Opinión: ¿Por qué el virus está matando a tantas mujeres embarazadas en India?

·9  min de lectura

Los médicos del Instituto Gubernamental de Ciencias Médicas (GIMS, por su sigla en inglés), un hospital público ubicado en Noida, un suburbio de Delhi, me dijeron hace poco que durante la primera ola de COVID-19 del año pasado, la mayoría de las mujeres embarazadas presentaron síntomas moderados y pudieron volver a casa tras ser hospitalizadas durante unos días.

A diario, el GIMS atiende de manera gratuita a unos 2000 pacientes del suburbio y de los pueblos de los alrededores. Durante los meses de marzo, abril y mayo, los médicos me dijeron que la mayoría de las embarazadas llegaban con síndrome de dificultad respiratoria aguda, con los pulmones colapsados. De las quince mujeres embarazadas que estaban en la sala de ginecología del hospital cuando hablé con los médicos hace dos semanas, once estaban con oxígeno, dos con respiradores y una se estaba recuperando.

Las mujeres embarazadas, cuyo sistema inmunitario está debilitado, desarrollan una cicatrización generalizada en los pulmones tras contraer el virus. “Sus pulmones se veían blancos como el hueso en una radiografía”, dijo un médico. “Sus sacos de aire se llenaron de fluido que se filtró de los vasos sanguíneos hasta los pulmones”.

Con una segunda ola de COVID-19 más severa desde mediados de febrero, los médicos indios empezaron a observar una mayor necesidad de ventilación con alto contenido de oxígeno para las mujeres embarazadas, la necesidad de más cirugías para acelerar y adelantar los partos y una mayor incidencia de abortos y nacimientos de bebés muertos.

El 2 de mayo, Palkan Thakur sintió una picazón en la garganta, que se convirtió en tos. Tenía siete meses de embarazo y estaba esperando a su cuarto hijo. Los médicos locales en Faridabad, su ciudad natal que está al lado de Delhi, probaron con paracetamol, jarabe para la tos y le suministraron hierro y glucosa por vía intravenosa, pero Thakur no podía respirar y tosía sangre.

Su marido, Zakir Khan, que tiene una tienda de ayurveda, la medicina india tradicional, la llevó al hospital Lifeline, a poco menos de 5 kilómetros de su casa. Tras tomarle una radiografía, el médico les informó que los pulmones de Thakur estaban muy afectados. El hospital se había quedado sin camas disponibles. Fueron a otros once centros de salud y no pudieron internarla en ninguno: algunos no tenían camas; otros no tenían oxígeno ni respiradores; otros más cobraban cantidades estratosféricas por el tratamiento.

Habían transcurrido trece horas desde que salieron de la casa. A Thakur le sangraba la nariz; Khan le limpió el rostro y se sintió derrotado. Un familiar le llamó con noticias sobre una cama disponible en el departamento de ginecología del hospital GIMS en Noida. Y Khan llegó con su esposa en brazos a las 3:00 a. m.

Un médico conectó una cánula a la nariz de Thakur y le administró un flujo continuo de oxígeno a 50 litros por minuto. Con problemas podía mantener su porcentaje de saturación de oxígeno en 80, muy por debajo del nivel normal de 95.

“¿Se va a salvar?”, preguntó un médico inexperto. El médico con mayor experiencia no respondió. Thakur sigue luchando por su vida, tiene 27 años.

Cuando Thakur fue internada, los médicos del GIMS también estaban atendiendo a una mujer en su octavo mes de embarazo. Un respirador la ayudaba a aumentar su porcentaje de saturación de oxígeno a un 80 por ciento. Una noche, después de que un ultrasonido mostró a un bebé sano moviéndose en su vientre, los médicos debatieron si podían hacer una cesárea. Administrar la anestesia para operar a la madre disminuiría el porcentaje de saturación de oxígeno de la madre a niveles peligrosos.

Los médicos no tenían la certeza de que sobreviviría. “¿Podemos salvar al bebé?”, preguntó un médico. La madre o el bebé; el bebé o la madre, debatieron. “Ningún médico tendría que tomar estas decisiones”, me dijo uno de los doctores. Horas después, la madre y el bebé murieron.

A más de 1300 kilómetros del hospital de Thakur en un suburbio de Delhi, alrededor de mil bebés sanos nacieron en mayo en el hospital Nair en el centro de Bombay, el centro designado para atender a las mujeres embarazadas infectadas de COVID-19 en la ciudad más poblada de India. Sin embargo, tan solo en abril, ahí también murieron 17 mujeres, la mayoría entre 25 y 35 años.

Recordé mi propia experiencia al estar embarazada de mi hija: la fatiga extrema del primer trimestre, el aumento de los latidos del corazón en el segundo y cómo mi vientre se hinchaba en el tercer trimestre, haciéndome respirar cada vez más hondo.

Un informe de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades que analizaba a unas 400.000 mujeres de entre 15 y 44 años descubrió que las embarazadas que están enfermas de COVID-19 tienen más probabilidades de necesitar camas de cuidados intensivos, asistencia para respirar invasiva y oxigenación por membrana extracorpórea. El riesgo de muerte es un 70 por ciento mayor en las mujeres embarazadas que en las no embarazadas. Las embarazadas también corren un mayor riesgo de sufrir coágulos en la sangre.

