijo es obligatorio, aún cuando hable por teléfono”. La grabación que suena cada dos minutos en el metro se cumple a rajatabla.

 Balsa con figuras de diseño en el Patio de Honor de la Universidad de Milán
Balsa con figuras de diseño en el Patio de Honor de la Universidad de Milán


Balsa con figuras de diseño en el Patio de Honor de la Universidad de Milán

El evento multitudinario que cruzó la barrera del miedo y se anticipó a la normalidad plena fue el Salón Internacional del Mueble. Reconocido como una plataforma de tendencias que marca el ritmo comercial de la industria, el Salón asumió el gran desafío de la convocatoria presencial. Entre el 5 y el 10 de septiembre más de 60 mil visitantes de 113 países recorrieron el predio de Rho donde se montó la expo más importante del planeta, con un formato expositivo austero.

Entre el 5 y el 10 de septiembre más de 60 mil visitantes de 113 países recorrieron el predio de Rho donde se realizó el Salón Internacional del Mueble
Entre el 5 y el 10 de septiembre más de 60 mil visitantes de 113 países recorrieron el predio de Rho donde se realizó el Salón Internacional del Mueble


Entre el 5 y el 10 de septiembre más de 60 mil visitantes de 113 países recorrieron el predio de Rho donde se realizó el Salón Internacional del Mueble

El Supersalone, así llamaron a esta edición especial, ratificó el podio de Milán como capital del diseño. Y funcionó como termómetro, como un test rápido que midió la temperatura social. “Fue un trabajo inmenso. Tuvimos solo tres meses para ajustar detalles y dar el primer paso concreto y seguro para pisar el acelerador. Reiniciamos la maquinaria, estamos felices”, le dijo exultante a LA NACION Maria Porro, la nueva presidenta del Salón del Mueble. Stands abiertos sin oficinas privadas, circulaciones fluidas, baños públicos impecables, visitantes que hicieron colas sin chistar. La maquinaria funcionó a fuerza de protocolos inflexibles y laboratorios montados en carpas frente a los accesos (a 25 euros el test rápido, 90 euros el PCR) para quienes tuvieran vencido el Green Pass. “Después de suspender dos veces la feria estar acá es una fiesta. Costó la decisión y la logística fue complicada. Pero estamos vivos y eso es lo que cuenta”, confió entusiasmada Marva Griffin, la curadora y fundadora de una de las secciones de la expo que impulsa el desarrollo de diseñadores sub35. A las tareas habituales de curaduría y selección de prototipos, Marva sumó esta vez otros asuntos: emitir una y mil veces los pasajes para la prensa acreditada, chequear instructivos, visas y declaraciones juradas de acuerdo al país de origen de los visitantes, insistir con los protocolos y coordinar la participación de los oradores internacionales.

Superpratone en la Galleria Orizzontali, de Milán
Alberto Peroli


Superpratone en la Galleria Orizzontali, de Milán (Alberto Peroli/)

“Recordar la parálisis que atravesó el país nos da la pauta de cuán meritorio es el Supersalone. Fue organizado con gran discreción, en línea con el momento que estamos atravesando aún, de reanimación y replanteo estructural. Hay una energía que impresiona y emociona al mismo tiempo”, señaló la arquitecta Inés Abramian durante una de las recorridas por los pabellones.

Agustina Bottoni, diseñadora argentina radicada en Milán, renovó la energía que se vibra en cada edición de la Semana de Diseño. “Aunque en dosis reducidas superó mis expectativas. Me esperaba algo más light y me encontré con propuestas espectaculares. El reencuentro con colegas fue lo mejor, una alegría que se vive con optimismo”; dice durante la inauguración de la muestra en la Galería Philia, donde presentó sus esculturas. A 10 cuadras del espacio que reúne a diseñadores emergentes se alza la Fundación Prada, un polo cultural y artístico de 20 mil m2 con un guion curatorial disruptivo. En el ingreso los voluntarios que solían guiar a los visitantes por el exquisito edificio (una destilería de 1910 refuncionalizada por el arquitecto Rem Koolhas) ahora chequean termómetros digitales y escanean rigurosamente las libretas sanitarias.

 Instalación 3D en el Jardín Botánico de Brera
Instalación 3D en el Jardín Botánico de Brera


Instalación 3D en el Jardín Botánico de Brera

La misma situación se da en el museo Triennale, donde la fila se prolonga, a pleno sol, por las callecitas frescas del parque Sempione. “Es muy estresante y agotador, pero es la única forma de trabajar en este contexto. Por suerte la gente es comprensiva y acepta las condiciones”. Las ojeras y la palidez de Caterina Antonicu son elocuentes. Con 27 años, una licenciatura en Historia del Arte y un máster en curso sobre Story Telling, Caterina no da más. “No nos podemos permitir cerrar el museo por un caso que se nos escape, sería una tragedia. Nos costó mucho tiempo y esfuerzo abrir las puertas”, dispara.

El verano se despidió de Milán más verde que nunca. Cuidadosos de los espacios públicos, los milaneses no dudan en apropiárselos. Desde el Botánico al parque que rodea el Castillo Sforzesco o las barrancas de City Life, el nuevo barrio que incluye una huerta colectiva, los dispensers de alcohol en gel se transformaron en los nuevos artefactos urbanos. Siempre llenos y en perfecto estado.

“Del descontrol del verano pasado a éste hay un abismo. El otoño llega con esperanza pero a la vez muchísimo temor. Es un temor secreto, sottovoce. Nadie se atreve ni a nombrar a la variante Delta”, dice Fernando Pibernat, cantante lírico argentino y empleado en el Consulado. “Para ensayar tengo que hisoparme cada 72 horas. Lo mismo para trabajar y llevar a mi hijo a la escuela. La vacuna es obligatoria para los trabajadores”, aclara sobre la medida que impuso Italia, el primer país europeo que sancionó la obligatoriedad de la vacuna a nivel laboral y que ya superó el 73% de población vacunada mayor de 12 años.

El otoño llega con una certeza: la inmunización contra la gripe y la posibilidad de combinar vacunas bivalentes, que funcionen como terceras dosis. “Necesitamos retomar el pulso de la ciudad, el ritmo del trabajo y la vida social. Milán no es lo que era, pero va en camino. Aprendimos la lección, no somos más una bomba de tiempo”, confía Sofía Rossi, encargada de Gino12, un bar que bordea el Naviglio Grande. Milán, capital del diseño y a la cabeza de las ciudades resilientes, apuesta a su recuperación.

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