La pandemia que apagó la cultura y aceleró la desigualdad

París, 10 mar (EFE).- Las restricciones para evitar la expansión del virus a nivel global han tenido un fortísimo impacto en la sociedad, que tras un año de pandemia presenta disparidades más marcadas a nivel económico y social, con los obstáculos derivados de la crisis del turismo, el cierre de la cultura y el teletrabajo.

Los organismos internacionales constatan que el daño ocasionado es peor de lo previsto.

Una de las primeras medidas que se extendieron en marzo de 2020 fue el teletrabajo. Los llamados trabajos esenciales, como fábricas y supermercados, mantuvieron la asistencia dentro de lo posible, marcando una primera división en el terreno laboral.

A principios de 2021, el 77 % de los trabajadores de todo el mundo seguían perjudicados por medidas restrictivas, una cifra que en su punto álgido, en julio de 2020, llegó al 85 %, según la Organización Internacional del Trabajo (OIT).

En su informe "La COVID-19 y el mundo del trabajo", la OIT destacó el contraste entre la pérdida generalizada de empleo en los sectores más afectados (hostelería, restauración, arte, comercio minorista y construcción) y el alza en aquellos de prestación de servicios que requieren una elevada cualificación, como las finanzas o los seguros.

Aunque no todo han sido desventajas para las empresas. Un estudio de la sociedad estadounidense especializada en comunicación Twilio apunta que la pandemia ha acelerado en una media de seis años la transformación digital de las pymes.

GOLPE TERRIBLE PARA LA CULTURA

Para la industria cultural, que representa 30 millones de empleos en el mundo, la pandemia también ha sido más dura de lo previsto.

En 2020, según la Unesco, se estima que la industria del cine perdió diez millones de puestos; un tercio de las galerías de arte redujeron a la mitad su personal, el cierre de la industria musical costó más de 10.000 millones de dólares y el mercado editorial cayó un 7,5 % respecto al año anterior.

Aquí también la crisis se ceba con los más frágiles. Las mujeres ocupan una mayor proporción de empleos precarios en el sector del arte y la cultura, por lo que son más vulnerables a la inseguridad social y económica.

Además, que la cultura haya tratado de sobrevivir acelerando su conversión digital no hace de ella un sector más abierto: teniendo en cuenta que el 46 % de la población mundial no tiene acceso a internet, ha quedado vetada para buena parte de ciudadanos.

Por su parte, la Confederación Internacional de Sociedades de Autores y Compositores (CISAC) augura un 2021 difícil y recuerda que en 2020 las recaudaciones mundiales de derechos de autores para creadores de música, obras audiovisuales, teatro y literatura disminuyeron un 35 %, el equivalente a 3.500 millones de euros.

Sin festivales, con conciertos muy limitados y con numerosas restricciones en el ámbito de la restauración y la noche, los parques y plazas han vuelto a convertirse en el foco de encuentro por excelencia, especialmente en los países más restrictivos con el ocio, como Francia.

LA CRISIS SE CEBA CON LOS MÁS VULNERABLES

En la educación, la crisis se ha estabilizado, y frente a los 190 países que durante la primera ola cerraron completamente sus escuelas, hoy solo 30 se encuentran en esa coyuntura y el resto apuesta por cierres parciales o locales.

Pero en enero de 2021, según la Unesco, 800 millones de estudiantes, más de la mitad mundial, se enfrentaban aún a importantes perturbaciones.

Una circunstancia que varía según las regiones: en América Latina y el Caribe, los cierres han superado los siete meses y medio frente a los cinco y medio de la media mundial.

La desigualdad se refleja también en el turismo, que en 2020 cayó un 74 % (y hasta un 97 % en abril de 2020). La peor parte se la llevó Asia (-84 %), Oriente Medio (-76 %), Europa (-71 %), África (-70 %) y América en último lugar (-69 %), según la Organización Mundial del Turismo.

Como dato orientativo, las compañías aéreas, que han visto como sus aeropuertos pasaban de ser un punto ajetreado de tránsito a zonas grises y desiertas, no prevén que la actividad vuelva a niveles de 2019 hasta al menos 2024.

En Europa, los países más dependientes del turismo reclaman un pasaporte de vacunas para que quienes hayan recibido la inyección puedan viajar, salvando así la temporada alta.

Con esta falta de perspectiva, no es de extrañar la preocupación de muchos Estados por el impacto mental que la situación provoca en sus ciudadanos.

La OMS ha recomendado dedicar más de un 2 % de los presupuestos sanitarios a la salud mental, cuando actualmente destinan menos del 1 %: "Sólo la depresión y la ansiedad suponen una pérdida anual de casi un billón de dólares en productividad económica. Los países que inviertan en salud mental obtendrán recompensas".

(c) Agencia EFE