Peligros y consecuencias del ataque racista de Trump contra legisladoras demócratas

Los ataques racistas y falaces que Donald Trump ha lanzado contra cuatro legisladoras demócratas progresistas –Alexandria Ocasio-Cortez (Nueva York), Rashida Tlaib (Michigan), Ayanna Pressley (Massachusetts) e Ilhan Omar (Minnesota) – resultan no solo ofensivos por su tono despectivo e intolerante sino que tienen filos autoritarios, antidemocráticos y promotores de la confrontación.

Trump ha clamado que esas legisladoras, que han sido muy críticas de sus políticas y actitudes, deberían “regresar a sus países” y ha insistentemente afirmado que ellas “odian a Estados Unidos”. Tales dichos son errados, pues las cuatro son ciudadanas estadounidenses cuyo país es Estados Unidos, y peligrosos, pues catalizan la noción de que las personas de color o que tienen orígenes o ascendientes en otros países y que expresan su legítima crítica son extranjeras a las que se puede “invitar” a dejar el país. Una noción dolosa que evoca los peores argumentos del racismo y el nativismo que han sido históricamente aplicados con odio a las minorías étnicas, raciales y nacionales y que remonta a la nación a épocas oscuras de intolerancia y discriminación.

El presidente Donald Trump ha reiterado sus ataques contra cuatro legisladoras demócratas, con afirmaciones consideradas racistas, y planteado que ellas pueden "irse del país". (Nicholas Kamm / AFP/Getty Images)

Los ataques de Trump tienen también una ruda carga de autoritarismo y antidemocracia, pues son lanzadas contra cuatro congresistas electas por el voto libre y mayoritario de los ciudadanos en sus distritos. Llamar a que legisladoras se vayan del país, calificarlas de ser ajenas a Estados Unidos y decir que odian a la nación por el mero hecho de que ellas son críticas de la gestión de Trump y ejercen su facultado constitucional de fiscalización del Ejecutivo es una actitud propia de regímenes autoritarios que vulnera la institucionalidad republicana.

Trump tiene el derecho de criticar a sus opositores, y estos el propio para criticar al presidente, y con frecuencia esos debates y controversias son punzantes. Esa es la dinámica propia de la democracia y la división de poderes. Pero cuando el debate se convierte en insulto y amenaza, en denostación equívoca y dolosa, se incurre en ofensas y en abusos que son impropios de la investidura presidencial.

Muchas voces han deplorado esos ataques personales y racistas de Trump contra las cuatro legisladoras y también su patente incapacidad de debatir en términos de ideas, proyectos y visiones. Trump opta por proferir ofensas en lugar de plantear ideas, agrede en lugar de debatir y estigmatiza en lugar de defender o refutar conceptos.

Por añadidura, y lo que hace a este episodio aún más grave, es que Trump hace eco en sus ataques de nociones propias del nacionalismo blanco y otros estamentos de ultraderecha que han sido notorios por su violencia, su racismo, su xenofobia y su intolerancia. Eso no solo envalentona a esos estamentos retardatarios de la sociedad sino que normaliza su retórica, deteriorando con ello el clima social.

Y, al parecer, el ataque de Trump a esas legisladoras, y su reincidencia al señalar que sus dichos no son racistas y que ellas “odian a Estados Unidas” y pueden “irse”, no son un discurso aislado sino parte de su estrategia con miras a las elecciones de 2020 y, antes, una suerte de cortina de humo y apuntalamiento de su posición ante la posibilidad de que la comparecencia legislativa de Robert Mueller, exfiscal especial en el caso de la injerencia electoral de Rusia, produjese revelaciones inculpatorias contra el presidente y su entorno cercano que pudiesen afectar sus posición e incluso colocarlo ante un proceso de destitución (impeachment).

Las representantes federales Ayanna Pressley, Ilhan Omar, Alexandria Ocasio-Cortez y Rashida Tlaib han sido el blanco de ataques racistas de parte del presidente Donald Trump (Alex Wroblewski/Getty Images)

Al atacar a esas cuatro legisladoras progresistas, notorias por sus posiciones en el ala izquierda del Partido Demócrata y muy críticas del establishment político y financiero, Trump y algunos de sus seguidores –por ejemplo el senador Lindsey Graham– han buscado denigrarlas al señalarlas como personas ajenas a la nación (Trump) o “comunistas” que odian a Estados Unidos (Graham) en un afán de movilizar electoralmente a la derecha radical contra el “enemigo”. Pero esa identificación es falaz y peligrosa, pues transforma la lucha electoral y el debate político en una confrontación destructiva.

