Opinión: Lo que vi al lado de Joe Biden tras la invasión estadounidense de Afganistán

Thomas L. Friedman
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No me sorprendió que Joe Biden decidiera retirar por fin la presencia estadounidense de Afganistán. En 2002, tenía cierto sentido esperar que nuestra invasión, organizada con el propósito de derrocar a Osama bin Laden y sus aliados talibanes, se prolongara y se convirtiera en una colaboración para transformar a ese país en un lugar más estable, tolerante y decente para sus ciudadanos (y con una menor probabilidad de dar origen a grupos yihadistas). Por desgracia, también era lógico desde un principio temer que cualquier medida para injertar una cultura política occidental en una cultura islámica fundamentalista dominada por varones y de raíces tribales tan profundas como Afganistán fuera una misión imposible, en especial si consideramos que lo que menos quería el vecino Pakistán era que tuviéramos éxito, pues eso significaría arrancar a Afganistán de la órbita cultural y geopolítica de Pakistán.

Biden vivió desde un principio este dilema entre esperanzas y temores. Lo sé porque estuve a su lado durante su primera visita, a principios de enero de 2002, al Afganistán de la posguerra. Apenas unas semanas antes se habían aplacado los enfrentamientos más importantes y los talibanes habían sido expulsados de Kabul, Afganistán.

Biden, que en ese momento era presidente del Comité de Relaciones Exteriores del Senado, me invitó a viajar con él. Escribí un diario en los meses que siguieron a los ataques del 11 de septiembre, en el que está incluido ese viaje, y publiqué su contenido en 2002 junto con una serie de columnas de esa época en mi libro “Longitudes & Attitudes: Exploring the World After September 11” (Coordenadas y actitudes: el mundo después del 11 de septiembre).

Eran mis reflexiones, no las de Biden, pero observamos lo mismo y en general compartimos primeras impresiones que en muchos sentidos no han cambiado hasta la fecha.

El relato de mi diario comenzaba así:

“Volamos a Islamabad y después abordamos un vuelo de ayuda humanitaria de las Naciones Unidas con destino a la base aérea Bagram, a unos 80 kilómetros de Kabul. Joe se hospedó en la embajada de Estados Unidos, recién reabierta, que no tenía agua corriente ni sanitarios funcionales, y yo en la casa que rentaba The New York Times, cuyas instalaciones sanitarias solo eran un poco mejores, pero, eso sí, donde había un grupo de amistosos choferes y cocineros afganos que mantenían la chimenea ardiendo y servían arroz con pasas y pan afgano calientito en la mesa. Si me preguntaran sobre mi primera impresión de Kabul, diría que es la Zona Cero de Oriente”.

“Es como construir una nación en la luna”, escribí en la columna que publiqué esa semana. “En este lugar ves escenas tristes y también extrañas: un burro blanco galopa por la calle central justo detrás de nuestro auto; un hombre con una pierna pedalea una bicicleta; algunas personas lavan un automóvil con agua de una letrina portátil. […] El gobierno central está en una situación tan desesperada que tiene menos dinero que la mayoría de los equipos de televisoras estadounidenses que se encuentran aquí, así que el gobierno ni siquiera puede pagar salarios”.

En otra parte del diario escribí:

“Una mañana, fui con Biden a la vieja embajada soviética, donde miles de refugiados estaban amontonados en una serie de apartamentos hechizos de una recámara, cuya única fuente de calor eran estufas de leña y que se protegían del frío húmedo con una película de plástico. Parecía que todos deambulaban en sandalias y usaban cobijas como abrigos. En donde deberían estar sus jardines delanteros había alcantarillas abiertas y lodo; mejillas demacradas y ojos enormes marcaban sus rostros. […] Guiado por mi corazón, escribí que Estados Unidos debía permanecer aquí todo el tiempo que fuera necesario, con el número de soldados que se requiriera, con tal de reparar este país y brindarle un nivel mínimo de seguridad para que pudiera ponerse en pie. Era lo menos que le debíamos a este lugar por haberlo abandonado anteriormente después de la retirada soviética. No teníamos que convertirlo en Suiza, solo dejarlo un poco mejor, un poco más libre y un poco más estable de lo que era al mando de los talibanes.

“Sin embargo, aunque mi corazón no dejaba de jalarme en esa dirección, mi cabeza y mis ojos no paraban de identificar aspectos de lo más preocupantes. Vi la primera señal cuando acompañé a Biden a su reunión con el ministro del Interior del gobierno provisional, Yunus Qanooni, quien es tayiko. Detrás de su escritorio, donde se esperaría que el ministro colgara el retrato de su presidente (Hamid Karzai, de la etnia de los pastunes), tenía uno de Ahmed Shah Massoud (tayiko), el líder de la Alianza del Norte asesinado justo antes del 11 de septiembre.

