“No sé cómo explicarle a mi hijo que Santa no le traerá a su padre”: vivir Nochebuena afectado por el COVID

Manu Ureste (@ManuVPC)
·9  min de lectura
La llegada del COVID hará que muchas familias pasen las fiestas como nunca: recordando a alguien que murió o agradeciendo estar sanos.
La llegada del COVID hará que muchas familias pasen las fiestas como nunca: recordando a alguien que murió o agradeciendo estar sanos.

Para millones de personas en el mundo, esta Nochebuena y Navidad serán muy distintas a las de cualquier otro año. Y en México no será la excepción.

Aunque la llegada ayer miércoles 23 a la capital mexicana del primer lote de la vacuna contra la COVID avivó el optimismo de cara a una futura recuperación de la normalidad, el millón de contagios y las más de 100 mil muertes que acumula el virus en el país -según admiten las cifras oficiales- han dejado una fractura imborrable para miles de familias.

En esta entrega, diferentes voces que padecieron -y padecen- la pandemia narran en primera persona cómo afrontan la Navidad desde dos perspectivas: la de quien teniendo un ser querido muy grave libró la enfermedad. Y la de quien, por desgracia, la COVID se cobró una víctima más en su cuenta.

En ambos casos los testimonios señalan un punto común: la pandemia les ha cambiado de una u otra forma la vida y su manera de ver y vivir la Navidad.

“Fue terrible, pero en esta Navidad solo tengo agradecimiento”

Me llamo Irene Tello. Y yo, la mera verdad, nunca fui muy fan de la Navidad. Más bien siempre he sido un poco lo contrario, ¿sabes? Medio grinch y así. Pero esta Nochebuena tengo que admitir que mi sentimiento es bien distinto.

De hecho, creo que es el primer año de mi vida en el que siento ese espíritu navideño del que tanto hablan en los comerciales. Ya sabes, lo de estar en familia todos juntos en casa, mostrar agradecimiento por todo lo que tenemos, dar mucho las gracias… Siempre pensé que todo eso eran tópicos, y sin embargo, en esta Navidad creo que son más ciertos y necesarios que nunca.

Este año, como para millones de personas, fue muy rudo para mí. Mi madre primero y luego mi padre se contagiaron de COVID-19 casi al inicio de la pandemia, entre abril y mayo. Pero ya desde antes, desde que empezaron fuerte los contagios, yo tenía un enorme pavor a que ellos se enfermaran. Sobre todo mi padre, Romeo. Pensaba que si él se contagiaba, muy probablemente no iba a sobrevivir. Y pues nos tocó la chinita. Se contagió y le pegó muy fuerte a los pulmones. Tanto, que estuvo grave con oxígeno y hospitalizado un par de semanas. La vio cerca, la verdad. Muy de cerca. Y por eso, a pesar de lo terrible de este año, no tengo más que agradecimiento con la vida.

No sé, es como una sensación muy agridulce, ¿sabes? Por un lado, como te digo, siento un agradecimiento inmenso de poder estar con mi padre otra Nochebuena, otra Navidad. Pero, por otro lado, también siento mucha tristeza porque sé que allá afuera hay mucha gente que lo está pasando horrible. Y yo que la vi tan cerca con mi padre, que sé lo rápido que puede cambiar la vida de cualquier persona con esta enfermedad, creo que sí he desarrollado una gran empatía hacia quienes en esta Navidad no van a poder festejar como nosotros.

Por otro lado, también me queda la reflexión de que no tendríamos que llegar hasta este punto de haber vivido un infierno para tomar precauciones. Para tomar conciencia de que este virus no es ningún juego. Eso es lo que yo le intento explicar a la gente: que no saben el miedo y la impotencia que se siente cuando ves que tu padre no puede respirar. Que se queda sin aire ante tus ojos, y que no puedes hacer mucho más que salir corriendo en busca de ayuda.

