En la oscuridad: Puerto Rico después del temblor

Patricia Mazzei and Erika P. Rodriguez
Un terremoto de magnitud 5,8 sacudió el suroeste de Puerto Rico antes del amanecer del 6 de enero. Debido a su intensidad cayeron piedras en las carreteras, se rompieron las paredes de las casas y sacó a la gente de sus camas. (Érika P. Rodríguez / The New York Times)

GUÁNICA, Puerto Rico — Era la tercera noche interminable que vivían al borde de una carretera en su destruido pueblo puertorriqueño, pero esta vez los tres niños acurrucados en un colchón inflable tuvieron una gran diversión: pusieron un televisor de pantalla plana sobre unas cajas de leche y pudieron jugar “Mortal Kombat 11”.

El sistema se conectaba a un generador portátil que estaba en la plataforma de una camioneta estacionada en una zona cubierta de hierba, junto a la salida de la autopista. La pantalla del televisor se iluminaba cuando los autos pasaban a solo unos metros de distancia.

“Ya llegó la noche”, se lamentaba Ana Ayala, de 37 años, madre de dos de los niños, mientras se ponía un suéter para protegerse del frío nocturno. “Esta es la parte más larga”.

Esta es la nueva rutina agotadora que viven miles de personas en el sur de Puerto Rico desde que un terremoto de magnitud 6,4 sacudió a la isla el 7 de enero, un día después de un terremoto de magnitud 5,8. Las autoridades les han pedido que se queden con sus familiares o que al menos se congreguen en campamentos al aire libre para recibir alimentos y asistencia médica.

Pero los Ayala, así como muchas otras familias que temen regresar a sus viviendas ubicadas en edificios que podrían colapsar en futuros terremotos, han insistido en establecer campamentos en otros espacios públicos, lo que representa un nuevo desafío para los saturados servicios gubernamentales y trabajadores humanitarios. Las calles bordeadas de casas parecen pueblos fantasmas, mientras que las zanjas y los estacionamientos están repletos de sillas, carpas y catres.

El 9 de enero, Rafael Rodríguez Mercado, el secretario de Salud de Puerto Rico, instó a estas personas que voluntariamente evacuaron sus viviendas a que se trasladaran a los campamentos administrados por el gobierno por su seguridad y para evitar un brote de enfermedades gastrointestinales.

Algunos campamentos, como el que está localizado al costado de una carretera en Guánica, no tienen acceso a agua corriente ni a baños.
No se trata de que los Ayala y las otras cinco familias que acamparon allí, todos parientes, amigos o vecinos, no quieran que se les brinde asistencia en un refugio administrado por el gobierno.

Pero José Luis Casiano, el esposo de Ayala, quería estar en un terreno más alto y más cerca de la carretera que conduce a la ciudad en caso de que sucediera un tsunami, lo que quizás es el mayor temor entre los residentes después de más de una semana de temblores inquietantes. Casiano y los demás se aventuraron por primera vez a esa zona cubierta de hierba el 28 de diciembre, aunque al principio pasaron la noche en sus autos.

Después de la gran sacudida del 7 de enero que, de manera breve, provocó una alerta de tsunami y activó el sistema local de sirenas, las familias se establecieron allí estacionando media decena de vehículos en un semicírculo protector alrededor de una tienda azul.

“No he visto una cama desde el Día de los Reyes Magos”, dijo José David Quiñones Nazario, de 40 años, quien estaba sentado en una silla de jardín con un matamosquitos en la mano, mientras los insectos pululaban al anochecer.

En la tarde del 8 de enero, el hijo de 10 años de Ayala, Yonatan Elí García, lucía un traje de baño rojo e improvisó una ducha detrás de la puerta abierta de una camioneta, mientras su abuela cubría el otro lado con una toalla y su abuelo vertía litros de agua sobre su cabeza. El café de la tarde se preparó en una cafetera eléctrica ubicada sobre una caja y conectada al generador portátil.

Una toalla y unos “jeans” se secaban en las ramas de los árboles. Entre dos grupos de árboles, Casiano, de 37 años, colgó un par de hamacas a rayas. Un racimo de plátanos verdes estaba colgado en la tienda.

Lo que también complicaba el regreso a casa es que el 9 de enero aproximadamente la mitad de la isla —850,000 personas— no tenía electricidad. José Ortiz, director de la Autoridad de Energía Eléctrica de Puerto Rico, dijo que la empresa de servicios públicos esperaba restaurar completamente el servicio eléctrico para el 12 de enero, pero a principios de semana hizo algunas estimaciones optimistas que han resultado ser erróneas. La gobernadora Wanda Vázquez fue más cautelosa.

“No podemos hablar de fechas exactas”, dijo. “Nadie puede decir eso”.

Los funcionarios de transporte cerraron una parte de la carretera principal desde San Juan, la capital, a la afectada ciudad sureña de Ponce, debido a los graves daños estructurales que sufrió el techo de una estación de peaje ubicada cerca de esa población.

El 9 de enero, los funcionarios de la Agencia Federal para el Manejo de Emergencias (FEMA, por su sigla en inglés) se reunieron con los alcaldes locales para evaluar sus necesidades. Ángel Luis Torres, alcalde de Yauco, dijo que abandonó la reunión en Ponce debido a su frustración ante la compleja burocracia que no le ayudó a llevar agua, generadores y tiendas de campaña a las casi 3000 personas en su pueblo que están durmiendo afuera de sus casas.

Él teme que la gente se niegue a regresar a sus hogares hasta que los ingenieros los inspeccionen. Pero con unas 300 casas dañadas por el terremoto, solo en su ciudad, los inspectores escasean.

“¿Cómo vamos a decirle a la gente que regrese a sus casas?”, preguntó Torres.

En el campamento de la carretera en Guánica, los trabajadores municipales han venido todos los días para llenar un enorme recipiente de agua potable que Ayala y sus vecinos utilizan para enjuagar y lavar los cubiertos.

En la noche del 8 de enero, el reverendo Luis Vidal Ortiz de la Iglesia de Dios Pentecostal se detuvo en un pequeño autobús escolar amarillo y les entregó paquetes de papas fritas, galletas y productos de higiene personal. Invitó a las familias para que el 10 de enero visitaran la iglesia donde recibirían una comida caliente. Más tarde, un convoy de camiones de plataforma, dirigido por el alcalde y otros funcionarios públicos, llegó con botellas de agua. Un equipo instaló un proyector portátil al otro lado de la calle por seguridad.

En un complejo deportivo cercano, donde el gobierno administra un campamento local, los evacuados tuvieron acceso a baños interiores, aunque sin agua corriente, así como a una clínica móvil, una cena de arroz con pollo, médicos voluntarios y un grupo de psicólogos que ofrecen actividades de terapia artística y asesoría en casos de crisis.

Las familias que están en el campamento de la carretera reconocieron que, de hecho, se sentían en medio de una crisis. Los ojos de Casiano se llenaron de lágrimas al recordar el gran terremoto del 7 de enero. Dijo que su pastor alemán, Zukari, había estado actuando de manera extraña justo antes: respiraba con dificultad y levantaba la cabeza en alerta. Desde entonces, “hemos sentido que la tierra tiembla incluso cuando no está temblando”, dijo Casiano. “Por la noche, nos estremecemos dos veces: por el temblor y por el frío”.

This article originally appeared in The New York Times.

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