“Primera regla de política de Tom Friedman: Nunca confíes en un país en el que un nuevo ministro exhibe el retrato de su líder favorito de la milicia, no del presidente (interino) del país, encima de su escritorio. Me dio la impresión de que la cultura guerrera tribal estaba tan arraigada en este lugar que sería difícil que cualquier gobierno central neutral echara raíces reales. Mientras contemplaba el retrato de ese líder de la milicia, me pregunté: ‘¿Cuándo fue la última buena época del gobierno de Afganistán? ¿Antes de Genghis Khan? ¿Antes de la pólvora?’”.

De hecho, esa semana escribí en mi columna que una noche recorrí la famosa librería del Hotel Intercontinental, cuya colección de libros sobre la historia de Afganistán es increíble. Después de revisar los estantes, escribí: “Me impresionó cuántos libros tenían la frase ‘guerras afganas’ en el título. Tomé uno llamado ‘Historia de la guerra en Afganistán’ y descubrí que formaba parte de una edición de dos volúmenes gruesos que solo cubrían de 1800 a 1842”. También me asombró la colección de postales que había en la librería, en particular una de ellas. Era una fotografía en dos partes; una de ellas mostraba un edificio bombardeado y la otra, parte de un pasillo deteriorado cuyo techo se veía desplomado entre los escombros del piso. El pie de foto decía: “Afganistán, el Museo de Kabul destruido y saqueado”.

Esa es una señal de un país que ha pasado demasiado tiempo en guerra: cuando las postales que produce son de escombros. Así que de ahí nació la pregunta con la que batalló mi mente, al igual que la de Biden, todo ese viaje: ¿Sobre qué cimientos —físicos, culturales, políticos, económicos, religiosos y sociales— podrían los afganos, con ayuda de Estados Unidos y la OTAN, construir un sistema político moderno, más decente y menos corrupto? ¿El futuro podría enterrar al pasado ahí, o el pasado siempre enterraría al futuro? Nos reunimos con algunas mujeres y estudiantes, además de nuevos líderes surgidos tras la salida de los talibanes, que insistieron en que el país era capaz de superar su pasado, aunque la librería advertía lo contrario. No hace falta decir que no respondimos esa pregunta en ese viaje. Al día de hoy no estoy seguro de que ya la hayamos respondido.

El diario continúa: “El día que Biden y su equipo debían volar de regreso, conmigo como parte de la comitiva, hubo mal tiempo en la base aérea Bagram, por lo que las Naciones Unidas tuvieron que cancelar su vuelo. Era un problema para nosotros... Delta no vuela a Kabul. Sin el vuelo de las Naciones Unidas, no teníamos cómo salir. Uno de los miembros del cuerpo de seguridad de Biden logró conseguirnos a todos asientos en un transporte militar estadounidense que llegaría más tarde esa noche y luego despegaría, primero con dirección a Pakistán y después a Baréin. Así que tuvimos que pasar todo el día en Bagram con las fuerzas especiales estadounidenses, que la usaban como cuartel general. […]

“Observé alrededor de la habitación a las unidades operacionales alfa de las fuerzas especiales que estaban ahí y en ellos pude ver la fortaleza de Estados Unidos oculta a plena vista. No eran los misiles inteligentes ni el equipo de combate nocturno. Era el hecho de que estos equipos de fuerzas especiales estaban formados por una combinación de estadounidenses negros, asiáticos, hispanos y blancos. La verdadera fuente de nuestro poder es la capacidad de conjuntar a tantas personas diferentes para formar un puño firme. Es precisamente lo que no han logrado hacer los afganos en décadas recientes, lo que los ha debilitado, dividido y convertido en presa de fuerzas del exterior”.

Otro pasaje del diario: “Salir de Afganistán fue mucho más difícil que entrar (espero que no sea una metáfora para las operaciones estadounidenses en ese lugar en general). Cuando el transporte militar estadounidense en el que supuestamente volaría Joe Biden con todo su séquito llegó a Bagram, el capitán del Ejército estadounidense encargado de la torre de control le informó al senador que el Pentágono había dado órdenes de no admitir a ningún ciudadano civil en las naves militares. En todo el viaje de Biden, el Pentágono, supuestamente por órdenes del secretario de la Defensa Donald Rumsfeld, le había negado todo tipo de ayuda a Biden a pesar de que encabezaba el Comité de Relaciones Exteriores del Senado. No le había ofrecido aviones, ni recorridos militares, ni nada. Esta era la gota que faltaba para derramar el vaso. Biden reaccionó con gran calma, no hizo pataletas, pero en su silencio estaba enojadísimo”.

Acabé prestándole mi teléfono satelital a Biden para que llamara al secretario de Estado Colin Powell, a través del centro de operaciones del Departamento de Estado, para ver si él podía ayudar de alguna forma.

