El país ha dado vuelta a la página, pero su dolor no tiene fin

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Jeon In-suk, un voluntario, guía a los visitantes por el museo dedicado a las víctimas del ferry Sewol en Ansan, Corea del Sur, el 27 de mayo de 2022. (Woohae Cho/ The New York Times).
Jeon In-suk, un voluntario, guía a los visitantes por el museo dedicado a las víctimas del ferry Sewol en Ansan, Corea del Sur, el 27 de mayo de 2022. (Woohae Cho/ The New York Times).

ANSAN, Corea del Sur — Su habitación sigue tal como la dejó el día en que se fue de viaje de estudios en 2014. Su cama sigue hecha con la misma almohada y la misma cobija. El trofeo que ganó en un concurso de piano luce orgulloso en un estante. En su escritorio están su computadora y su celular, intactos junto a algunas de sus golosinas favoritas.

Lee Ho-jin murió hace ocho años a la edad de 16 años, uno de los 250 estudiantes de segundo año que perdieron la vida cuando el ferry Sewol se hundió frente a la costa suroeste de Corea del Sur el 16 de abril de 2014. Ese día murieron más de 300 personas, todos los estudiantes procedían del bachillerato Danwon de Ansan, ciudad situada al sur de Seúl.

Los surcoreanos se unieron rápidamente a las familias de las víctimas tras el suceso, unidos en su indignación. Sin embargo, la catástrofe más traumática de Corea del Sur en tiempos de paz pronto dividió al país, pues los críticos consideraron que la búsqueda de las familias de rendición de cuentas y compensaciones adecuadas era una campaña antigubernamental. Ocho años después, presionados por el tiempo y la vida cotidiana, gran parte del país ha seguido adelante, mientras que Ansan parece paralizada en el dolor.

Para los forasteros, la ciudad quizá se vea como cualquier otra de Corea del Sur, con sus barrios tranquilos y sus altos edificios de departamentos. En las cafeterías, las parejas jóvenes hablan sobre los precios de la vivienda y el costo de criar a los hijos. No obstante, una mirada más atenta revela las formas en que Ansan sirve de monumento a las víctimas y aún lucha por asimilar las lecciones que la catástrofe trajo a todo el país.

Las familias de Ansan afirman que al menos tres padres se han suicidado tras perder a sus hijos en el hundimiento. Algunas familias se han desintegrado por el divorcio. Otras se han mudado a otras partes para llorar solas. Otras se han unido para consolarse mutuamente, mantener vivo el recuerdo de sus hijos y ayudar a la nación a comprender la profundidad de su sacrificio.

Un monumento en forma de ballena amarilla ahora se encuentra en el patio del Instituto de Bachillerato Danwon. En el Aula Conmemorativa 4.16, un museo dedicado a los estudiantes, se recrean las aulas de las víctimas con pupitres, pizarrones y otros muebles de la escuela. Los visitantes se dan cuenta de la enormidad de la pérdida cuando se recitan los nombres de los 250 estudiantes y 11 profesores que se ahogaron al final de una presentación en video.

“Vengo al aula de mi hijo para ver su nombre, su fotografía y su pupitre, y recobrar poder”, comentó Jeon In-suk, de 51 años, que perdió a su único hijo, Im Kyong-bin, y empezó a trabajar como guía voluntaria en el museo el año pasado. Antes de eso, había acampado frente a la oficina presidencial en Seúl durante tres largos meses de invierno, exigiendo una respuesta para saber si la negligencia de las autoridades durante la operación de rescate contribuyó a la muerte de su hijo.

Kim Mi-ok, la madre de Lee Ho-jin, víctima del ferry Sewol, lee mensajes de sus amigos en su habitación en Ansan, Corea del Sur, el 27 de mayo de 2022. (Woohae Cho/ The New York Times).
Kim Mi-ok, la madre de Lee Ho-jin, víctima del ferry Sewol, lee mensajes de sus amigos en su habitación en Ansan, Corea del Sur, el 27 de mayo de 2022. (Woohae Cho/ The New York Times).