Y se ha señalado que al agredir a esas cuatro legisladoras –que por sus posiciones de izquierda han tenido fuertes desencuentros con el liderazgo y las alas moderadas de su partido– Trump ha en realidad conseguido una unión de todos los demócratas en torno de ellas y ha incrementado su perfil.

Pero en todo caso, por estrategia o por inercia, Trump parece hecho para la confrontación y el golpeteo, aunque eso implique una erosión de los valores de la convivencia política y la institucionalidad democrática que, a la postre, lo coloca bajo una luz ominosa en la opinión pública y podría mermarlo en el plano electoral.

Es inquietante que la campaña de reelección de Trump y su entorno esté apostando por esa vía, que adulteraría la contienda y la convertiría artificialmente en una batalla contra los “antiestadounidenses”, como él pretende hacer pasar a los demócratas. Es un síntoma de deterioro político ciertamente, pero también revela cierta desesperación.

¿Por qué optar por una vía tan espinosa y explosiva, que apela a una minoría de votantes de derecha radical que resultan insuficientes para ganar una elección? ¿Por qué agitar nociones equívocas, racistas, xenófobas, autoritarias y antidemocráticas y regresar a planteamientos histéricos de tiempos de la Guerra Fría, dado que ello supone un retroceso democrático, político y social para el país? ¿Por qué no se centra en desplegar los logros de su gobierno?

Son preguntas punzantes, como también sus posibles respuestas.

Si ese es el camino a seguir por Trump en su búsqueda de la reelección el escenario de aquí a noviembre de 2020 se mira turbio y tenso. Pero es un camino indeseable y nocivo para el país, pues generará mayor polarización y encono. Y, aunque pueda agradar a los estamentos de la extrema derecha, en realidad no beneficiaría a los republicanos y los conservadores, que cada vez más lucen rehenes de la figura de Trump y de las ideas y acciones de una minoría radical que, aunque poderosa en el contexto de las elecciones primarias internas, resultaría negativa en el balance de la elección nacional.

La líder de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi, ha llamado a una moción legislativa para censurar los ataques racistas de Donald Trump contra cuatro legisladoras demócratas. (By Bill Clark/CQ Roll Call)

Trump ganó la elección en 2016 al concitar el apoyo amplio de los republicanos en sus estados hegemónicos y al lograr arrebatar por mínimo margen al Partido Demócrata un puñado de entidades clave –Michigan, Pennsylvania, Wisconsin– con un discurso que supo atraer a votantes tradicionalmente demócratas que se sentían agraviados con el sistema político y el establishment nacional y de su partido y veían a Hillary Clinton como la continuidad de esos factores.

Pero sus ataques racistas y virulentos irían en contrasentido de todo ello y estarían mermando sus opciones electorales entre esos votantes indecisos, si bien atizan y posiblemente movilizan al electorado de derecha radical. ¿Hizo cuentas Trump y se dio cuenta que los primeros se le están yendo de las manos y por ello, en tanto los recupera o, sobre todo, si no los atrae de nuevo, necesita extraer la última gota de apoyo de su base radical y leal?

Es posible, y en ello se explicarían ataques hostiles como los que lanzó contra las cuatro congresistas citadas y, también, el recrudecimiento de su política en materia de inmigración y frontera, su pulso cada vez más tenso contra Irán, el creciente afán por señalar que un triunfo demócrata llevaría al país al “socialismo” y otras acciones y mensajes destinados a mostrarlo vigoroso en temas y fenómenos que son especialmente reactivos para la derecha.

En todo caso, tanto republicanos como demócratas e independientes, de izquierda, centro o derecha, deberían hacer prevalecer la civilidad y definir sus diferencias en el debate democrático, que pude ser punzante pero también dentro del respeto y los valores institucionales, con el voto ciudadano como el juez final.