Pensar España en francés, la aventura literaria de Kiko Herrero

Agencia EFE
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París, 28 oct (EFE).- En su Madrid natal es "el parisino", en Francia, donde vive desde 1985, "el español". La historia de Kiko Herrero no dista mucho de la de otros inmigrantes que han hecho su vida en el extranjero, pero con sus libros ha construido un puente que encuentra público a ambos lados de los Pirineos.

Herrero (Madrid, 1962) insiste en que él no es escritor. Si ha acabado publicando libros ha sido por casualidad, pero una que muchos calificarían de auténtica lotería.

En 2014, el editor de Emmanuel Carrère, Paul Otchakovsky-Laurens, fallecido en un accidente en 2018, le propuso un contrato editorial después de leer algunas historietas sobre su infancia en el Madrid posfranquista. Se convirtieron en "Sauve qui peut Madrid!", traducido al español algunos meses después como "Arde Madrid".

Ahora la editorial Dosmanos publica en español su segunda novela "El Clínico", que él mismo ha traducido desde el francés, un viaje por los recuerdos de un hombre al que le anuncian que le quedan tres meses de vida.

Es lo más inusitado de este relato y, sin embargo, lo más real pues el libro se basa en una increíble experiencia que le sucedió hace unos años: un error de diagnóstico lo puso a las puertas de la muerte y abrió la caja de una serie de recuerdos delirantes.

"La nostalgia no es un sentimiento que tengo en particular, lo que tengo es que ya no sé quién soy. Ya no sé si soy de aquí o de allá, como decía Julio Iglesias, gran filósofo pese a las apariencias", bromea el escritor en una entrevista a Efe.

Herrero tiene un humor particular, con un punto malicioso, y un don para retratar a personajes a menudo marginales o esperpénticos que ha ayudado a que sus lectores franceses se rían con ese estereotipo folclórico que muchos tienen de España.

"Me doy cuenta de que tengo una imagen de una España perdida, que me equivoco, no es la España que fue. Al escribir en francés lo hago con una mentalidad de extranjero. Lo extraño es que los libros se traducen al español y las respuestas que tengo son buenas. No me ven como un creador de arquetipos, que es lo que temía", dice.

EXPERIENCIAS SINGULARES

Herrero parece tener un imán para las experiencias "singulares" o al menos una forma de contarlo que lo acerca más al surrealismo de Luis Buñuel y al humor de Berlanga que a los narradores costumbristas.

Pese a no pisar muy a menudo Madrid, su falso diagnóstico se lo dieron en el Clínico San Carlos, el mismo hospital donde nació él, donde murieron su padre y su hermana. Su segunda casa, dice.

El médico, repeinado y engominado, parecía un misterioso actor de telenovela más que un doctor y, después de detectarle un falso tumor, nunca volvió a verlo, al igual que al cura ruandés que llegó a las pocas horas para darle la extrema unción.

"Ahí sí empecé a creerme que me iba a morir. No tuve tiempo de reaccionar, tenía cuarenta de fiebre, no sé qué medicamentos me habían metido pero mi lógica estaba un poco tocada. Durante tres días me puse a recordar muchas cosas, a hacer un recuento, no sé si me vino la culpa pero al menos los arrepentimientos. Fue como un chiste del destino que me tocara vivir eso en España", comenta.

El cura con el que entabla amistad sirve de contrapunto a un protagonista delirante, ateo, con un punto anarquista y sin pelos en la lengua, que pese a los parecidos insiste en que no es él.

Y más le vale, porque en el pasado de su protagonista hay hasta un crimen sin resolver, siempre con Madrid y París como escenarios principales.

Otra paradoja en la chispeante vida de Herrero es que ha pasado de mirar con extrañeza a los compatriotas que se reunían entre ellos en París para "comer tortilla de patatas y chorizo" a hacer una banda de amigos españoles gracias a la publicación de su primera novela.

Desde "Arde Madrid" también queda para beber Rioja y comer chorizo con otros españoles y, en sus ratos libres, escribe una nueva obra con Juana la Loca como protagonista y heroína.

Treinta y cinco años en París para descubrir que todavía lo habitaba la nostalgia.

María D. Valderrama

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