Ojalá que ahora en Navidad todos hiciéramos un esfuerzo de conciencia colectiva. Porque si no nos cuidamos, si seguimos manteniendo muchas actitudes que vemos en las calles de ‘a mí me vale madres’, esto no va a mejorar pronto. Al contrario, va a ir a mucho peor, como ya lo estamos viendo con el aumento de contagios en esta época decembrina.

Y güey, si no lo hacemos por nosotros, hagámoslo por todo ese personal médico que está haciendo de todo para salvar vidas. Imagina el nivel de cansancio que tienen. Ellos son seres humanos, igual que nosotros. Con sus capacidades, sí, pero también con sus límites. Y también ellos tienen familias a las que quisieran ver esta Navidad, y muchos, si no es que la mayoría, no van a poder estar con sus padres, sus madres, sus hijos, sus hermanos, sus parejas, porque donde van a estar es cuidándonos a nosotros en un hospital.

Y pues sí, no está chido que no podamos hacer reuniones con toda la familia. O que no podamos ir a las posadas con los amigos y los compañeros de chamba. Pero pensemos que es solo un año. Pensemos que, ojalá, el próximo año ya las cosas habrán mejorado.

En mi caso, en Nochebuena siempre nos reunimos con la familia de mi papá, o con la de mi mamá. Pero esta vez, obvio, eso está prohibido. ¡Yo lo prohíbo! Nada de cenas con mucha gente en un salón cerrado. Solo nos vamos a reunir los cinco: mis papás, que ya pasaron la COVID, mi hermano, su hijo, y yo. Y, además, lo haremos al aire libre y con todas las precauciones de sana distancia, porque, aunque mis padres ya la libraron, todos seguimos muy asustados con lo que es capaz de hacer esta enfermedad.

En cuanto al menú, la idea es apoyar a los pequeños negocios, que también se han visto muy madreados por la pandemia. Así que vamos a encargar la comida. Será algo muy típico: bacalao, pavo, ensalada de manzana, pasta. Y poco más.

Yo ya tengo listos los regalos para todos. Bueno, para el círculo más cercano. Aunque, después de la COVID, lo que estamos haciendo es regalarnos cosas más del tipo como compartir experiencias. Por ejemplo, antes de contagiarse, mi papá siempre quiso que leyéramos juntos el Ulyses de James Joyce. Y pues ahorita lo estamos leyendo. Va lento, pero ahí va. Poco a poco. Aunque no se trata tanto de leerlo, ¿sabes? Se trata de compartir tiempo juntos. Ese será, sin duda, el mejor regalo de Navidad.

“No sé cómo explicarle a mi hijo que Santa no le traerá a su padre”

Mi nombre es Andrea Montero y el de mi esposo es César Augusto Fernández. Él falleció hace unos meses por culpa del virus, y desde entonces he estado asistiendo al tanatólogo porque nadie está preparado para algo así. Nadie está preparado para una muerte tan repentina.

César y yo nos despedimos acá en Veracruz un 26 de abril y un 13 de junio me llamaron por teléfono para avisarme que fuera a Ciudad del Carmen, en Campeche, a recoger la urna con sus restos. 38 años tenía. Murió tras contagiarse de COVID en una embarcación que da servicios de mantenimiento a plataformas de Pemex. Él avisó varias veces a los médicos de su empresa, Grupo Evya, para que lo sacaran del barco porque se sentía muy mal. Pero nadie le hizo caso hasta que ya estaba muy grave, y a los pocos días murió.

Ahora me dicen que tengo que seguir todo un proceso de duelo. Que para sanar esta herida tengo que ir poco a poco soltando cosas. No aferrarme. Y que tengo que aprender a recordarlo, pero recordarlo bien. No llorando todo el día en casa y en la depresión total.

Como parte de ese proceso de recordar bien a mi marido, me aconsejan que me concentre en mis dos niños y en mi niña. Y eso estoy haciendo. Siento todavía un dolor demasiado grande, pero eso no va a impedir que ellos tengan su Navidad. Así que voy a hacer, entre comillas, una cena de Nochebuena lo más normal que se pueda. Y al otro día les daré los regalos de Santa.