Las familias hablaron del dolor visceral que las persigue y de cómo las ciudades que sufren tragedias, como Uvalde, Texas, cargan con el peso de una pérdida que solo las víctimas y los familiares pueden comprender de verdad. Pero los padres también dijeron que han aprendido que no hay otra forma de enfrentarse a la calamidad más que vivir el dolor.

“Cuando es muy difícil, solo tienes que llorar; no hay manera de evitarlo”, aseguró Kim Mi-ok, la madre de Ho-jin. “Nadie, nada, puede consolarte”. Se ha negado a reportar la muerte de su hijo al gobierno y sigue pagando la factura mensual de su celular como si algún día pudiera volver a escuchar su voz en la línea.

“Cuando lo extraño, me acuesto en su cama, abrazo su almohada, huelo su olor y lloro”, relató Kim, de 53 años.

El día en que se hundió el ferry Sewol, las imágenes en vivo de la embarcación volcada, que desapareció lentamente bajo el agua, se difundieron por todo Corea del Sur. Pescadores y rescatistas mal equipados intentaron con desesperación romper las ventanas y salvar a los pasajeros atrapados en el interior. Los celulares rescatados de los restos mostraron videos de niños que se despedían de manera frenética de sus padres mientras las frías olas llenaban sus camarotes.

La catástrofe había nacido de la codicia y la negligencia. El propietario del Sewol había añadido literas adicionales, lo que hizo que el transbordador estuviera sobrecargado. En su último viaje, transportaba el doble del límite legal de carga, tras haber vertido la mayor parte del agua de lastre que habría ayudado a estabilizarlo. Los reguladores dictaminaron que el barco estaba en condiciones de navegar. Pero cuando hizo un giro brusco mientras luchaba contra una fuerte corriente, perdió el equilibrio.

Mientras se sumergía, la tripulación pedía a los pasajeros por el intercomunicador que esperaran en sus camarotes. El primer barco de guardacostas que llegó al lugar no hizo más que recoger a los miembros de la tripulación que huían, incluido el capitán, Lee Joon-seok, mientras los pasajeros atrapados en el interior golpeaban las ventanas y el barco descendía lentamente bajo las olas. El gobierno en un principio declaró a la nación que todos los pasajeros habían sido rescatados. De las 476 personas a bordo del Sewol, solo 172 fueron rescatadas.

Más de 150 reguladores, miembros de la tripulación, inspectores de barcos y funcionarios de empresas de transbordadores y de carga han sido acusados por su participación en el desastre. Corea del Sur endureció las normas de seguridad y promulgó leyes para reprimir la corrupción y a las empresas que anteponen los ingresos a la seguridad.

Las familias de Ansan calificaron las múltiples rondas de investigaciones del gobierno como una cortina de humo porque nunca investigaron de manera adecuada el papel de la incompetencia de las autoridades y ninguno de los altos funcionarios a los que responsabilizan ha ido a la cárcel. Los padres enfadados acamparon en el centro de Seúl, algunos llevaron a cabo huelgas de hambre de varias semanas, exigiendo una investigación más exhaustiva. Está previsto que un nuevo grupo de investigación termine su trabajo este mes.

Lo más abrumador de todo ha sido el sentimiento de culpa de los padres, que sienten que no supieron proteger a sus hijos y les atormenta el recuerdo de cómo murieron.

Cuando se enteró de la noticia del Sewol, Kim, la madre de Ho-jin, llamó de inmediato a su hijo al ferry. “Mamá, no te preocupes. Veo a los guardacostas por la ventana”, recuerda Kim que le dijo su hijo. “Te veré cuando vuelva a casa”.

Cuando lo llamó de nuevo, no respondió. El cuerpo de Ho-jin fue recuperado dieciséis días después y, según la costumbre funeraria coreana, fue enterrado tres días después. Era el 5 de mayo, el Día del Niño en Corea del Sur.

© 2022 The New York Times Company

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