Opinión: ¿Visitar a tu familia es malo para el planeta?

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El año pasado, la pandemia hizo que me perdiera el Día de Acción de Gracias en casa de mi hermana en Minnesota. Este año, habría caminado sobre el fuego para llegar hasta su pastel de batata dulce.

Cuando fui a reservar mis boletos de avión, me vi obligada a enfrentarme a algo inesperado: la culpa. Junto al precio y la hora de salida, apareció una nueva columna de datos en Google Flights: las emisiones de carbono asociadas a cada boleto. De acuerdo con Google, un vuelo sin escalas de JetBlue de Boston a Minneapolis genera unos 288 kilogramos (0,288 toneladas métricas) de dióxido de carbono por pasajero. Sun Country, la aerolínea de las gangas, solo le cuesta al planeta unos 204 kilogramos.

La aviación representa menos del tres por ciento de las emisiones mundiales de carbono, pero para los viajeros frecuentes, es la mayor fracción de nuestra llamada huella de carbono personal. En 2018, solo el uno por ciento de la población mundial representó más de la mitad de las emisiones de carbono relacionadas con la aviación. Casi el 90 por ciento de la población mundial no voló en absoluto ese año. Cerca de la mitad de toda la población estadounidense no tomó un solo vuelo en 2017, pero un pequeño grupo de “superemisores” hizo seis viajes o más y fue responsable de unos dos tercios de los vuelos.

Esos cálculos han llevado a un número creciente de personas, en especial en Europa, a renunciar por completo a volar y a obligar a otros a hacer lo mismo. El “flight shame” (avergonzar a alguien por volar), o flygskam como le llaman en Suecia, se está extendiendo.

El sitio web FlightFree, dedicado a persuadir a la gente para que renuncie a viajar en avión, incluye los testimonios de estadounidenses que se han comprometido a quedarse en tierra. En él se mencionan las declaraciones de un legislador estatal de Vermont, un reverendo de Massachusetts e incluso un expiloto que explican por qué creen que ya no es razonable volar. Una mujer de California que siempre había soñado con visitar Nueva Zelanda dijo que ahora se había resignado a la idea de que nunca iría, “a menos de que pueda encontrar un barco que me lleve”.

La herramienta más poderosa que utiliza FlightFree para avivar la culpa climática es su calculadora de emisiones, que estima que un vuelo genérico de Boston a Minneapolis emite 0,7 toneladas métricas de equivalente de CO2 por pasajero, más del doble de la cantidad calculada por Google. El sitio sigue diciendo que esa cantidad es suficiente para derretir dos metros cuadrados de hielo marino del Ártico. Me dicen que renunciar a mi viaje a Minnesota para el Día de Acción de Gracias sería un sacrificio climático equivalente a renunciar a la carne durante 1,2 años.

No obstante, la culpa y la vergüenza tienen sus límites. Si la lucha contra el cambio climático empieza a significar renunciar a la posibilidad de ver a la familia durante las fiestas, la mayoría de los estadounidenses no se sumarán.

Lo más impresionante del algoritmo de Google es que incita la cantidad justa de culpa climática sin decir una palabra sobre el hielo del Ártico. Los vuelos con emisiones mucho más altas que la media reciben una etiqueta de advertencia. Los vuelos con emisiones mucho más bajas obtienen una insignia verde. Por lo demás, las cifras hablan por sí solas.

La gente puede tenerlas en cuenta a la hora de reservar un vuelo, o ignorarlas por completo, pero resulta que la culpa puede ser persuasiva: Quienes pueden ver las emisiones de carbono de cada vuelo son más propensos a evitar los vuelos con mayores emisiones.

Eso es lo que esperaban los ingenieros de Google en Zúrich cuando fueron pioneros en este proyecto en 2019, el año en que “flygskam” despegó como frase en los países de habla inglesa. Diseñaron el algoritmo para tener en cuenta la eficiencia del combustible del motor de cada avión, así como el número de pasajeros que pueden caber a bordo de ese tipo de aeronave. (Volar en clase económica y sin escalas tiende a reducir tus emisiones).

