Opinión | Vivir en un campo minado

les

Estoy seguro de que no fue su intención salvarnos, sino que, de alguna manera intentó salvarse a sí mismo. Una enfermedad mental mal diagnosticada y/o sin el correcto tratamiento es una bomba de tiempo cubierta de piel, músculos y huesos.

Tic, toc…

Efraín tenía 12 años cuando después de varios meses de obvio deterioro gracias a uno de sus maestros fue enviado con el consejero escolar, quien recomendó a nuestros padres llevarlo a un psiquiatra, incluso a un neurólogo para descartar cualquier cosa. Ellos habían crecido en una zona rural a un par de horas de la ciudad sin oportunidad de asistir a la escuela,  obligados a trabajar desde muy corta edad para ayudar al sustento de sus familias,  que en ambos casos dormían apretadas en casas de una habitación. Siempre he sabido que esto influyó en que ambos decidieran juntarse y mudarse a la ciudad al cumplir 15 años, ninguno platicaba mucho de su infancia, del campo o el pasado a menos que fuera para reprocharnos todo lo que nos daban y ellos jamás imaginaron; la oportunidad de estudiar, tiempo para hacer tarea, comida en la mesa, electricidad, agua caliente e inodoros de cerámica. No entendían porque su hijo necesitaba ver a un especialista para revisarle la cabeza, en sus tiempos nomás los flojos podían estar tristes, los demás no tenían tiempo para esas estupideces, había que trabajar, llorar era un lujo que no estaba a su alcance a menos que quisieran que sus padres les dieran verdaderos motivos para hacerlo.

Para mi padre los problemas psicológicos eran invento de charlatanes que no quieren trabajar y que sólo andan buscando pretextos para quejarse. Para él la única manera de vivir la vida era agarrando al toro por los cuernos, bueno, a menos que anduviera distraído en alguna cantina después de un mal día, semana o una de esas rachas que de pronto le agarraban. Mi madre por su parte hacía lo que podía y ya, trabajaba, se encargaba de que hubiera comida y se callaba mientras dirigía los ojos a otro lado cuando nuestro padre nos confundía con intrusos, ladrones y entre puñetazos nos gritaba hasta quedarse sin voz, ni fuerza.

Tic toc…

Pasaron un par de semanas más antes de que, el negro alrededor de sus ojos se hiciera más profundo, era notoria su pérdida de peso, ni el pastel de migas con atún – su favorito- le reactivaba el hambre, o las ganas de comer, ese día mamá llamó al centro de salud y lo acompañó a una cita con el psiquiatra en turno. Diagnóstico: Trastorno depresivo mayor.

Según lo que pude saber en ese momento, llevaba meses así, las complicaciones en esta etapa eran severas, estaba muy deteriorado físicamente y era obvio que no la estaba pasando bien viviendo consigo mismo, el tratamiento que se le recomendaba incluía medicamentos, suplementos alimenticios, terapia familiar, monitoreo semanal y seguimiento con nutricionista. Por lo menos por entre 4 a 6 meses y después ajustarían de acuerdo a lo necesario, lo importante era comenzar a la brevedad. Mi padre no pensaba lo mismo.

Tic toc…

A escondidas mamá le daba los medicamentos, cuando llegaba temprano, cuando se acordaba y lo más importante; cuando mi papá no estaba cerca, a veces me los encargaba a mí, no podíamos dejárselos a Efra porque su falta de ánimo lo hacía parecer completamente desinteresado en el momento presente, durante el día estaba aletargado y durante la noche no descansaba, era como si su mente y él no estuvieran de acuerdo y actuaran por separado. Dos meses después apenas y se había acabado la primera caja de sus medicamentos, no había cambios muy notorios, se pronto se le veía con más energía pero eran como brotes de luz en medio de una tormenta, que sólo se logran ver por unos segundos para luego desaparecer en la oscuridad.

El jueves de esa semana llegué tarde, había estado haciendo tareas en casa de una compañera de la clase, el sonido de la puerta y mis pasos fueron ahogados por los gritos que provenían de la cocina, habían entregado calificaciones y citado a mis padres, la situación para la escuela era crítica, de no ver mejoras iban no sólo a reportar a Efraín sino también a mis padres por no tomarse en serio sus cuidados.

Tic toc…

Mi madre lavando ropa en el patio. Mi padre y Efraín sentados frente a frente en la mesa de la cocina, entre los dedos toscos de mi padre; un arma. Lentamente le quitó el seguro y mirando directo a los ojos le dijo “Demuéstrame que me equivoco, si de verdad eres tan infeliz y estás tan triste ¿por qué no te matas y ya?”

La explosión

Por primera vez hubo silencio, no por mucho, fueron un par de segundos antes de que nuestra madre llegara corriendo ya con los ojos hinchados en agua, como si lo hubiera empezado a llorar hace horas, corrí a encerrarme en el cuarto del teléfono, llamé a la policía y antes de poder pensarlo dos veces les dije todo lo que había visto, si, el gatillo lo había jalado Efraín pero mi padre lo había asesinado.

Han pasado tres años, tanto mi madre como yo seguimos yendo a un grupo de apoyo, Efraín está con nosotros todos los días a pesar de haberse ido, nos liberó tanto de nuestro padre como de las ideas preconcebidas sobre las enfermedades mentales. Llevo varios meses en tratamiento, no sé qué sería de mí sin esto, una segunda oportunidad, una nueva vida fue lo que nos dejó. Pero no tenía que haber pasado, a él nunca le enseñamos como quitarle el seguro al arma.