Opinión: ¿Los veterinarios y los farmacéuticos están mostrando cómo hacer que las trayectorias profesionales funcionen para las madres?

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Los veterinarios y los farmacéuticos podrían ayudarnos con algo más que nuestras mascotas y nuestras pastillas. Quizá también puedan guiar a Estados Unidos hacia una sociedad que funcione mejor para las madres estadounidenses.

En la actualidad, la cantidad de mujeres en las universidades es mayor a la de los hombres en las facultades de derecho y medicina; sin embargo, aunque las mujeres parecen tener más títulos que los hombres, sus carreras e ingresos se han estancado.

Las mujeres que trabajan tiempo completo reciben en general 82 centavos por cada dólar que ganan los hombres, y la situación es mucho peor para las que tienen una buena formación. El salario medio de las licenciadas universitarias que trabajan tiempo completo es de solo 72 centavos por cada dólar que ganan sus pares hombres, y la cifra apenas ha variado en 30 años.

Las mujeres han constituido la mitad de los nuevos contadores desde la década de 1980, pero siguen representando solo el 16 por ciento de los socios de las grandes empresas de contabilidad. Quince años después de graduarse de la Facultad de Derecho de la Universidad de Míchigan, el 35 por ciento de los hombres han llegado a ser socios, pero solo el 18 por ciento de las mujeres han logrado lo mismo.

“Las mujeres siguen sintiéndose defraudadas”, señaló Claudia Goldin, profesora de economía de la Universidad de Harvard, en un libro de próxima aparición titulado “Career and Family: Women’s Century-Long Journey Toward Equity” (La trayectoria profesional y la familia: El largo camino de las mujeres hacia la equidad), del que se han extraído la mayoría de las cifras aquí expuestas. “Se rezagan en sus carreras al tiempo que ganan menos que sus esposos y colegas hombres”.

A menudo asumimos que la causa fundamental de esta desigualdad es la discriminación a la antigua, en forma de machistas que les pagan menos a las mujeres por hacer el mismo trabajo. De ser cierto, sería más sencillo atenderla, pero Goldin cita pruebas de que, aunque la discriminación salarial persiste, no es el problema central.

Al principio de sus trayectorias profesionales, las mujeres ganan casi lo mismo que los hombres, y las que no tienen hijos (en su mayoría) logran mantener su posición en la carrera por los ingresos.

La diferencia tampoco se debe principalmente a que las mujeres elijan profesiones peor pagadas, como afirman algunos. Eso podría explicar un tercio de las discrepancias salariales, no más.

El gran reto es que, para la mayoría de las mujeres, a los diez años de carrera, los bebés complican mucho más la permanencia en trabajos que son indiferentes a la crianza de los hijos, y eso supone una barrera estructural mayor para el avance profesional de las mujeres.

“Es sistémico”, me dijo Goldin. “Tenemos que empezar de cero y pensar más en ello”. Goldin sostiene que, si no se aborda la crianza de los hijos, las soluciones que se barajan son “el equivalente económico de lanzarle una caja de curitas a una persona con peste bubónica”.

Cuando un hijo está enfermo, uno de los progenitores (por lo general, la madre) tiene que salir del trabajo y correr al pediatra. En teoría, padre y madre podrían intercambiar estas responsabilidades, pero entonces ninguno de los dos se volvería socio. Así que, en la práctica, el hombre suele ser el designado para aprovechar su carrera al máximo, mientras que la mujer sacrifica el avance profesional por el bien de la familia.

“Ambos sacrifican cosas”, escribió Goldin. “Los hombres renuncian al tiempo con la familia; las mujeres renuncian a la carrera profesional”.

Esto me hizo pensar en mi propia familia. Mi esposa, Sheryl WuDunn, y yo creemos profundamente en la equidad de género (escribimos un libro al respecto) y, sin embargo, en retrospectiva, veo que esto sucedía en nuestro caso. Yo solía ser el que volaba para cubrir los golpes de Estado, y dejaba que Sheryl (que tiene más títulos de posgrado que yo) se ocupara de la planificación de los cumpleaños de los niños o del murciélago en la habitación.

No obstante, hay esperanza, y eso nos lleva a los veterinarios.

Antes, los veterinarios, al igual que los mejores abogados, financieros y consultores de gestión, solían trabajar muchas horas de manera irregular. Los perros progresaban; las familias de los veterinarios sufrían, pero el 77 por ciento de los veterinarios nuevos son mujeres, y han creado un sistema de consultas colectivas y de urgencias que resulta más amable con el aspecto familiar: si Rover se enferma por la noche, lo llevas a una clínica de urgencias las 24 horas.

Del mismo modo, el farmacéutico del barrio solía trabajar muchas horas y ofrecer servicios personales, pero en la actualidad, llamas para pedir una receta y no esperas que te atienda un farmacéutico en concreto. Esto les permite trabajar de manera mucho más flexible, de modo que una tercera parte de las mujeres farmacéuticas de 30 años o más trabajan menos de 35 horas a la semana.

En distintas medidas, la farmacia es ahora una de las profesiones más equitativas y amigables con la familia en Estados Unidos. Prácticas similares de flexibilidad están dando nueva forma a campos de la medicina dominados por las mujeres, como la pediatría y la obstetricia.

¿Será posible estructurar de esta manera las finanzas o la consultoría? Si un director general está dispuesto a confiarle su hijo enfermo a un pediatra de guardia, ¿por qué no dejar que un contador de guardia se ocupe de un asunto contable de fin de semana?

“Me sorprende cuando un abogado, contador, consultor o financiero afirma que no es posible sustituir a los profesionales de su área, pero no puede responder por qué no sucede lo mismo en el caso de atender un parto”, escribió Goldin.

La pandemia fue potencialmente transformadora; creó una oportunidad para que las empresas ofrecieran mayor flexibilidad y trabajo a distancia. Del mismo modo, las propuestas del presidente Joe Biden de guarderías de alta calidad serían un regalo del cielo para los padres.

Goldin sostiene que podríamos estar en un punto de inflexión, pero eso dependerá de que los hombres adopten cambios sistémicos que permitan la flexibilidad de la que fueron pioneros los sectores de la farmacéutica y la veterinaria. El paso fundamental, aconseja Goldin: “Lograr que los hombres se sumen”.

Y por eso escribí esta columna.

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This article originally appeared in The New York Times.

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