El país se desangra por la violencia armada y habrá más lágrimas | Opinión

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Después de la matanza en Uvalde, Texas, se han producido más tiroteos en distintas partes de Estados Unidos. Sin ir más lejos, hace unos días un atacante mató a tres personas e hirió a al menos otras cuatro en una fábrica en Maryland. Puede decirse que cada semana se informa de una masacre. Lo que oscila es el número de muertos en los sangrientos sucesos.

Sin duda los hechos en Uvalde, con 19 niños y dos adultos muertos en la escuela primaria de la localidad, todavía resuenan en la psiquis colectiva por los escalofriantes testimonios que han salido a la luz en audiencias que se han llevado a cabo en Washington. Los que han sobrevivido, con casi toda seguridad arrastrarán las secuelas psicológicas y físicas de una catástrofe que fue posible por la fácil adquisición de un mortífero rifle semiautomático AR-15.

Asimismo, quienes hayan escuchado con detenimiento estos alegatos no pueden pasar por alto la monstruosidad de que en Estados Unidos se haya “normalizado” la frecuencia de estos tiroteos y el uso de rifles de asalto que multiplican las probabilidades de matanzas masivas.

A la vez que relataban un asalto que se prolongó durante casi dos horas sin que interviniera la policía que llegó al recinto escolar, los valedores de la tenencia de este tipo de armas insistían en que se pretende acabar con la Segunda Enmienda y las libertades de quienes quieren portar armas sin apenas restricciones. Hacían oídos sordos al estruendo de testimonios narrados por niños que milagrosamente se salvaron de las ráfagas.

Defender los intereses de la Asociación Nacional del Rifle (NRA) es ignorar con desdén las palabras anegadas en lágrimas de un maestro, Arnulfo Reyes, que vio morir a sus 11 alumnos y que no puede perdonar a agentes del orden que no cumplieron con su deber de proteger las vidas de civiles inocentes. Este educador que nunca más entrará a un aula asegura, contrario a lo que dicen quienes abogan por las armas, que ningún entrenamiento o táctica en las escuelas sirve de nada frente a alguien armado con un rifle de asalto.

Quienes repiten la perversa consigna de que las pistolas no matan sino quienes aprietan el gatillo, le dan la espalda a las declaraciones del doctor Roy Guerrero, el pediatra de Uvalde que trataba desde pequeños a muchos de los alumnos muertos, en unas audiencias que han estremecido a la nación.

El doctor Guerrero recordó los cuerpos agujereados y decapitados de chiquillos que eran irreconocibles en los charcos de sangre. Trozos de vidas esparcidos en la orgía de una masacre cuya antesala siempre es la venta frívola y rápida en una armería de las tantas que ocupan los centros comerciales del país.

Unos días después de las audiencias presididas por el Congreso habló en la Casa Blanca el actor Matthew McConaughey, nativo de Uvalde. McConaughey, que no oculta su afición a las armas, pronunció un emotivo discurso en el que pidió encarecidamente que haya un mayor control y recalcó la importancia de defender la vida por encima de intereses partidistas. Ha llegado la hora, dijo, de impulsar una reforma de la legislación de armas. Las palabras de esta estrella de Hollywood tuvieron un mayor impacto que cualquier arenga política.

Pero la reconocida estrella de Hollywood, al igual que los legisladores en Washington, se quedó corta a la hora de pedir más restricciones. No basta con exigir que se aumente la edad para comprar un arma de 18 a 21 años. En realidad ningún civil, no importa los años que tenga, debe tener acceso a rifles de asalto con los que en cuestión de segundos se puede desatar una verdadera carnicería. Lo verdaderamente asombroso es que una sociedad haya llegado a aceptar la extendida circulación de este tipo de armas.

El doctor Guerrero hizo una comparación muy certera: los legisladores son como doctores y la nación es el paciente, con una población tendida en la sala de operaciones y atravesada por balas como los niños de Uvalde y otras escuelas. Quiso señalar, y no se equivoca, que Estados Unidos literalmente se desangra mientras los políticos no derraman una gota de sangre en su incompetencia.

Dicen que en el hospital retumbaba el llanto de los padres de los niños de Uvalde. Habrá más lágrimas.

Siga a Gina Montaner en Twitter: @ginamontaner. ©FIRMAS PRESS

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