En un pequeño pueblo de Kentucky, la fábrica de velas era el sustento de sus trabajadores

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Julio Tzarax, que trabajaba en la fábrica de velas Mayfield Consumer Products cuando un enjambre de tornados que surcó caminos de destrucción a través de seis estados norteamericanos redujo la fábrica a escombros que sepultaron a decenas de trabajadores, en su casa de Mayfield, Kentucky, el 15 de diciembre de 2021. (Johnny Milano/The New York Times)
Julio Tzarax, que trabajaba en la fábrica de velas Mayfield Consumer Products cuando un enjambre de tornados que surcó caminos de destrucción a través de seis estados norteamericanos redujo la fábrica a escombros que sepultaron a decenas de trabajadores, en su casa de Mayfield, Kentucky, el 15 de diciembre de 2021. (Johnny Milano/The New York Times)

MAYFIELD, Kentucky - Los trabajadores hispanos se referían a la gran fábrica de cajas situada en el lado oeste de la ciudad como Las Velas, por el producto que producía: velas. Los empleados se llevaban a casa las fragancias calmantes —lavanda, vainilla— impregnadas en su ropa. Algunos lo preferían a la fábrica de pollos cercana o a las granjas locales, donde el trabajo era agotador.

Di gracias a Dios por la oportunidad”, comentó Flor Almazán, una inmigrante guatemalteca que fue contratada por 7,50 dólares la hora hace tres años para colocar mechas en pequeños frascos de cera.

Sin embargo, el viernes pasado, un enjambre de tornados que atravesó seis estados redujo la fábrica a escombros, atrapando a decenas de trabajadores, incluida Almazán, que quedó enterrada viva durante horas, y sus gritos de auxilio se unieron a un coro de desesperación. Ocho personas murieron, y Mayfield Consumer Products, la empresa que opera la planta, se enfrenta a un intenso escrutinio tras la tormenta.

Los supervivientes, enfadados, han preguntado por qué los supervisores no cancelaron el turno del viernes por la noche, teniendo en cuenta las amplias advertencias de que era probable que se formaran tornados en la zona. Algunos empleados han afirmado que, mientras los tornados se acercaban, los supervisores amenazaron con despedir a los trabajadores si abandonaban sus turnos antes de tiempo, una acusación que la empresa niega. El jueves, algunos de esos trabajadores presentaron una demanda en la que acusan a la empresa de “indiferencia flagrante” por negarse a dejarlos irse a casa antes de tiempo.

En medio de la polémica está la preocupación. La destrucción no solo costó vidas. También acabó con un lugar de trabajo seguro.

“Mucha gente dependía de la fábrica para ganarse la vida”, afirmó Jaime Massó, un pastor cuya pequeña iglesia, la Primera Iglesia Bautista Hispana, sirve a una floreciente comunidad hispana, incluso a un creciente número de inmigrantes que viven aquí de manera ilegal, provenientes de México y Guatemala, y que han venido a hacer el modesto trabajo de Mayfield. “Está dejando un gran vacío en la comunidad. Muchos de ellos están preocupados por cómo van a ganarse la vida sin Las Velas. Están asustados”.

La fábrica estaba en las afueras del centro de Mayfield, una ciudad obrera de 10.000 habitantes en la zona rural del oeste de Kentucky. La comunidad estuvo en su día adornada con viejos escaparates victorianos, pero la tormenta la transformó en algo parecido a una postal de posguerra. La torre octogonal del reloj fue arrancada del imponente edificio del juzgado del condado. El ordenado entramado de calles que lo rodea, trazado en la década de 1820, atraviesa ahora montones de desorden.

Flor Almanzan, que trabajaba en la fábrica de velas Mayfield Consumer Products cuando un enjambre de tornados que surcaron caminos de destrucción en seis estados norteamericanos redujo a escombros la fábrica y la llevó a ella al hospital, en su domicilio de Mayfield, Kentucky, el 14 de diciembre de 2021. (Johnny Milano/The New York Times)
Flor Almanzan, que trabajaba en la fábrica de velas Mayfield Consumer Products cuando un enjambre de tornados que surcaron caminos de destrucción en seis estados norteamericanos redujo a escombros la fábrica y la llevó a ella al hospital, en su domicilio de Mayfield, Kentucky, el 14 de diciembre de 2021. (Johnny Milano/The New York Times)

Por casi dos décadas, la fábrica de velas de Mayfield fue una vitrina del espíritu empresarial casero. Una empresaria local llamada Mary Propes fundó la empresa en 1998 en el garaje de su casa, años después de que el producto emblemático de Mayfield en el siglo XX, la ropa de hombre, hubiera desaparecido o se hubiera trasladado al extranjero. Ayudada por los aranceles a las importaciones baratas procedentes de China, la fábrica creció hasta vender velas a la importante cadena minorista estadounidense Bath & Body Works. En el momento de la tormenta tenía 550 trabajadores, lo que la convertía en uno de los más grandes empleadores del condado.