En India, todos los días nacen unos 67.000 bebés, lo que sugiere que alrededor de dos millones de mujeres indias estaban en su noveno mes de embarazo en enero cuando el país comenzó a aplicar la vacuna. El 29 de abril, la Federación de Sociedades de Obstetricia y Ginecología de India pidió que se diera prioridad a las mujeres embarazadas y lactantes en el proceso de vacunación, ya que los beneficios parecen superar con creces cualquier riesgo teórico y remoto.

Estados Unidos, el Reino Unido y Bélgica dieron prioridad a las mujeres embarazadas en la vacunación. Sin embargo, las mujeres indias todavía no pueden vacunarse contra la COVID-19 porque las autoridades consideran que no hay datos empíricos que sustenten la urgencia de inocularlas. El miércoles, el ministro de Salud recomendó que se vacunara contra la COVID-19 a las mujeres en periodo de lactancia, pero agregó que el caso de las mujeres embarazadas “se seguía debatiendo y necesitaba mayor deliberación”.

Las redes sociales indias se han llenado cada vez más de llamados desesperados de ayuda y desgarradores avisos de muertes de mujeres embarazadas a causa de complicaciones relacionadas con la COVIV-19. El creciente número de fallecimientos está haciendo que India retroceda tras décadas de avances en la reducción de la mortalidad materna.

En 1946, un año antes de la independencia de India, el país reportó que por cada 100.000 nacimientos, morían aproximadamente 2000 madres. Las parteras mal equipadas y capacitadas, los nacimientos en casa y la falta de medios de transporte eficientes para recorrer distancias largas en caso de emergencia contribuían a esa cifra elevada. Los esfuerzos sostenidos a lo largo de las décadas, la ampliación de los servicios de atención médica para las madres, los nacimientos en hospitales en vez de las casas y un mejor cuidado pre y posnatal ayudaron a que el país disminuyera la tasa de mortalidad a 130, por cada 100.000 nacimientos vivos en 2016.

La COVID-19 amenaza con hacer retroceder estos logros conseguidos con tanto esfuerzo. Un estudio publicado en el International Journal of Gynecology and Obstetrics señaló que el tratamiento médico de las embarazadas de octubre de 2019 a febrero de 2020 y de abril a agosto de 2020 se redujo en un 45,1 por ciento en los partos institucionales; hubo un aumento del 7,2 por ciento en los embarazos de alto riesgo y el ingreso a las unidades de cuidados intensivos casi se triplicó. El miedo a contraer el virus también redujo las visitas posnatales de las mujeres a los hospitales.

Hablé con más de 50 clínicas privadas de todo el país y todas se niegan a aceptar a mujeres embarazadas cuya prueba de coronavirus sea positiva. Algunas temían contraer el virus, otras no tenían los recursos para el manejo de pacientes con y sin COVID-19; algunas sentían que no tenían el equipamiento necesario para tratar a las pacientes de alto riesgo. La mayoría de las clínicas privadas no tienen camas de cuidados intensivos ni especialistas.

Durante mis recorridos por Maharashtra —uno de los estados indios más afectados— me detuve en decenas de centros de salud rurales. La mayoría presenta escasez de médicos y especialistas enviados por el gobierno como cirujanos, médicos generales, ginecólogos y pediatras. La mayoría carecen de algún tipo de cuidado prenatal a pesar de la existencia de un programa gubernamental que ofrece revisiones prenatales gratuitas.

El virus no perdona ni a las futuras madres de las clases altas y medias en las principales ciudades del país, quienes suelen tener los recursos financieros y un mejor acceso a la atención médica que la gente en las poblaciones más pobres.

A principios de abril, mientras la segunda ola de la pandemia asolaba Delhi, varios miembros de la familia Chauhan en el barrio de Saket se contagiaron. Anshuma Chauhan, la nuera con ocho meses de embarazo, se aisló en su habitación. Durante la noche del 29 de abril, Chauhan no podía respirar. “El virus terminó por encontrarla”, me dijo su cuñada.

Como sus niveles de saturación de oxígeno se deterioraban, tras una penosa búsqueda, encontraron una cama en el Hospital Sunrise, a unos 11 kilómetros de distancia. Los médicos informaron a su familia que el medicamento contra la COVID-19 que necesitaba sería perjudicial para el bebé y presionaron para que se le practicara una cesárea de urgencia. El 30 de abril por la tarde, dio a luz a un niño sano.

Los protocolos para la COVID-19 evitaron que la familia se reuniera con ella. Chauhan quedó devastada cuando los médicos se llevaron al neonato a toda prisa a la sala pediátrica de cuidados intensivos. Sin embargo, unas horas después, cuando la salud de ella empeoró, el hospital no tenía respiradores.

A la mañana siguiente, tras súplicas de ayuda y una campaña en redes sociales que contó con la ayuda de una actriz de Bollywood, el hospital encontró una cama de cuidados intensivos para Chauhan en otro hospital al sur de Delhi. La sacaron a toda prisa en una camilla pero, al llegar al otro hospital, la declararon muerta.

This article originally appeared in The New York Times.

© 2021 The New York Times Company

Nuestro objetivo es crear un lugar seguro y atractivo para que los usuarios se conecten en relación con sus intereses. Para mejorar la experiencia de nuestra comunidad, suspenderemos temporalmente los comentarios en los artículos.