'Perdí mi corazón': la lucha de una madre haitiana por su hija

Una escena callejera en Puerto Príncipe, la capital de Haití, el 7 de noviembre de 2022. El gobierno ha conferido a los grupos armados más poder que nunca. (Adriana Zehbrauskas/The New York Times).
Una escena callejera en Puerto Príncipe, la capital de Haití, el 7 de noviembre de 2022. El gobierno ha conferido a los grupos armados más poder que nunca. (Adriana Zehbrauskas/The New York Times).

PUERTO PRÍNCIPE, Haití — Se trataba de la peor guerra de pandillas que se había visto en Haití en muchos años.

Los delincuentes que peleaban por el territorio habían obstruido casi todas las rutas de escape del barrio marginal más grande del país, una extensión de chozas y edificios en ruinas en la capital. Había hombres armados que iban de puerta en puerta incendiando las casas y matando a los residentes que consideraban que eran leales a sus enemigos.

Pero bajo el techo de metal de una de las casas, una mujer llamada Mamaille tenía una esperanza.

Esta mujer estaba criando sola a sus cuatro hijos después de que el padre había desaparecido unos meses antes. Mamaille, de 39 años, nunca supo si lo mataron o solo huyó de la eterna violencia. Ahora había encontrado una manera de alejar al menos a una de sus hijas de ese barrio infernal.

Claro que sería peligroso, pero no hacer nada implicaba vivir con el temor de saber que en cualquier momento podría suscitarse un horror indescriptible. Implicaba caminar kilómetros para pedir limosna frente a las iglesias con el fin de alimentar a su familia, cuando podían matarla por el simple hecho de salir de su casa.

Para Mamaille, la pobreza hacía que escapar fuera casi imposible. Durante semanas de tiroteos casi constantes, lo más lejos que llegó fue a la casa de una amiga a menos de un kilómetro y medio de distancia, donde ocultó temporalmente a sus hijos.

Luego escuchó acerca de un plan en el que participaba una valiente monja que según ella podría salvar a su hija.

Mamaille, una mujer con cuatro hijos, creía haber encontrado la manera de alejar al menos a una de sus hijas de la violencia del vecindario Cité Soleil, en Puerto Príncipe, Haití. (Adriana Zehbrauskas/The New York Times).
Mamaille, una mujer con cuatro hijos, creía haber encontrado la manera de alejar al menos a una de sus hijas de la violencia del vecindario Cité Soleil, en Puerto Príncipe, Haití. (Adriana Zehbrauskas/The New York Times).

El vecindario de Mamaille, Cité Soleil, está regido por dos pandillas rivales con sectores de control tan bien definidos, que los residentes pueden dibujar un mapa preciso de las calles que dividen sus territorios.

Durante décadas ha habido grupos armados en Haití, los cuales se mantienen gracias a los vínculos establecidos con intermediarios políticos y económicos que supuestamente les pagan a estos delincuentes para que, por ejemplo, mantengan sus bienes en movimiento por todo el país o impidan las votaciones.

Los especialistas afirman que antes las pandillas se esforzaban más por ganarse la confianza de la gente que controlaban y se presentaban como los defensores del pueblo.

Pero al parecer eso cambió en los últimos años a medida que el gobierno confirió más poder que nunca a los grupos armados, los cuales comenzaron a apropiarse de amplios territorios nuevos… y a secuestrar y extorsionar a gran escala.

Sus lazos con las élites políticas y económicas siguen arraigados y casi siempre la violencia es motivada por la política. En ocasiones, el objetivo es desestabilizar al gobierno; otras veces, es mantener las cosas tranquilas al evitar que el pueblo salga a las calles a manifestarse.

Pero en toda la capital, las pandillas pelean cada vez más por el territorio y castigan a los civiles que estos ven como partidarios de sus enemigos. Para hacer valer su superioridad y someter a la población, los grupos armados se han convertido en los autores de un terror desenfrenado.

Una de sus armas favoritas es la violación.

Las pandillas usan la violencia sexual para “humillar, infundir temor y ocasionar traumas a nivel individual y colectivo con el fin último de ampliar y consolidar su control”, señaló Naciones Unidas en un informe publicado en octubre.

“Es otra manera de aterrorizar a la población”, comentó la hermana Paesie, una monja que ha abierto varias escuelas y refugios en algunas de las zonas más pobres de la capital.