A pesar de que el trabajo está muy difícil por la pandemia, este año hice todo lo posible para comprarles todo lo que mis hijos le pidieron a Santa Clós. Aunque, claro, hay cosas que no les puedo dar. Por ejemplo, Cesarín, que es mi niño de cuatro años, le pidió a Santa ver a su papá. Que lo traiga ya de regreso con él.

Los psicólogos me explicaron que ahorita no es todavía recomendable decirle todo al niño. O sea, hay que irle diciendo de a poquito y manejárselo todo con mucho tacto para no lastimarlo todavía más. Porque él, aunque aun no sabe todo lo que le pasó a su padre, sí sabe que no está en casa. Siente esa ausencia. Y pues en esas estoy. Viendo cómo le explico sin hacerle daño que Santa Clós no le pudo traer todos los regalos que le pidió este año.

Aun así, como te digo, voy a hacer todo lo posible para que tengan un día de Navidad lo más normal posible. Para que ellos disfruten ese día de ilusión y para que, después de tanto encierro y tanto horror, también tengan un día especial, diferente. Porque eso debe ser la Navidad para todos los niños, ¿no? La magia de estar juntos en familia, compartir regalos, vivencias, recuerdos… Yo siento que mantener esa magia es parte de mi responsabilidad como madre, para que ellos, cuando crezcan, no recuerden este día como algo triste que quisieran borrar de sus cabezas para siempre.

Eso sí, esta Nochebuena la pasaremos encerrados en casa. La pandemia no ha terminado, así que yo estoy siguiendo al pie de la letra lo de quedarse en casa, la sana distancia, el cubrebocas, y todo eso. No en vano, la muerte de mi marido me dejó varias lecciones. La primera, que este virus no es ningún juego. Y la segunda, que no podemos ser tan egoístas. Porque si yo me cuido, también te estoy cuidando a ti. Es como una cadenita, ¿sabes? Por eso yo no voy a visitar a nadie, ni tampoco acepto visitas por el momento. Así que en la cena de Nochebuena estaremos solo los que vivimos en mi casa, que son mis tres hijos, mi mamá, y yo. Nadie más.

En cuanto a la cena, pues haré algo un poco diferente a cualquier día, claro. Pero también tengo que adaptarme a esta nueva vida después de la muerte de mi marido. Ahora somos uno menos en casa trabajando. Uno menos metiendo ingresos. Y la economía y el trabajo siguen muy mal. Ahora estoy vendiendo productos por internet. No saco mucho. A veces, nada. Pero ahí la llevo. Tirando. Y bueno, vamos a tener que adaptarnos a esto también. Así que haremos unos espaguetis verdes, un pollo asado, y alguna que otra cosa más.

Mi marido y yo no éramos muy fijados en esto de la Navidad. Solo teníamos una tradición: hacernos una sesión de fotos con los niños antes de Nochebuena.

Este año también quise continuar con esa costumbre, aunque sí fue bien difícil, para qué te miento. Pero los fotógrafos, que eran amigos de César Augusto, tuvieron una gran idea: me fotografiaron a mí, con los niños, y llenaron el espacio vacío de César con un gran resplandor de luz.

Fue un detalle muy lindo. Súper lindo.

Me hizo sentir que, de alguna forma, mi esposo sigue estando con nosotros esta Navidad.

También debes ver:

No, México no es perfecto, pero tampoco es lo peor del mundo en la pandemia (así nos ven)

Fiestas, reuniones, contagios: así se derrumbó el mito de la Alemania obediente, ordenada, perfecta

México sí reportó datos diferentes en dos indicadores para determinar semáforo de CDMX

EN VIDEO: Con golpes y sillazos, así castigan a quienes no se ponen cubrebocas en calles de México