Opinión: Cinco verdades contundentes sobre la guerra en Ucrania

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Hay cinco oraciones que nos resumen cómo va hasta ahora la guerra en Ucrania.

A los rusos se les acaban las armas de precisión. A los ucranianos se les terminan las municiones de la era soviética. La paciencia del mundo con respecto a la guerra se agota. El gobierno de Biden se queda sin ideas de cómo librar esa guerra. Y los chinos observan con atención.

La carencia del arsenal de Moscú, cosa que ha sido evidente durante semanas en el campo de batalla, es un motivo de alivio a largo plazo y de terror a corto. Alivio, porque la máquina de guerra rusa, en cuya modernización Vladimir Putin invirtió muchísimo, ha sido puesta al descubierto como como un tigre de papel que no podría desafiar a la OTAN con seriedad en cualquier conflicto convencional.

Terror, porque un ejército que no puede librar una guerra de alta tecnología, con relativamente pocos daños colaterales, librará una guerra de baja tecnología con daños de ese tipo en verdad enormes. Según sus propios cálculos, Ucrania está teniendo 20.000 bajas al mes. En contraste, Estados Unidos tuvo 36.000 bajas durante siete años de guerra en Irak. Pese a su gran valentía y determinación, en una guerra de desgaste, Kiev puede mantener a raya a un vecino que tiene más del triple de su tamaño, pero no derrotarlo.

Eso significa que Ucrania necesita hacer algo más que solo frenar al ejército ruso. Tiene que acabar con su fuerza tan pronto como sea posible.

Pero eso no puede ocurrir en una guerra de artillería en la que Rusia puede disparar unos 60.000 proyectiles al día, a diferencia de los aproximadamente 5000 que los ucranianos han dicho que pueden conseguir. Como dice el refrán, la cantidad tiene su propia cualidad. El gobierno de Biden le está enviando a Ucrania lanzacohetes, municiones y obuses avanzados, pero no están llegando con la rapidez suficiente.

Ahora es el momento en que Joe Biden debe decirle a su equipo de seguridad nacional lo que le dijo Richard Nixon al suyo cuando Israel estaba sufriendo por sus pérdidas en la guerra del Yom Kipur: Después de preguntar qué armas estaba pidiendo Jerusalén, el presidente de Estados Unidos número 37 ordenó a su gente que “duplicara la cantidad” y añadió: “Ahora, lárguese de aquí y haga el trabajo”.

La urgencia de ganar pronto —o al menos de hacer que se retiren las fuerzas rusas de un frente amplio, de tal modo que sea Moscú y no Kiev el que pida la paz— se ve agravada por el hecho de que el tiempo no está necesariamente del lado de Occidente.

Las sanciones a Rusia le pueden hacer daño a su capacidad de desarrollo en el largo plazo. Pero las sanciones solo pueden funcionar en el corto plazo como para menoscabar su capacidad de destrucción. Esas mismas sanciones también tienen un costo para el resto del mundo y el costo que este está dispuesto a pagar por su solidaridad con Ucrania no es ilimitado. El importante desabasto de alimentos, energéticos y fertilizantes, junto con los problemas de suministro y el aumento de los precios que inevitablemente resultan de ellos, no se puede mantener por siempre en las sociedades democráticas cuya tolerancia al sufrimiento es limitada.

Mientras tanto, parece que el precio que Putin está pagando por su guerra no es muy alto, ni en términos de los ingresos por los energéticos (que son elevados gracias al aumento de precios) ni con respecto al respaldo de la población (también elevado gracias a la combinación de nacionalismo, propaganda y miedo). Tener la esperanza de que se muera pronto por alguna enfermedad que pueda estar padeciendo (¿acaso Parkinson?, ¿cáncer en la sangre?, ¿o solo complejo de Napoleón?) no es ninguna estrategia.

¿Qué más puede hacer el gobierno de Biden? Debe correr dos riesgos calculados con base en un avance conceptual.

Los riesgos calculados: En primer lugar, como lo propuso el almirante jubilado James Stavridis, Estados Unidos debe estar listo para hacer frente al bloqueo marítimo ruso de Odesa escoltando a buques cargueros al puerto y desde él.

Eso significará, en primer lugar, lograr que Turquía permita que los buques de guerra de la OTAN transiten por los canales turcos que llevan hacia el mar Negro, lo cual podría traer consigo algunas incómodas concesiones diplomáticas para Ankara. Aún más peligroso, podría dar como resultado el surgimiento de encuentros cercanos entre los buques de guerra de la OTAN y los de Rusia. Pero Rusia no cuenta ni con el derecho legal de bloquear el último puerto importante de Ucrania, ni con el derecho moral de impedir que los productos agrícolas de Ucrania lleguen a los mercados internacionales, ni tampoco con el poderío marítimo para enfrentarse a la marina estadounidense.

En segundo lugar, Estados Unidos debe incautar los aproximadamente 300.000 millones de dólares en activos que el banco central ruso tiene en el extranjero con el fin de financiar al ejército ucraniano y costear la reconstrucción.

Yo propuse esto desde principios de abril y, varios días después, Laurence Tribe y Jeremy Lewin de la Universidad de Harvard expusieron una causa judicial convincente en un artículo de la sección de escritores invitados de The New York Times. El gobierno tiene miedo porque podría transgredir la ley estadounidense y sentar un mal precedente financiero, cosas que podrían ser buenos razonamientos en circunstancias menos alarmantes. En este preciso momento, lo que se necesita con urgencia es que Rusia reciba un tipo de sacudida económica que otras sanciones no han podido ocasionar.

Lo cual nos lleva al avance conceptual: La contienda en Ucrania tendrá un mayor efecto en Asia del que tendrá en Europa. Tal vez el gobierno se asegure de haber provocado los daños suficientes al ejército ruso como para que no vuelva a invadir pronto a nadie más. Eso es cierto, dentro de sus limitaciones.

Pero si la guerra termina y Putin sigue estando en el poder con comodidad y Rusia termina en posesión de una quinta parte de Ucrania, entonces Pekín aprenderá la lección de que la agresión funciona. Y entonces, mucho más pronto de lo que pensamos, tendremos una lucha por Taiwán (con sus apabullantes costos en términos humanos y económicos).

Conclusión: La guerra en Ucrania puede ser un preludio o un colofón. El presidente Biden tiene que hacer todavía más de lo que ya ha hecho para garantizar que sea el colofón.

© 2022 The New York Times Company

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