Sin embargo, en lo últimos tiempos ha tenido problemas para encontrar suficientes empleados. Poco antes de que se produjera el tornado, la empresa estaba buscando trabajadores para turnos de diez a doce horas con horas extras obligatorias. La noche del tornado, siete presos de la cárcel del condado de Graves estaban trabajando en la fábrica como parte de un acuerdo laboral con el gobierno local. (Los reclusos sobrevivieron, pero el carcelero que los vigilaba murió).

Hace poco que Almazán había comenzado trabajar en el turno de noche, lo que le permitía ganar 12,50 dólares por hora, suficiente para mantener a sus dos hijos. El viernes por la noche se despidió de ellos mientras se preparaba para ir a trabajar. El cielo se oscurecía sobre ella y la lluvia caía con fuerza. No estaba preocupada. “Solo es lluvia”, pensó.

A eso de las 5:30, a la media hora de haber comenzado su turno, las sirenas sonaron en la línea de producción. Se apresuró a ir a una zona segura, apiñada codo con codo con casi cien compañeros de trabajo, relató en español. Se apiñaron allí, nerviosos, durante unos minutos, hasta que los supervisores les dijeron que volvieran a sus puestos. Se acercaba la Navidad. Había grandes pedidos que cumplir. Pero también se avecinaban más tormentas.

Elijah Johnson, de 20 años, se presentó a trabajar a las 6 de la tarde. No entendía por qué los supervisores no habían cancelado el turno de noche.

Mientras sonaban los avisos en los celulares, él y otros pidieron salir del trabajo. Dijo que su supervisor le dijo que ya había faltado demasiado al trabajo y que perdería su empleo si se iba esa noche.

Bob Ferguson, portavoz de Mayfield Consumer Products, calificó de “totalmente falsa” y “ridícula” la acusación de que los trabajadores serían despedidos si se marchaban.

Dijo que, hasta hace un año, los empleados que abandonaban su turno antes de tiempo acumulaban puntos y podían ser despedidos si acumulaban los suficientes. No obstante, con el auge de la COVID-19, señaló, la empresa eliminó el sistema de puntos y permitió a los trabajadores empezar y terminar sus turnos a voluntad sin penalización, algo que, según dijo, los empleados hacían con regularidad.

Poco después de las 9 de la noche, las sirenas volvieron a sonar. Almazán se dirigió a una trabajadora que estaba a su lado y le preguntó si eso podía significar que saldrían antes del trabajo. La mujer asintió con la cabeza.

Entonces se produjo un estruendo. El techo de la fábrica se desprendió como un trozo de papel. Las paredes se derrumbaron, atrapando a los trabajadores. Almazán giró la cara hacia un hueco entre los ladrillos, tratando de respirar. Una mujer cerca de ella, que había estado llorando, se calló y luego se puso rígida.

“Pensé que yo también iba a morir pronto”, narró. Su marido y su hijo habían intentado llamarla. Ella oía sonar el teléfono, pero no podía alcanzarlo a través de los escombros. Su familia se apresuró a acudir al lugar, uniéndose a otras personas que habían acudido a buscar a sus seres queridos.

Seis horas más tarde, alguien movió la pila sobre ella y un bombero la tomó de la mano. A la mañana siguiente se despertó en un hospital de Paducah. Sentía la cabeza como si la hubieran golpeado con un saco de martillos.

Días después de su terrible experiencia, Almazán dijo que todavía le dolía mover sus extremidades. Era difícil conciliar el sueño. Cada vez que cerraba los ojos, decía, volvía a estar bajo los escombros, oyendo a los que la rodeaban gritar pidiendo ayuda.

“Lo que pasó fue muy difícil de olvidar”, aseguró.

Aun así, Almazán dijo que lo único que deseaba era que Las Velas volviera a Mayfield y empleara de nuevo a personas como ella. Si la fábrica volviera a abrir, dijo que volvería con mucho gusto.

“Yo dependía de ese trabajo, y no tenerlo da miedo”, añadió.

© 2021 The New York Times Company

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