Opinión: Ya me vacunaron, pero la inyección no salvará a mis pacientes agonizantes

Daniela J. Lamas
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Ya me vacunaron, pero la inyección no salvará a mis pacientes agonizantes. (Simone Noronha/The New York Times)
Ya me vacunaron, pero la inyección no salvará a mis pacientes agonizantes. (Simone Noronha/The New York Times)

LAS SELFIS DE LOS TRABAJADORES DE SALUD RECIBIENDO LA VACUNA NO PUEDEN CURAR INFECCIONES, PERO PUEDEN BRINDAR ESPERANZA EN LOS LUGARES DONDE LOS SUMINISTROS SON ESCASOS.

Apenas siento la aguja.

Acabó tan rápido que comienzo a asimilar todo hasta después, mientras me siento en la sala de espera. Un puñado de nosotros está ahí, cada uno recién vacunado y en espera de los quince minutos designados antes de poder irnos. Veo a un trabajador de servicios ambientales flexionar su antebrazo y tímidamente tomarse una fotografía. Algunos residentes de medicina interna observan por la ventana, con la vista un poco nublada tras un turno nocturno. Siento un impulso repentino de ofrecer un abrazo o apretón de manos de felicitación pero, por supuesto, eso no es posible. Nuestros asientos están tan separados que ni siquiera podemos hablar.

Echo un vistazo a mi celular y abro un mensaje, una solicitud automatizada para completar un informe de letalidad para un paciente que falleció de COVID-19 la semana pasada. En nuestra conversación final antes de que lo intubaran, intenté consolarlo, pero él apenas podía oírme debido al ruido de su oxígeno de alto flujo. Cuando tosió, me estremecí con la esperanza de que no se diera cuenta. La encuesta pregunta si algo sobre su muerte era prevenible y yo digo que no, porque no hay nada que pudiéramos haber hecho diferente, aunque evidentemente la respuesta verdadera es sí. Muchas de estas muertes pudieron haberse evitado.

Mi sección de noticias en redes sociales está llena de fotografías alegres de médicos y enfermeras que anuncian su vacunación. Pensé en tomar mi propia fotografía, pero después titubeé. Porque tan solo unos pisos arriba, hay docenas de pacientes que no pueden respirar, que tienen miedo y están solos, que podrían morir simplemente porque compartieron una cena en la época decembrina. Nueve meses después de que comenzó esta pandemia, yo estoy vacunada y aun así me siento en un movimiento pendular que pasa de la esperanza a la desesperación.

En el exterior, nieva. Ya se siente como un largo invierno. Aquí en el hospital, la adrenalina ansiosa de la primavera ha dado paso a una pesada y prolongada tristeza. Atendemos a pacientes que se han sacrificado y tomado precauciones durante meses y ahora (al bajar la guardia ante el dolor del aislamiento y el anhelo del contacto humano) podrían morir solo porque decidieron pasar tiempo en un lugar cerrado con personas que aman o eligieron ir a una cena. He sido cuidadoso tanto tiempo, deben haber pensado. Los humanos son inherentemente optimistas y notoriamente malos para evaluar los riesgos. Seguramente, no pasará nada si hago solo esta pequeña cosa.

Recientemente atendí a un hombre que amaba los equipos deportivos de Boston, cuya esposa decidió ir a comer brevemente con una amiga. Para cuando se enteró de que su amiga tenía síntomas de COVID-19, ya le había pasado el virus a su esposo. Él murió semanas después de estar conectado a un respirador. También supe de una abuela cuya familia confió en el falso consuelo de una prueba negativa. Un padre que recibió a una docena de personas en su hogar para las fiestas decembrinas. Cada deceso se vuelve aún más desgarrador por las selfis celebratorias de personas vacunándose en mi teléfono móvil y el conocimiento de que si hubieran esperado, mis pacientes tal vez habrían vivido.

Además, nuestro hospital no solo trata a personas con COVID-19. También somos testigos del sufrimiento de los pacientes con cáncer, con infecciones que amenazan su vida, con complicaciones de trasplantes de órganos. Vemos casos de sobredosis y síndrome de abstinencia en cifras inusualmente altas, enfermedades psiquiátricas llevadas a su punto de quiebre. Un hombre relativamente joven fue traído a nuestro hospital después de ser encontrado inconsciente en el cuarto de un hotel, su corazón apenas latía. Cuando logramos extubarlo y comenzó a despertar, empezó a gritarle a su enfermera y a sacar su furia contra las correas que lo sujetaban. Hay tantos y diferentes tipos de dolor para los cuales no tenemos una vacuna.

A principios de la pandemia (al ver que las personas se rehusaban a usar cubrebocas y asumían que la juventud o su buen estado de salud los mantendría a salvo), yo creí que el miedo era la única manera de cambiar el comportamiento. Si tan solo pudieras ver qué significa ser intubado, si pudieras concebir lo que es que te succione un tubo de traqueotomía mientras aprendes a caminar de nuevo, tal vez podrías tomar decisiones diferentes. Ciertamente, pensé, el miedo de poder enfermar a uno de tus padres, a tu pareja o a un hijo sería suficiente para motivarte a tomar precauciones, sin importar qué tan solitario te sientas. Sin embargo, ahora, a medida que la gente se reúne porque simplemente está harta de la soledad y la espera, me pregunto si la esperanza es realmente una herramienta más poderosa.

Tal vez esa es la verdadera promesa de las fotografías de gente vacunándose. No es solo una manera de celebrar la ciencia o de alentar al público a vacunarse cuando pueda hacerlo. También es un signo tangible de esperanza, por frágil que parezca. Para la mayoría del país, la vacuna todavía está a meses de distancia. Y ahora, con titulares sobre las personas adineradas y sus intentos de pagar para recibirla antes de la fecha en que les corresponde, así como las imágenes de los políticos que reciben la vacuna antes que muchos residentes de asilos, es tan sencillo para algunos temer que su momento nunca llegará. Las selfis de gente vacunándose nos dicen que esperemos un poco más.

Cuando trabajo toda la noche, la parte más difícil siempre es la hora justo antes del amanecer. Ante mi cansancio extremo, la habilidad de mi cuerpo para regular la temperatura y mi sentido del tiempo se desquician y a menudo me encuentro revisando informes de laboratorio envuelta en una frazada de un calentador de cobijas, mientras me pregunto por qué siento como si el tiempo avanzara para atrás.

Pienso en esto ahora, cuando toco el apósito adhesivo en mi brazo. Aunque todavía no sabemos si la vacuna impide que infectemos a otros, por lo que continuaremos usando cubrebocas en el futuro cercano, podemos vislumbrar un mundo en el que una cena familiar o un abrazo no les costará la vida a las personas. Me imagino examinando a mis pacientes de una manera que no he practicado desde que la pandemia comenzó, un momento en el que mi cuerpo no se tense cuando tosen, cuando no salga del cuarto tan rápido como pueda. Por primera vez en meses, siento que el tiempo transcurre hacia adelante y puedo creer que nuestra realidad actual no será para siempre.

Una enfermera se detiene frente a mí, me pregunta si he esperado los quince minutos completos. Le digo que me siento bien, como si nada hubiera pasado, y ella programa mi segunda dosis para dentro de tres semanas. Comienzo a ponerme la chaqueta, me preparo para salir del hospital y a la nieve; entonces, lo pienso mejor. Saco mi teléfono, me arremango y tomo una fotografía.

This article originally appeared in The New York Times.

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