El Partido Republicano va de mal en peor

David Brooks
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Aquellos que teníamos la esperanza de que Estados Unidos se tranquilizara cuando ya no tuviéramos a Donald Trump repartiendo veneno desde la Casa Blanca, tristemente hemos tenido que abrir los ojos. Cada vez hay más indicios de que la base trumpiana se está radicalizando. Mis amigos republicanos cuentan que hay divisiones despiadadas en sus iglesias y familias. Los políticos republicanos que no apoyan a Trump hablan de amenazas de muerte y ataques verbales inquietantes.

Es como si los simpatizantes de Trump hubiesen sentido una especie de seguridad cuando su ídolo estaba en el poder, y ahora ya no la tienen. Tal vez Trump era la fuerza que los protegía.

Lo que estamos viendo solo puede describirse como un ataque de pánico venenoso. Desde las elecciones, grandes bloques de la derecha trumpiana han decidido que Estados Unidos está en crisis como nunca antes y que ellos son el pequeño ejército de guerreros que luchan con una desesperación digna de la batalla de El Álamo para garantizar la supervivencia de su versión del país.

Los primeros datos extraídos de sondeos importantes que han comprendido este momento son los que comentó la encuestadora Kristen Soltis Anderson con mi colega de The New York Times, Ezra Klein. Cuando se les preguntó a finales de enero si la política se trata más de “promulgar buenas políticas públicas” o “garantizar la supervivencia del país como lo conocemos”, el 51 por ciento de los republicanos partidarios de Trump eligió la supervivencia; solo el 19 por ciento eligió las políticas.

El nivel de pesimismo republicano está por las nubes. Una encuesta de febrero de The Economist-YouGov les preguntó a los estadounidenses qué declaración reflejaba más sus opiniones: “Este es un mundo grande y hermoso, casi lleno de personas buenas, debemos encontrar la manera de aceptarnos entre nosotros y no aislarnos”, o “Nuestras vidas están bajo la amenaza de terroristas, delincuentes e inmigrantes ilegales, y nuestra prioridad debe ser protegernos”.

Más del 75 por ciento de los votantes de Biden eligieron la frase sobre el mundo grande y hermoso. Dos terceras partes de los votantes de Trump optaron por: “Nuestras vidas están bajo amenaza”.

Este nivel de catastrofismo, casi desesperanza, ha alimentado una mentalidad militante exacerbada.

“Las personas decentes saben que deben volverse despiadadas. Deben convertirse en auténticas pesadillas”, escribe Jack Kerwick en la revista trumpiana American Greatness. “El hombre bueno no debe malgastar ni un segundo para entrenar, en cuerpo y mente, a fin de convertirse en el monstruo que quizá deba ser a fin de someter a los monstruos que abusan de los vulnerables”.

Según esta mentalidad, la insurrección del 6 de enero no fue un vuelco sorprendente a la anarquía, sino una práctica para la guerra que se avecina. Una semana después del asedio, casi una cuarta parte de los republicanos encuestados dijo que la violencia es aceptable como medio para conseguir metas políticas. William Saletan de Slate hace poco recabó pruebas que mostraron cuántos políticos republicanos ahora muestran su apoyo a la multitud del 6 de enero y votan en contra de las resoluciones que la condenan.

La democracia liberal se basa en un nivel de optimismo, fe y un sentido de seguridad. Se basa en la confianza en el proyecto humanístico: que, a través del diálogo y la conexión, podemos llegar a conocernos profundamente más allá de nuestras diferencias; que la mayoría de las personas buscan el bien con diferentes opiniones sobre cómo conseguirlo; que la sociedad no es una guerra de suma cero, sino una conversación y una negociación.

Como escribe Leon Wieseltier en la revista Liberties, James Madison era optimista y pesimista al mismo tiempo, realista e idealista. Los liberales filosóficos —ya sea que estén en lado derecho o izquierdo del espectro político— comprenden que las personas tienen intereses egoístas, pero creen en la democracia y la comunicación abierta porque confían en la capacidad de las personas de definir sus propias vidas, de cuidar a personas distintas a ellas, y de fomentar el progreso de la sociedad.

Con su profundo pesimismo, el ala hiperpopulista del Partido Republicano parece estar rompiendo el suelo del liberalismo filosófico para caer en un abismo de impulsividad autoritaria. Muchas de estas personas ya ni siquiera operan en el ámbito político. La respuesta republicana a la agenda de Biden ha sido anémica porque a la base no le importa una simple legislación, sino solo su propia reputación cultural.

A lo largo de la última década, más o menos, a medida que el iliberalismo, la cultura de la cancelación y todas esas tendencias han surgido en las universidades y las instituciones de élite en la izquierda, han nacido docenas de publicaciones y organizaciones. Han trazado una línea firme entre los progresistas que creen en las normas liberales de la libre expresión, y los que no.

Existen nuevos y transformados movimientos y revistas como American Purpose, Persuasion, Counterweight, Arc Digital, Tablet y Liberties que señalan los excesos del movimiento por la justicia social y hacen distinciones entre los que piensan que la expresión es una exploración mutua en busca de la verdad y los que creen que es una estructura de dominación que perpetúa los sistemas de privilegio.

Este trazado de líneas es precisamente lo que ahora aqueja a la derecha, que está frente a una amenaza más radical. Los republicanos y conservadores que creen en el proyecto liberal necesitan organizarse y trazar una línea brillante entre ellos y los iliberales de su propio bando. Esto ya no se trata solamente de Trump, el hombre, se trata de cómo vemos la realidad: como el desorden que siempre ha sido, o como un infierno apocalíptico. Se trata de cómo buscamos el cambio: mediante el diálogo y la conciliación en la política, o por medio de intimidaciones y demostraciones de hombría.

Puedo contar una historia en la que los trumpianos se automarginan o se agotan. El catastrofismo permanente es desgastante. Pero el pesimismo apocalíptico tiende a deteriorarse y convertirse en nihilismo, y al final, las personas recurren al hombre fuerte para que alivie la oscuridad y el caos que llevan dentro.

This article originally appeared in The New York Times.

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