La pandemia trajo consigo depresión y ansiedad. Hablarlo me ayudó.

Steven Petrow
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Conectar con otras personas en las redes sociales ha ayudado a aliviar el miedo y la soledad de la vida en la pandemia. (Evan Cohen/The New York Times)
Conectar con otras personas en las redes sociales ha ayudado a aliviar el miedo y la soledad de la vida en la pandemia. (Evan Cohen/The New York Times)

La depresión se fue apoderando de mí en el verano y el otoño, tan lentamente que no me percaté del cambio en mi bienestar, hasta que de repente ya estaba deprimido.

La mayor parte de ese tiempo decidí aguantarme, en general no decía nada sobre mi decaimiento. Sabía que no era el único. A unos meses de empezada la pandemia, los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades de Estados Unidos advirtieron que los diagnósticos de enfermedades mentales —ansiedad, depresión, pensamientos suicidas— estaban en aumento. Para el final del año, una encuesta del gobierno encontró que el estado de ánimo del país seguía empeorando.

Pero mucha gente que conozco sigue diciendo que está “bien”, o “bien, bien, bien”, como respondió desafiante un amigo cuando le pregunté cómo estaba.

Para ser sincero, “bien” había sido mi respuesta habitual cuando me preguntaban cómo estaba, incluso cuando la depresión o, la que yo llamo su prima hermana, la ansiedad comenzaban a afianzarse. Hace años, un psicoterapeuta me ayudó a dejar de decir “bien” como una respuesta a la pregunta: “¿Cómo estás?”. Me explicó que: “’Bien’ no es ni una emoción ni un sentimiento”, y me exhortó a estar más consciente de mis emociones y a dar una respuesta más sincera como “feliz” o “contento”, “enojado” o quizá “triste”. Al parecer, había olvidado esa lección.

Poco antes del día de las elecciones, mi perspectiva se había esclarecido lo suficiente como para poder ver la profundidad de esta oscuridad. Por ejemplo, me di cuenta de que cada vez que mi amiga Amy me llamaba por teléfono yo estaba tomando una siesta, preparándome para tomar una o acababa de despertarme. Desde hace mucho esa ha sido una de mis señales delatoras de que algo anda mal. “¿Y si me paso durmiendo lo que queda de la pandemia?”, le pregunté un día, en broma, pero en serio.

Más o menos por esa época, una compañera escritora preguntó en Facebook cómo todos estaban sobrellevando la situación, luego de confesar que a ella le estaba costando trabajo. Como resultado, hubo un aluvión de comentarios que expresaban preocupación, tristeza y soledad. Ese desbordamiento de emociones me indicó que muchos de nosotros habíamos estado ocultando nuestros verdaderos sentimientos; también me mostró la importancia de que hubiera una persona que se sincerara primero, como para romper el hielo al reconocer: “No estoy bien”.

Al poco tiempo, yo también alcé la mano y publiqué en mi muro de Facebook: “Sí, este es un tiempo difícil para mí”. Di unos detalles más, como el hecho de que un estómago inquieto me había causado tanta ansiedad que estaba convencido de que tenía cáncer de páncreas y no un simple dolor de estómago. Lo que resultó ser un simple tirón en la pantorrilla comenzó, en mi mente, como un coágulo provocado por el COVID que estaba a punto de reventarse.

El miedo se había convertido en mi compañero constante.

Mi confesión tuvo la consecuencia que buscaba: creó una entrada para otros. “Has expresado en palabras lo que creo que es un sentimiento colectivo”, comentó un vecino al que veo con frecuencia, pero que nunca antes me había hablado de estas emociones. “Todos parecen sentirse desconectados de los demás, irritables o incluso asustados”, escribió un colega, ayudando a hacer universales nuestros desafíos actuales.

Desde entonces, he publicado con frecuencia: “Es la hora del recuento del viernes. ¿Cómo están todos esta semana?”. Mis amigos y seguidores dan cuenta de sus sufrimientos y tribulaciones, así como de sus éxitos y triunfos.

También agendé una consulta virtual con mi médico de cabecera, quien me recetó un antiácido para el estómago, que sí me ha ayudado.

Ahora, en las profundidades del invierno, más personas que conozco están hablando en público sobre sus problemas de salud mental. “Debo confesar que me siento un poco desesperanzada esta mañana”, escribió una conocida y luego añadió: “Estoy segura de que no soy la única. Si tú también te sientes así, no estás solo”. Sus amigos no tardaron en responder. “Hoy el agobio es grande. Gracias por conectar”. Y otro: “Te entiendo. Te acompaño en silencio”.

Tantos de nosotros pensamos que somos “los únicos”. Que estamos solos, que somos invisibles. Me parece reconfortante que muchos de mis amigos estén encontrando una conexión mutua en las redes sociales. “Me siento fatal y me siento fatal por todos los que están publicando aquí, pero me consuela un poco ver que no estamos solos”, escribió un amigo.

Para poder vernos los unos a los otros tenemos que dejarnos ver. Para ayudar al prójimo, tenemos que reconocer que nosotros también necesitamos ayuda. Lo estoy intentando.

This article originally appeared in The New York Times.

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