En uno de sus centros, esta monja ha proporcionado albergue a docenas de mujeres y niñas que han sido violadas o amenazadas por los miembros de las pandillas. Son tantas las mujeres que han huido de Cité Soleil, que Paesie ya no cuenta con espacio para albergarlas, así que comenzó a rentar casas en vecindarios más seguros para darles refugio a las víctimas de violación.

“Cuando los chicos de la pandilla les dicen que las aman, tienen que huir para salvar sus vidas”, explicó Paesie.

Un sábado de julio, Paesie, cuyo nombre de pila es Claire Philippe, recibió una llamada del director de una de las escuelas que ella gestiona en Cité Soleil.

Se había corrido la voz de que esta monja iba a sacar del barrio a los alumnos para llevarlos a una zona más segura, por lo que cientos de estudiantes se habían reunido a esperarla en la capilla de la localidad. Entre ellos estaba la hija de 17 años de Mamaille, vestida con su uniforme escolar.

Pero Paesie nunca apareció —ni siquiera pudo llegar a esa zona debido a la violencia que imperaba ese día— así que Mamaille y su hija se dirigieron a casa.

Justo antes de llegar a su casa, se desataron los disparos y Mamaille vio que su hija se desplomó en la suciedad.

“Vi que le habían disparado a mi hija”, explicó Mamaille. “Sentí el mismo dolor que se siente cuando das a luz a un bebé”.

Cuando llegó con su hija a la clínica, esta ya había fallecido; tenía la falda azul y la blusa amarilla empapadas de sangre.

“Perdí a mi hija y perdí mi corazón”, señaló Mamaille. “Perdí la vida entera”.

Al día siguiente, Paesie llegó a la orilla del vecindario de Mamaille y finalmente pudo ayudar a sacar a cientos de niños, a quienes llevó a los refugios ubicados en toda la ciudad.

Paesie ha presenciado mucho dolor y muerte en Haití, pero según ella, lo que le ocurrió a Mamaille y su hija la ha hecho sentirse más impotente que casi todo lo demás.

Mamaille nos contó su historia en una habitación privada de uno de los refugios de Paesie. Hemos omitido su apellido y el de su hija con el fin de protegerla, ya que Mamaille teme que los miembros de la pandilla la asesinen si saben que estuvo hablando acerca de sus fechorías.

“Si hablas de ciertas cosas, ya no puedes regresar a Cité Soleil”, aseveró Mamaille.

Después de dejar el cuerpo sin vida de su hija en la clínica, Mamaille estuvo deambulando por las calles gritando de dolor.

Sus lamentos deben de haber llamado la atención de los pandilleros que acechaban en las cercanías, ya que, relató Mamaille, de pronto salió un grupo de hombres con pistolas, la llevaron a rastras detrás de una casa y la violaron uno por uno. Eran ocho en total y la golpearon antes de irse, detalló.

“Habría preferido morir… porque cuando mueres, todo se termina, ya todo se acaba”, señaló Mamaille llorando calladamente. “Ya nunca vuelves a pensar en lo que te sucedió”.

Después de que los hombres se fueron, Mamaille no tuvo más remedio que levantarse, caminar a su casa y, de alguna manera, seguir sobreviviendo en Cité Soleil.

Cuando Mamaille puede salir de su barrio con seguridad, va a una de las escuelas cercanas de Paesie a recoger un poco de arroz y aceite para cocinar o va a las iglesias a pedir limosna. Recoge agua de lluvia y le pone una pastilla de cloro para que quede lo suficientemente potable como para beberla.

“A veces pasan tres días sin que pueda alimentar a mis hijos ni comer yo”, afirmó.

Su hija era la que le levantaba el ánimo en épocas así, la que traía baldes de agua para que pudiera bañarse después de una larga jornada. Ella quería trabajar algún día en las casas de los ricos haciendo la limpieza y lavando ropa para mantener a su familia.

“‘No te desgastes demasiado por nosotros, mami’”, Mamaille recuerda que decía su hija. “’Algún día, yo te ayudaré a salir de esta desgracia. Te sacaré a flote’”.

En la noche, cuando Mamaille se queda mirando el techo de su choza, puede ver el cielo a través de una serie de agujeros de bala que se quedaron en el techo de metal después de un periodo de enfrentamientos entre pandillas el verano pasado.

Se imagina que ahí está su hija.

“Pienso que su alma está en el cielo y empiezo a llorar. A veces me quedo dormida llorando sin saberlo”, comentó Mamaille.

© 2023 The New York Times Company