Opinión: Ucrania es solo una pequeña parte de los planes de Putin

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PUTIN ESTÁ CERCA DE CONSEGUIR LO QUE QUIERE.

MOSCÚ— El presidente de Rusia Vladimir Putin le está apostando a un juego de suspenso.

Cuando Putin pateó el tablero de ajedrez mundial a finales del año pasado, al congregar miles de soldados en la frontera con Ucrania, hizo que el mundo entrara en pánico. La invasión parecía inminente, y con ella se cernía la amenaza de una nueva confrontación global, disputada entre potencias con armas nucleares. La situación no se ha calmado desde entonces: una llamada del 30 de diciembre entre Putin y el presidente Biden, en la que los líderes intercambiaron amenazas, no ayudó mucho a aliviar las tensiones. Cualquier incidente a lo largo de la frontera rusa-ucraniana podría generar un infierno.

El razonamiento del Kremlin para la escalada es curioso. Alega estar actuando en respuesta a los esfuerzos de Occidente para “atraer a Ucrania a la OTAN” y la injerencia de la OTAN en la que el Kremlin considera la zona de influencia de Rusia. Pero eso parece ser puro bluf, o incluso troleo. La verdad es que la OTAN, pese a todos sus gestos de bienvenida, no está lista para ofrecerle a Ucrania la membresía.

Entonces, ¿cuál es el objetivo final del juego de Putin? La meta inmediata, sin duda, es que Ucrania regrese a la órbita de Rusia. Pero eso es solo una pincelada en un lienzo mucho más grande. El plan de Putin es ambicioso: remodelar el acuerdo posterior a la Guerra Fría, y en el proceso garantizar la supervivencia del sistema de poder personalizado de Rusia. Y a juzgar por la respuesta incómoda y angustiada de Occidente hasta el momento, podría estar cerca de conseguir lo que quiere.

En los últimos años, Putin ha revivido con éxito la tradición rusa de los gobiernos autocráticos, tras modificar la Constitución, reescribir la historia y tomar medidas drásticas contra la oposición. Ahora busca dotar al sistema de una robusta columna vertebral de potencia mundial, para que Rusia regrese a su glamur mundial. En la última década, la Rusia de Putin no solo demostró su disposición a retomar el control del antiguo espacio soviético, tras probar sus ambiciones en Georgia y Ucrania, sino que también dejó sus huellas por todo el mundo, como en sus intromisiones en las democracias occidentales. Sin embargo, la tensión actual con Ucrania lleva las cosas a un nuevo nivel.

Putin, quien ya no está satisfecho con solo preocupar a Occidente, está intentando obligarlo a aceptar una nueva dispensación global, en la que Rusia recupere su prestigio. No obstante, el plan no se detiene allí. De manera fundamental, el avance geopolítico serviría para proteger el gobierno de Putin. Así que Occidente, al aceptar la posición geopolítica de Rusia, también avalaría su agenda interna. Estados Unidos se convertiría, dentro y fuera del país, en el proveedor de seguridad de Rusia. Es toda una estratagema.

El momento en el que está ocurriendo esto es crucial. Con la Unión Europea consumida por sus propios problemas y la rivalidad entre Estados Unidos y China aún sin llegar a su punto máximo, el Kremlin está aprovechando la situación para ejecutar su gran plan. Para ello, podría ponerse el casco de guerra en cualquier momento. Sin embargo, el objetivo del Kremlin no es la confrontación. La escalada gira en torno a la paz, según los términos de Rusia.

Es difícil saber en este momento cuál será el siguiente paso. Putin no puede obligar a sus oponentes occidentales a rendirse y tampoco está listo para retirarse. Pero podría usar concesiones y negativas para seguir impulsando su agenda. Las concesiones, como que la OTAN se comprometiera de forma explícita a no expandirse más hacia el este, serían presentadas como victorias, y las negativas como pretextos para una mayor escalada. Ya hay un éxito claro: Occidente se ha visto obligado a recompensar a Rusia —a través del acercamiento, la diplomacia y, sobre todo, la atención— por el acto caritativo de no invadir Ucrania.

La rebelión de Rusia amenaza con convertir la geopolítica en una batalla de amenazas: fuerza por un lado, sanciones por el otro. El método de Putin está más que probado: aumenta las tensiones y luego exige “acuerdos vinculantes” que no se toma en serio. El objetivo, en realidad, es un orden mundial hobbesiano, basado en la disrupción y la preparación para avances sorpresivos.

