El palo desde el Washington Post al PP por sus palabras sobre América Latina

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“Me sorprende que un Papa que habla español critique nuestro legado, que fue llevar el castellano y el catolicismo, y por lo tanto la civilización y la libertad, al continente americano”, dijo la presidenta de la Comunidad de Madrid desde Washington a finales de septiembre como respuesta al Papa Francisco por pedir perdón “por los errores del pasado” cometidos por la Iglesia en la colonización de México.

A pesar de que Francisco no es el primer Papa que pide disculpas –también lo hicieron Benedicto XVI y Juan Pablo II– las palabras de Ayuso fueron secundadas por varios dirigentes del PP y se convirtieron en el pistoletazo de salida de una nueva cascada de declaraciones que, bajo el punto de vista de algunos escritores y analistas, es un nuevo intento de reescribir la historia.

El Washington Post acaba de publicar un artículo de opinión del periodista y escritor peruano, Marco Avilés, que pone en evidencia cómo “la derecha española trata de reescribir la historia” mientras muchos intelectuales latinoamericanos “caen de forma estrepitosa” en la manipulación e idealización de la colonia.

Artículo de opinión en The Washington Post contra la derecha española (The Washington Post).
Artículo de opinión en The Washington Post contra la derecha española (The Washington Post).

Un caso paradigmático es el del peruano nacionalizado español, Mario Vargas Llosa, presente en la convención nacional del PP, donde personalidades como José María Aznar hablaron del “indigenismo” como “nuevo comunismo”. 

El Nobel de Literatura, por su parte, quiso dejar claro que el problema de América Latina es que la gente vota mal: “Lo importante en unas elecciones no es que haya libertad en esas elecciones, sino votar bien. Los países que votan mal, lo pagan caro”.

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Una ovación de los allí presentes sellaba un nuevo (¿o viejo?) enemigo, un nuevo pegamento en la dialéctica de la derecha española, un nuevo fantasma al que perseguir, un nuevo “ellos” contra “nosotros”.

El indigenismo, explica la columna del Washington Post, fue una corriente cultural y política del siglo pasado que permitió dar visibilidad a las personas indígenas. Personas que ya estaban ahí cuando llegaron los colonizadores hace más de cinco siglos y cuya cultura, lengua y costumbres fueron asimiladas, absorbidas y poco a poco eliminadas o abandonadas en los márgenes.

El escritor Avilés lo encarna en su abuela Nieves, que tenía prohibido hablar con sus nietos en quechua, en su idioma. En sus recuerdos de los años 80, ella “intenta decirme cosas en un idioma que no entiendo y cuando eso ocurre siempre hay alguien alrededor reprendiéndola: que está mal hablar en quechua frente a los niños, que si la escuchan en la calle nadie la respetará”.

Manifestaciones anticoloniales en Barcelona el 12 de octubre. (Photo by Thiago Prudêncio/SOPA Images/LightRocket via Getty Images)
Manifestaciones anticoloniales en Barcelona el 12 de octubre. (Photo by Thiago Prudêncio/SOPA Images/LightRocket via Getty Images)

Los imperios tuvieron ventajas e inconvenientes, claros y oscuros, y es clave aceptar la historia con sus matices. La llegada de los europeos a América supuso muchos avances pero también retrocesos, una homogeneización cultural, violencia y sometimiento. Lo que un escritor contemporáneo como Avilés denomina “la guerra fría contra nuestra identidad” en la calle y en las casas aún varios siglos después. 

“El mestizaje es una ideología funcional para las élites pues vuelve tolerable y hasta normal la extinción de lenguas y pueblos indígenas”, explica. El periodista es muy duro con la derecha española, cuyos discursos tacha de “racistas-imperialistas” y critica la aparente indiferencia de la intelectualidad latinoamericana. “El rechazo al quechua cuando era niño”, cuenta, “era una cirugía cultural que se practicaba en la mayoría de hogares como el mío”.

Situar a los indígenas como enemigos de España parece responder exclusivamente a una estrategia política de confrontación. Alabar el imperialismo español, del mismo modo que demonizarlo, no constituye un relato histórico fiable sino una forma de manipularlo. No hace falta negar la realidad de los indígenas y su derecho a ser, del mismo modo que no es necesario derribar estatuas de Cristóbal Colón. La historia siempre está repleta de matices. En nada se parece a una novela de buenos y malos.

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