Panamá: Científicos enfrentan desafíos en pandemia

KATHIA MARTÍNEZ
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SAN LORENZO, Panamá (AP) — El biólogo Claudio Monteza se abre paso entre la espesa vegetación en busca de un lugar adecuado para instalar una cámara que captará la imagen de los animales que se acerquen al borde de la carretera en este denso bosque tropical del Caribe panameño.

Identificado el sitio, Monteza, con un cable rodea el tronco de un árbol robusto y asegura la cámara trampa, la ajusta con ayuda de unas ramas secas y confirma que el lente tenga un buen campo de visión. La investigación busca determinar cómo las carreteras en las zonas boscosas afectan el tránsito de los animales, un proyecto en el que tal vez no se hubiese embarcado si la crisis del COVID-19 no lo hubiera atrapado en Panamá el año pasado.

El estudio de la carretera “no era el plan inicial”, afirma Monteza, cuya carrera se trastocó cuando el coronavirus lo dejó varado en su Panamá natal, adonde sólo tenía planeado permanecer unos días antes de partir a tomar un doctorado en Alemania. Monteza comenzó a tomar las clases de doctorado virtualmente. Debido a la pandemia, muchos científicos han tenido que "innovar y buscar alternativas”.

La pandemia paralizó gran parte del trabajo de campo de los científicos, la recolección de muestras y los estudios en los laboratorios en Panamá cuando el país centroamericano decretó una estricta cuarentena a finales de marzo de 2020 con el fin de frenar la propagación del virus.

Si bien algunos podían centrarse en escribir artículos académicos basados en investigaciones anteriores, otros tenían que ser creativos para evitar perder el año.

Mientras Monteza encontró un nuevo enfoque a su investigación, otros llevaron a sus casas muestras de sedimento marino e instrumentos de laboratorio o colonias enteras de hormigas para examinarlas. Una investigadora, a la que se le prohibió capturar murciélagos para llevarlos a su laboratorio, montó cámaras que le permitieron espiar sus hábitos sexuales en la naturaleza.

En un día reciente, el investigador se introdujo aún más en el espeso bosque para instalar una segunda cámara a 50 metros de la orilla de la carretera. Monteza y su compañero el biólogo de campo Pedro Castillo identificaron el lugar justo cuando se escuchó el fuerte sonido que hacen las gotas de lluvia al caer sobre la copa de los árboles. En pocos minutos los dos científicos quedaron empapados.

Monteza considera que su investigación puede tener una aplicación concreta a corto plazo porque si las autoridades conocen la frecuencia al borde de las carreteras de los animales —como conejos pintados, ñeques, armadillos, entre otros— podrían tomarlo en cuenta para colocar pasos o corredores de vida silvestre.

Erick Núñez, jefe del Departamento de Biodiversidad del Ministerio de Ambiente, dijo que durante la primera mitad del 2020 cuando estaba en vigor una rígida cuarentena “se hizo muy poca investigación”.

Posteriormente, el Ministerio de Salud comenzó a flexibilizar las restricciones y otorgó algunos salvoconductos a los investigadores que planeaban trabajar en áreas protegidas solos o en grupos, según Núñez.

La investigadora Brígida De Gracia, que integra un equipo de científicos del Instituto Smithsonian de Investigaciones Tropicales (STRI) que estudia las diferentes especies de peces el istmo panameño, trasladó a su casa muestras de sedimento marino e instrumentos de su laboratorio en Naos, en la entrada del Canal de Panamá por el Pacífico.

De Gracia estudia los otolitos, una especie de piedra que forma parte de la anatomía de los peces y cuyo análisis provee a los científicos información que les permite determinar características, como por ejemplo, la edad o las condiciones ambientales a las que estuvieron sometidos las especies.

Las muestras que llevó De Gracia a su casa son diminutas porque provienen de peces muy pequeños como las sardinas.

“Tienen que estar almacenados muy cuidadosamente”, explicó. Son tan pequeños que “una pequeña brisa” los puede mover. En casa De Gracia debió ser sumamente cuidadosa con esas muestras diminutas, las cuales analizó, fotografió y almacenó esmeradamente.

Antes de que llegara el coronavirus, Mariana Muñoz-Romo, investigadora postdoctoral del Smithsonian, había planeado capturar una gran muestra de murciélagos de diferentes lugares de la localidad panameña de Gamboa, pero la suspensión de las actividades de investigación lo hizo imposible.

Entonces ella se ajustó. En lugar de atrapar murciélagos para llevarlos a un laboratorio, Muñoz-Romo pasó a observar la vida sexual de los murciélagos en su propio hábitat. Espera descubrir el propósito de una sustancia de olor fuerte en los antebrazos del murciélago de labios con flecos.

Su tutora pudo obtener permisos para instalar cámaras de vídeo y otros dispositivos en un santuario de murciélagos en Gamboa. Comenzaron a grabar a mediados de 2020 y planean continuar durante varios meses más.

“Analizar esas grabaciones es fabuloso porque es un montón de información que uno puede generar a través del análisis de estos vídeos”, comentó Muñoz-Romo, una venezolana que es profesora de la Universidad de los Andes en Mérida.

“Al principio los investigadores anotaban en sus libretas de campo: sustancia pegajosa en el antebrazo. Pasaron décadas hasta que finalmente mi tutora y una de sus estudiantes doctorales en el año 2017 describieron por primera vez que había algo que solamente tenía los machos adultos y que tenía un perfume muy fuerte, ésta estructura es la que ha sido el foco de mi interés actualmente para tratar de entender cuál es la función de esa costra olorosa”, explicó la investigadora.

Dumas Gálvez, becario postdoctoral del Smithsonian, había recolectado cuidadosamente decenas de colonias de hormigas y las mantenía en su laboratorio en Gamboa. Cuando empezó el confinamiento llevó las hormigas a su casa en Paraíso para examinarlas como parte de una investigación sobre el sistema inmune de estos insectos.

La investigación en el laboratorio para analizar la sangre de las hormigas y el comportamiento como respuesta a hongos que las atacan requería de muchas horas. Pero debido al confinamiento que impuso Panamá, el laboratorio en Gamboa cerró al igual que otro en la Universidad de Panamá donde Gálvez también está asociado.

“Tuve que buscar alternativas", señaló. "Y una de las alternativas fue inicialmente hacer las cosas en mi casa”.

Gálvez equipó un baño adicional para albergar hasta 100 colonias de hormigas. Sus colonias más grandes eran alrededor de 200 hormigas, por lo que estimó que tenía alrededor de 13.000 en su casa.

Observó sus vidas y reacciones durante meses, pero con el tiempo empezaron a morir. Exactamente por qué no estaba claro. Fue por el hongo o por el calor excesivo, dijo. "Las condiciones del baño no eran óptimas, era muy caliente, se secan rápido”, señaló.

La pandemia le impidió salir a recolectar más hormigas, por lo que cambió su enfoque y ahora está estudiando la interacción de las hormigas y una pequeña rana depredadora.

Desde entonces, Panamá ha aliviado sus restricciones pandémicas y el Smithsonian está reabriendo sus instalaciones allí. Gálvez ha podido retomar el trabajo de campo y la supervisión de alumnos.

“Si no hubiese sido por la pandemia, no habría puesto yo las energías en pensar en alterativas... y probablemente nunca hubiese hecho este proyecto”, aseguró.