Mi papá y 19 niños en Texas murieron por la obsesión de EEUU con las armas. ¿Por qué eso está bien? | Opinión

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Estas son las primeras palabras que puedo escribir sobre mi padre desde el día en que supe que había muerto de un disparo.

Eso fue hace dos años, dos meses y 28 días.

Antes de eso, escribía sobre él todo el tiempo. Escribí sobre cómo me crió un hombre con delantal, que cocinaba en la pequeña cocina detrás de la joyería que él y mi madre tenían en Carol City. Escribí sobre su reacción a los videos de Ultra cuando era el único que parecía divertirse tanto como los niños que aparecían en ellos. Escribí sobre el día en que murió Fidel Castro y vi cómo se le llenaban los ojos de medio por una multitud creciente de los niños perdidos de Cuba frente a Versalles.

Y la única razón por la que me atrevo a escribir ahora sobre su asesinato sin sentido no es porque yo esté sanando.

Es por esos 19 niños pequeños y sus dos maestras.

El dolor de perder a un ser querido por la violencia armada no disminuye. Se ahoga. Se eleva en mí con una marea de almas perdidas cada vez que leo sobre un tiroteo masivo en Estados Unidos, y siento sus manos apretando mi garganta.

Siento a mi padre. Vuelvo al 29 de febrero de 2020 y lo pierdo de nuevo.

Hasta esa noche, habíamos estado más unidos que nunca. De niño, yo era más introvertido como mi madre, que rehuía las fiestas y las ruidosas reuniones familiares que alimentaban el alma de mi padre. Era el primero en conducir hasta Tampa para bailar en la boda de un primo, en cantar con los mariachis en su 90 cumpleaños, en recitar una “poesía” que había inventado en un momento de tranquilidad. Era él quien tomaba la guitarra que había aprendido a tocar a los 70 años y la rasgaba terriblemente con una canción eufórica. En el funeral de mi madre, mi padre le cantó una canción de amor que nunca había escuchado.

Cuando mi madre murió hace tres años este mes, él se mudó conmigo.

Lo llevé a todos mis lugares favoritos de Miami, porque aunque esta ciudad es el centro de “Cubanitay”, como dice mi amiga Martha Darby, él vivió la mayor parte de su vida en Estados Unidos, en el Condado Broward. Siempre había querido vivir en “la sawesera”.

Escuchábamos música cubana antigua y bebíamos mojitos en el Café La Trova. Cocinamos juntos carne con papas en mi cocina de Flagami. Dejábamos lo que estábamos haciendo a las 2 p.m. y nos preparábamos un cafecito juntos. Comimos sándwiches cubanos en El Exquisito y hamburguesas cubanas en El Mago de las Fritas. Y jugábamos dominó en el Domino Park durante la Cabalgata de los Reyes Magos, cuando los mayores me metían a escondidas para que pudiéramos jugar en pareja.

Y una noche no volvió a casa.

Mi papá volvía a menudo a su antigua casa de Pembroke Pines mientras esperábamos venderla, para recoger frutas de los árboles en su patio trasero –mangos, chicozapotes, papayas, aguacates– y dárselas a vecinos y familiares. Los colmaba generosamente de fruta.

A menudo se quedaba hasta tarde y pasaba la noche en su antigua casa, sobre todo después de jugar dominó con sus hermanos dos o tres veces por semana. Tenía 92 años, pero acababa de pasar la prueba de la vista para renovar la licencia de conducir en su cumpleaños. No me preocupé.

Pero cuando no llegó a casa un sábado por la noche y no pude localizarlo, le pedí a mi hermano, que vive cerca, que verificara cómo estaba. Estaba hablando por teléfono con él cuando giró la llave de la puerta principal y la encontró atascada. Entró a empujones y oí cómo se le quebraba la voz y el espíritu.

Encontró a mi padre muerto de un disparo justo detrás de la puerta. La policía arrestaría más tarde a su vecino de al lado, al que habían retenido brevemente en virtud de la Ley Baker días antes, después de haber sido llamados a la casa por un disturbio doméstico. Lo encontraron empapado tras saltar a la alberca. En un momento dado, murmuró: “¿Por qué, Fernando?”, nos contó la policía.

Mientras tanto, sin que nadie lo supiera, salvo la persona que lo mató, mi padre yacía muerto a tiros en la casa de al lado.

Más tarde encontrarían una caja para una pistola y munición que coincidió con la que se había usado para matar a mi padre. El vecino fue arrestado y está a la espera de juicio en el Condado Broward.

Ahora mi padre es una estadística como los 19 niños y niñas y las dos maestras que acudieron a la escuela para instruirlos pero que, en cambio, tuvieron que dar su vida junto a ellos; porque fue muy fácil y legal que una persona comprara un arma para dispararles.

Sin embargo, todavía nos debatimos sobre qué es más importante: el derecho a vivir o el derecho a matar.

Mi papá, esos niños, esas maestras, tenían derecho a vivir, un derecho humano fundamental, un derecho otorgado por Dios; si es que existe el derecho y si es que existe Dios.

Carlos Frías es el editor de gastronomía del Miami Herald.

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