¿Oportunidad o trampa mortal? El regreso de los talibanes también incomoda a China

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Hace dos semanas, el ministro de Relaciones Exteriores chino recibió al mullah Baradar en Tianjin y desató especulaciones
Li Ran

PEKÍN.- En aquella foto de Wang Yi, ministro de Relaciones Exteriores chino, y el mullah afgano Abdul Ghani Baradar, confluyeron dos mundos: ateísmo y radicalismo islámico, progreso supersónico y distopía medieval. Ocurrió dos semanas atrás en Tianjin, a una hora de Pekín, y arreciaron los juicios simplistas. China se alía con los terroristas, China ocupa el vacío estadounidense, China ansía los recursos naturales afganos. La realidad es más prosaica: China gestiona un problema mayúsculo en su patio trasero con un serio peligro de contagio y sin más directriz que minimizar daños.

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Las tropas estadounidenses en Afganistán fueron la excepción a los lamentos chinos por la atosigante presencia militar de Washington en sus fronteras porque durante dos décadas estabilizaron un país genéticamente inestable. Los lamentos llegaron con su partida. Lo resumió Wang: “Estados Unidos, que creó el problema afgano, debe actuar con responsabilidad y asegurar una transición ordenada. No puede irse dejando todo el lío detrás y pasar la carga a otros”.

China recurrió, como siempre, al pragmatismo. En Tianjin se sentaron las bases de esa alianza contra natura. China pidió que se protegieran sus inversiones y ciudadanos y que el país no fuera de nuevo un refugio de terroristas. Dio garantías el mullah, pero China siguió pidiendo a los suyos que se marcharan a la carrera. Los talibanes obtuvieron un gaseoso compromiso de ayuda en la reconstrucción del país y el barniz de legitimidad global que otorgaba la foto. Las tropelías chinas sobre los uigures, un asunto que debería de irritar a cualquier musulmán, quedaron fuera del orden del día. Tampoco escasea de pragmatismo el extremismo islámico.

Uighurs China
GREG BAKER


Miembros de la comunidad uigur en una mezquita en Xinjiang (GREG BAKER/)

El terrorismo es la principal inquietud de Pekín. China y Afganistán comparten una frontera minúscula de 80 kilómetros en el corredor de Wakhan. En las provincias afganas de Badakhshan, Kunduz y Takhar, cercanas a China, se juntaban el pasado año unos 500 miembros del Movimiento Islámico del Turkestán Oriental (ETIM), según la ONU. Hay certezas sobre su peligrosidad. El grupo uigur cometió numerosos atentados en China hasta que el control policial en Xinjiang los imposibilitó, está en la lista de organizaciones terroristas de la ONU y sólo las fricciones entre las dos superpotencias explica que Estados Unidos lo sacara de la suya el año pasado. Existen dudas razonables sobre la voluntad y capacidad de los talibanes de embridar a una organización afín.

La acrisolada pulsión de los talibanes por promover versiones radicales del islamismo en Afganistán y el resto del mundo impide la calma de Pekín a pesar de aquellas garantías de Tianjin, opina Tong Zhao, experto en seguridad del Centro Carnegie-Tsinhua. “China ha tomado medidas dramáticas para estabilizar Xinjiang y lo último que quiere es que se extienda el integrismo en su frontera, por eso está mirando la situación con ansiedad e intentando contener los daños”, añade.

Los expertos mejor informados han desmontado el mito de las inversiones chinas en Afganistán. Son mínimas, tanto en infraestructuras como en recursos naturales. “Son pequeñas y muy por debajo de su potencial”, sentó el pasado año un informe de Brookings Institution. La Corporación Metalúrgica de China firmó un contrato en 2007 para extraer cobre en Mes Aynak y la Corporación Nacional de Petróleo China se adjudicó una explotación en Amu Darya cuatro años después. Los dos proyectos merecieron titulares pomposos pero siguen en el limbo. Tampoco ha avanzado el ramal afgano del corredor económico entre China y Paquistán. Si China apenas invirtió en un país razonablemente sólido, es improbable que aumente su interés en este de incertidumbres.

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Su huella, en cambio, es ubicua en Asia Central, así que preocupa que ahí resuenen los ecos de la victoria talibana y alimenten movimientos similares. Esa es la vía de salida de la nueva Ruta de la Seda, el megaproyecto de comercio global. Nueve trabajadores chinos fallecieron en julio en un atentado en Pakistán que los expertos atribuyen al ETIM.

Los talibanes no suponen más peligro para China a corto plazo pero a medio y largo tendrá que prestar más atención a “un socio inherentemente inestable que está sentado en su frontera y del que no puede confiar plenamente en que cumpla lo que pretende”, señala Raffaello Pantucci, experto en terrorismo en la zona del Royal United Services Institute de Londres. “Hay preocupaciones serias sobre la posibilidad de que grupos uigures o antichinos usen Afganistán como base de operaciones”, añade.

La prensa nacional alude estos días a la enésima “humillación” del evangelismo democratizador de Estados Unidos y defiende la diplomacia no intervencionista china porque, aunque menos sexy, no arruina países. También aclara que China no enviará tropas ni se involucrará más de lo necesario en esa “tumba de imperios”. La huida estadounidense no convierte Afganistán en una oportunidad de oro para China sino en un complejo sudoku.

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