Elegir los boletos de avión más eficientes en cuanto a consumo de combustible puede reducir la huella de carbono de manera drástica sin grandes sacrificios. Un documento de trabajo del Consejo Internacional de Transporte Limpio, subtitulado “The Case for Emissions Disclosure” (El caso de la divulgación de las emisiones), descubrió que elegir el itinerario menos contaminante de una ruta podía emitir un 63 por ciento menos de CO2 que la opción más contaminante, y un 22 por ciento menos que el vuelo medio.

Durante un tiempo, los usuarios tuvieron que escudriñar en búsqueda de la información de Google sobre las emisiones de carbono, pero el mes pasado, justo antes de la cumbre climática celebrada en Glasgow, Google incluyó las emisiones de CO2 de manera directa en los resultados de las búsquedas para que todo el mundo las viera. La empresa tiene la intención de compartir su modelo con otras plataformas de viajes, con la esperanza de que los cálculos de las emisiones de carbono sean más estándar y, por lo tanto, más creíbles a los ojos del público, me comentó James Byers, gerente de producto sénior de Google.

En la actualidad, las estimaciones de la huella de carbono de los vuelos son muy dispares. Por ejemplo, Kayak, otro sitio de viajes que les permite a los clientes buscar vuelos de bajas emisiones, suele presentar cálculos muy diferentes a los de Google. (Las estimaciones de Kayak proceden de una organización alemana sin fines de lucro llamada Atmosfair, que utiliza una metodología diferente).

Los ingenieros de Google esperan que la culpa climática impulse las preferencias de los consumidores e incentive a las empresas a invertir en aviones más eficientes en cuanto a combustible. Eso podría acelerar el desarrollo de aviones eléctricos y de combustibles más ecológicos. Es una visión maravillosa. Espero que funcione.

No obstante, las calculadoras de carbono también tienen un lado oscuro. El concepto de huella de carbono personal ha sido promovido por BP, el gigante de los combustibles fósiles responsable, en gran medida, por el triste y célebre derrame de petróleo de Deepwater Horizon.

Una parte especial de la página web de BP dedicada a la conciencia climática es una ventanilla única para la culpa climática. Tiene una calculadora de la huella de carbono que estima que un vuelo genérico de Boston a Minneapolis pondría 0,62 toneladas métricas de emisiones de carbono en el aire, más del doble de la estimación de Google para el vuelo de JetBlue. A continuación, se ofrece con amabilidad a aceptar mi dinero para compensar esas emisiones mediante la compra de paneles solares en la India, estufas de bajo consumo en México y turbinas eólicas en China. Mi pecado climático de visitar a mi hermana quedaría absuelto por la módica cantidad de 2,80 dólares.

Pagar para compensar las emisiones de carbono no es malo, pero es difícil confiar en que esas compensaciones sean permanentes y reales, sobre todo cuando son promovidas por una empresa petrolera, incluso una que dice que pretende alcanzar la neutralidad en carbono para 2050.

El verdadero inconveniente de la culpa climática y de las calculadoras de carbono es la manera en que trasladan la carga de la responsabilidad a las personas, quienes deben hacer sacrificios extraordinarios, y no la industria de los combustibles fósiles, a la que se le acusa de bloquear el cambio sistémico mucho más consecuente que necesitamos.

Michael Mann, climatólogo y autor del nuevo libro “The New Climate War: The Fight to Take Back Our Planet” (La nueva guerra climática: la lucha por recuperar nuestro planeta), sostiene que BP puso en marcha una de las primeras calculadoras de carbono (y se promocionó como “Beyond Petroleum”, Más allá del petróleo) quizás para desviar la atención de su propio papel en la crisis climática. Nunca sabremos si esto reflejó una verdadera aceptación de la energía limpia o una táctica cínica de ‘lavado ecológico’”, escribió, pero si todos somos culpables, nadie puede señalar a la industria de los combustibles fósiles.

© 2021 The New York Times Company

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