Este orden no tiene nada en común con los elaborados en la Conferencia de Yalta en 1945, por ejemplo, o en el Congreso de Viena en 1815. Sus diseñadores siguieron las reglas. El Kremlin está sugiriendo algo muy diferente: la irrelevancia de las reglas. Las normas por las que se ha regido el mundo durante las últimas tres décadas serían descartadas en favor de una interpretación creativa de lo posible. En esta batalla campal, Putin —maestro voluble del suspenso y la jugada repentina— podría lograr su fusión de poder geopolítico y gobierno autocrático.

En la actualidad, Ucrania es la joya por la cual luchar. Pero no terminará ahí: Bielorrusia, cuyo líder asediado depende del apoyo de Rusia, podría ser el próximo premio en la rivalidad geopolítica, o tal vez sea Kazajistán, donde ha estallado una la indignación popular contra el régimen corrupto respaldado por Rusia. El drama apenas comienza. Otros países vecinos podrían convertirse en rehenes del sistema de supervivencia de Rusia, que requiere dominación externa en aras de la seguridad interna.

Hasta ahora, el Kremlin ha sido en extremo afortunado, o extraordinariamente hábil, al jugar una mano débil sin ases bajo la manga. Lidia con un poder establecido occidental decidido a mantener el statu quo, aunque eso implique adaptarse. Después de todo, la naturaleza de la globalización impide una política de contención seria: ¿Cómo puede Occidente frenar a Rusia cuando está atrapado en una red de lazos económicos y de seguridad con el Estado ruso?

Putin sin duda siente la ventaja. Tras haber lidiado con líderes occidentales durante décadas, parece haber llegado a la conclusión de que puede jugar a ser el intimidador. El hecho de que Estados Unidos accediera rápidamente a iniciar las conversaciones sugiere que la estrategia de Putin está funcionando: podrían pasar meses antes de que los aliados occidentales descubran que han estado involucrados en un mero intercambio de palabrería.

Es evidente que todavía no descifran cómo responder a la política de suspenso rusa. El Kremlin mantiene confundido a Occidente, al obligar al mundo a adivinar lo que Rusia está tramando y, al mismo tiempo, buscar líneas políticas contradictorias entre sí. Occidente no sabe cómo reaccionar ante tal “caos organizado”, pues está acostumbrado a funcionar de manera racional y con aversión al riesgo.

Hay varias trampas en las que Rusia y Occidente podrían caer. Según los informes, el tipo de sanciones que el gobierno de Biden está considerando podrían ser devastadoras para el Estado ruso y sus élites, que están integradas en Occidente. El ruso promedio no va a sacrificar su nivel de vida de forma indefinida por guerras y antagonismo. Según el centro independiente Levada, en 2021 solo el 32 por ciento de los rusos quería ver a Rusia como “una gran potencia respetada y temida por otros países”, y solo el 16 por ciento pensaba que la guerra podría incrementar la autoridad de Putin. La droga patriótica del militarismo ha comenzado a desvanecerse.

Occidente también enfrenta una situación imposible: cualquier negociación que le permita al Kremlin interpretar las reglas globales del juego socavaría los principios occidentales. Pero rechazar la negociación podría incitar al Kremlin a prenderle fuego a todo. Las democracias liberales del mundo no están preparadas para enfrentarse a un oponente con armas nucleares.

Esto parece ser un callejón sin salida. Ambos bandos siguen jugando a ver “quién parpadea primero”: Estados Unidos y sus aliados se han propuesto garantizarle a Ucrania su apoyo, mientras que Rusia sigue con el martillo del despliegue militar listo para caer. Una reunión en Moscú realizada el jueves 6 de enero entre representantes de Rusia, Francia y Alemania no generó grandes resultados. Las negociaciones comenzaron en serio la semana siguiente, cuando Rusia y Estados Unidos, a los que luego se les unieron miembros de la OTAN, comenzaron a buscar áreas donde sea posible (o no) llegar a un acuerdo.

Es una tarea complicada. Incluso si tales esfuerzos logran calmar temporalmente la situación, la sospecha mutua persistirá. La razón es simple: mientras Putin siga teniendo influencia, su gran plan siempre estará a la vuelta de la esquina.

Este artículo apareció originalmente en The New York Times.

© 2022 The New York Times Company

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