“‘Habla Joe Biden, ¿podría comunicarme con Colin Powell?’, preguntó Biden en el conmutador del Departamento de Estado. Pasaron algunos minutos. ‘¿Colin? Hola, soy Joe Biden. […] Sí, aquí estoy en la pista de la base aérea Bagram en Afganistán y quisiera abordar un transporte militar, pero me informaron que el Pentágono ordenó que no se permita el ingreso a ningún ciudadano civil. Qué pena molestarte, Colin, pero ¿podrías ayudarnos con este problema?’.

“Powell le respondió a Biden que esperara un minuto en lo que intentaba comunicarse con Rumsfeld. Rumsfeld estaba en la iglesia, así que Powell localizó al segundo al mando, Paul Wolfowitz. Pasaron otros minutos más de llamadas a las oficinas centrales de Centcom en Florida y después Powell volvió a comunicarse con Biden.

“‘Joe’, dijo el secretario de Estado, ‘déjame hablar con el controlador aéreo de la base’.

“Entonces Biden le pasó el teléfono satelital al controlador de tráfico aéreo con las siguientes palabras: ‘Capitán, el secretario de Estado quiere hablar con usted’.

“Estaba totalmente oscuro, pero estoy seguro de que vi palidecer el rostro de ese capitán por la sorpresa de hablar con el secretario de Estado, ni más ni menos que un antiguo presidente del Estado Mayor Conjunto. Solo escuché que le decía a Powell: ‘Sí, señor; sí, señor; sí, señor’. Cuando terminó de hablar, devolvió el teléfono y le dijo a Biden: ‘Es bienvenido a bordo, señor’.

“Cuando nos estábamos poniendo el cinturón en la parte posterior del C-130, la tripulación gritó que alguien estaba disparando balas trazadoras al otro extremo de la pista. […] Como este enorme avión de carga no tenía más peso que el nuestro, me dio la sensación de que había despegado en línea vertical, como si fuera un cohete, lo que me pareció perfecto porque Bagram está rodeada casi en su totalidad por montañas en las que ya se habían estrellado dos transportes estadounidenses. Tres horas más tarde, aterrizamos en Jacobabad, Pakistán, en la zona central del país, en una base pakistaní que utilizaba la Fuerza Aérea Estadounidense. Tuvimos que esperar unas horas y después abordamos un C-17 con rumbo a Baréin.

“Hablar con los pilotos estadounidenses en Jacobabad fue de lo más revelador. Uno de ellos nos dijo: ‘No hay ni un solo vuelo a Afganistán que no sea blanco de disparos de armas cortas desde el interior de Pakistán cerca de la frontera’.

“‘Pero Pakistán es nuestro aliado en esta guerra’, dijimos. Díganselo a los pakistaníes que viven a lo largo de la frontera con Afganistán, contestó mientras se encogía de hombros. Fue uno de esos momentos en que te das cuenta como periodista que a la par de esta gran historia de la guerra ocurren millones de historias de las que nadie se entera.

“Fue uno de esos momentos en que sospechas que estás parado en un piso con soportes falsos. Pero cuando supe unas semanas más tarde de la tragedia del periodista de The Wall Street Journal Danny Pearl, a quien terroristas pakistaníes antiestadounidenses le rebanaron el cuello, recordé esa conversación en Jacobabad y entonces el asesinato sin sentido de un estadounidense en Pakistán ya no me pareció tan fuera de contexto”.

*

Así fue la primera experiencia que tuvimos Joe Biden y yo en Afganistán. Cuando lo entrevisté en diciembre pasado, un mes después de haber sido electo presidente, en nuestra conversación informal tocamos el tema del Medio Oriente y me preguntó si recordaba nuestro viaje a Afganistán y la locura del regreso.

Le dije que nunca lo olvidé. Evidentemente, él tampoco.

Valió la pena intentar lo que nuestra nación intentó llevar a cabo en aquel lugar; nuestros soldados y diplomáticos trataron de mejorar la situación, pero nunca estuvo claro si sabían cómo lograrlo ni si tenían suficientes colaboradores afganos. Es cierto que quizá dejar el país empeore la situación, pero nuestra presencia ahí en realidad no estaba ayudando.

Tal vez nuestra salida sea un desastre en el corto plazo, pero en el largo plazo, quién sabe; quizás Afganistán encuentre el equilibrio sin ayuda, como Vietnam. O quizá no. No lo sé. Me siento igual de ambivalente que hace 20 años e igual de incapaz de llegar a una respuesta, y estoy seguro de que así también se siente Biden.

Lo único de lo que estoy seguro es de que 1) necesitamos ofrecerles asilo a los afganos que colaboraron con nosotros y ahora pueden estar en peligro; 2) los afganos serán los arquitectos de su propio futuro, y 3) la democracia estadounidense es la que se está erosionando en la actualidad a causa de nuestras propias divisiones, algo que estamos haciendo con nuestras propias manos, y si no encontramos la manera de arreglar la situación, no podremos ayudar a nadie... ni siquiera a nosotros mismos.

This article originally appeared in The New York Times.

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