Opinión: ¿Es la vida una historia o un juego?

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Soy del tipo de persona que se inclina por las artes liberales, así que veo la vida como una historia. Cada persona nace en una familia. A lo largo de la vida, encontramos cosas para amar y comprometernos: una vocación, una pareja, una comunidad. En ocasiones nos tambaleamos y sufrimos pero hacemos todo lo posible para aprender de nuestras desgracias y así crecer en sabiduría, bondad y gracia. Al final, con suerte, podemos mirar hacia atrás y ver cómo hemos fomentado relaciones profundas y servido a un bien superior.

 

Will Storr, un escritor cuyo trabajo admiro enormemente, afirma que esta versión en la que la vida es una historia es una ilusión. En su libro “The Status Game” (El juego del estatus), argumenta que los seres humanos están profundamente motivados por el estatus. El estatus no se trata de ser querido o aceptado, escribe Storr, sino de ser mejor que los demás, de obtener más: “Cuando las personas acuden a nosotros, nos ofrecen respeto, admiración o elogios, o nos permiten influir en ellos de alguna manera, eso es estatus. Y se siente bien”.

 

Las personas con estatus alto son más saludables, pueden hablar más, tienen posturas más relajadas, son admiradas por sus inferiores sociales y tienen un sentido de propósito, alega Storr. Eso es lo que en realidad buscamos. Las historias que nos contamos a nosotros mismos, en las que somos héroes en una aventura hacia la verdad, el bien y la belleza, son solo mentiras que la mente inventa para ayudarnos a sentirnos bien con nosotros mismos.

 

La vida es una serie de juegos, continúa Storr. Está el juego del bachillerato, en el que se compite para ser el chico popular. El juego del abogado, para lograr ser socio de la firma. El juego de las finanzas, para lograr ser quien gane más dinero. El juego académico, por el prestigio. El juego deportivo, para demostrar que nuestro equipo es el mejor. Incluso cuando intentamos hacer el bien, asegura Storr, estamos jugando el “juego de la virtud”, para demostrar que somos moralmente superiores a los demás.

 

El deseo por el estatus es una “motivación madre”, y el hambre de estatus nunca se satisface.

 

Creo que Storr ha sido seducido por el fundamentalismo de la psicología evolutiva. Corre el peligro de convertirse en uno de esos tipos que les dan poca importancia a los deseos más nobles del corazón humano, al elemento solidario en cada amistad y familia, para luego afirmar, como en efecto lo hace, que tenemos que ser lo suficientemente hombres para enfrentar lo desagradable que somos.

 

Sin embargo, debo admitir que la mentalidad de jugador que describe Storr  impregna nuestra cultura en este momento. Las redes sociales, por supuesto, son un juego de estatus por excelencia, con sus me gusta, sus clasificaciones virales y sus periódicas turbas canceladoras. Vastos ejércitos partidistas libran guerras por el reconocimiento.

 

La política estadounidense también se ha convertido más en una guerra por el estatus que en una manera de que la sociedad descifre cómo asignar sus recursos. La carrera de Donald Trump no se trata tanto de políticas, sino más bien de su convicción de que él va a hacer que paguen quienes te menosprecian. .

 

La política exterior a veces parece un juego de estatus, como en el caso de Vladimir Putin y sus historias de humillación. Putin afirma que el mundo no los ve ni respeta, por lo que deben contraatacar.

 

En un ensayo titulado “The World as a Game” (El mundo como un juego) en la invaluable revista Liberties, Justin E. H. Smith señala que los sistemas de crédito social, como los de China, convierten literalmente la ciudadanía en un juego, al otorgar puntos o sanciones dependiendo del comportamiento de las personas.

 

Una de las características de la mentalidad de juego es que convierte la vida en una actuación. Si lo que más quieres es estatus, ¿por qué no crear un personaje falso que lo obtenga por ti? Algunas de las personas que asaltaron el Capitolio el 6 de enero de 2021 estaban vestidas como si estuvieran en un videojuego o película taquillera de acción.

 

Las personas que sienten que están jugando un juego a menudo se pierden en el mundo ficticio del mismo y se distancian del desorden de la realidad. En un ensayo titulado “Reality Is Just a Game Now” (La realidad es solo un juego ahora), en la igualmente valiosa revista New Atlantis, Jon Askonas señala cuánto se parece estar activo en el movimiento QAnon a jugar un juego de realidad alterna.

 

Los jugadores de QAnon “investigan” en foros y videos recónditos, en busca de pistas que respalden sus teorías de conspiración. Van a los mítines de Trump con carteles con frases que solo otros jugadores reconocerán.

 

Askonas escribe: “Para los jugadores devotos, el estatus se obtiene al encontrar pistas y proporcionar interpretaciones convincentes, mientras que otros pueden seguir la historia de manera casual, a medida que la comunidad la revela. Es esta colaboración —una especie de creación de sentido social— la que construye la realidad alterna en la mente de los jugadores”. Askonas concluye que el juego de rol es para nuestro siglo lo que la novela fue para el siglo XVIII: un nuevo tipo de experiencia y autocreación.

 

El mundo enloquecido por el estatus que describe Storr carece mucho de amor; es un mundo que reconozco pero

no quiero vivir en él. Al final, los juegos son divertidos, pero asumir la vida como un juego es inmaduro. La madurez significa superar el deseo superficial —de estatus— que en realidad no nos nutre. Se trata de cultivar los deseos más elevados: el amor por la verdad y el aprendizaje y no conformarse con teorías de conspiración baratas. Es el placer intrínseco que el artesano obtiene de su trabajo, que no tiene que ver con la popularidad. Es el deseo de tener una vida buena y valiosa que inspire a las personas a realizar actos de generosidad a diario.

 

¿Cómo aprenden gradualmente las personas a cultivar estas motivaciones más elevadas? Para responder a eso, tendría que contarte una historia.

© 2022 The New York Times Company

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