Opinión: Para Trump, Hamás y Netanyahu, siempre es el 6 de enero

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Hay muchas maneras de entender lo que está sucediendo hoy entre Hamás y el primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu, pero prefiero exponerlo de esta manera: cada uno está teniendo su propio momento del 6 de enero.

Así como el presidente Donald Trump desató una turba para saquear el Capitolio de Estados Unidos el 6 de enero en un último intento de revertir los resultados de las elecciones y evitar que un unificador sanador llegara a la presidencia, Netanyahu y Hamás explotaron o alimentaron cada uno a sus propias turbas para evitar que surgiera un gobierno de unidad nacional sin precedentes en Israel, un gabinete que por primera vez habría incluido a judíos israelíes y árabes musulmanes israelíes.

Al igual que Trump, tanto Netanyahu como Hamás han mantenido el poder al inspirar y aprovechar olas de hostilidad hacia “el otro”. Recurren a esta táctica cada vez que están en problemas políticos. De hecho, cada uno de ellos ha sido el socio más valioso del otro en esa táctica desde que Netanyahu fue elegido primer ministro por primera vez en 1996, a raíz de una ola de atentados suicidas de Hamás.

No, Hamás y Netanyahu no hablan. No lo necesitan. Cada uno entiende lo que el otro necesita para mantenerse en el poder y, de manera consciente o inconsciente, hacen lo necesario para ayudarse entre sí.

La última repetición de su desagradable espectáculo de larga duración está ocurriendo ahora porque ambos estaban viendo cómo se perfilaba un increíble avance entre los judíos israelíes y los musulmanes árabes de Israel, y, al igual que la turba pro-Trump del 6 de enero, querían acabar con la posibilidad de un cambio político antes de que pudiera destruirlos a ellos en la arena política.

Para entender por qué estoy tan convencido de esto, necesito retroceder unos diez días hasta la columna que estaba escribiendo antes de que ocurriera este estallido. Comenzaba recordando a los lectores que observo muy de cerca las tendencias del conflicto palestino-israelí, porque creo que su lucha a menudo presagia tendencias más amplias en la política occidental, lo cual no es muy distinto de lo que el teatro Off Broadway es para Broadway. Muchas cosas —el secuestro de aviones, los atentados suicidas, la construcción de un muro, el terrorismo de los autores solitarios— se perfeccionan allí primero y luego llegan a Broadway.

Lo que iba a escribir hace solo diez días era: “¡Oigan, amigos! ¡Miren lo que se estrena en Off Broadway! Quizá llegue a Estados Unidos”.

Y esto es lo que se estrenaba: tras las cuartas elecciones de Israel, y el fracaso de Netanyahu para conformar un gobierno, se estaba gestando una coalición de unidad nacional sin precedentes en Israel, bajo el liderazgo del secular de centro Yair Lapid y el religioso de derecha Naftali Bennett. Estaban a punto de forjar un Gabinete que incluiría tanto a judíos israelíes como, por primera vez, un partido árabe israelí islamista.

Este es el titular del periódico israelí Haaretz en línea del pasado domingo 9 de mayo, solo antes de que estallara por completo el más reciente conflicto entre Hamás e Israel: “Conversaciones sobre la coalición de Israel: El partido de Bennett espera conformar un gobierno ‘esta semana’, tras reunirse con el líder islamista”.

La noticia continuaba así: “Bennett se reunió el domingo con Mansour Abbas, presidente de la Lista Árabe Unida, lo que llevó a los miembros de su partido a creer que podría constituirse un gobierno ‘esta semana’, para poner fin al estancamiento político de Israel tras cuatro elecciones en menos de dos años”.

La Lista Árabe Unida, también conocido como Raam, encabezado por Mansour Abbas, es un partido árabe israelí del “movimiento islámico” que procede del mismo ámbito amplio del islam político que Hamás, con la diferencia de que no es violento; reconoce a Israel y se centra en conseguir más recursos, más policía y más puestos de trabajo para para los árabes israelíes (en particular para los beduinos musulmanes, sus pueblos y barrios en Israel) de la misma manera que los partidos judíos israelíes ultraortodoxos.

Abbas se separó de la coalición de partidos árabes israelíes —la Lista Conjunta, más centrada en el nacionalismo palestino— y obtuvo cuatro escaños en solitario para impulsar su agenda. Y como ni la coalición de Netanyahu ni la coalición de la oposición que estaba surgiendo, liderada por Lapid y Bennett, tenían suficientes votos para instaurar un gobierno, los cuatro escaños de Abbas lo convirtieron en el rey de la política israelí. Al principio, Netanyahu intentó atraerlo, pero una pequeña facción abiertamente racista y antiárabe de la coalición de Netanyahu (los Proud Boys de Bibi) se negó a sentarse en un Gabinete con árabes israelíes.

Eso es lo que dio a esta coalición emergente de unidad nacional de la oposición la oportunidad de formar un gobierno amplio que, por primera vez, habría incluido a los partidos sionistas de derecha favorables a los residentes de los asentamientos, a los partidos progresistas laicos de izquierda y a un partido árabe israelí proislamista y, tal vez, con el tiempo, incluso a los partidos árabes laicos.

Habría roto el molde de la política israelí para siempre. Y por eso los opositores locales al estilo del 6 de enero, en Israel y en Hamás, estaban decididos a hacerlo estallar.

De lo contrario, podría conducir a un mayor progreso e integración entre judíos y árabes e intentar atender, no agravar, el desempleo y la humillación, en particular entre los jóvenes árabes israelíes.

Gobernar importa. Y quién dirige un gobierno importa, en especial en las relaciones entre judíos y árabes israelíes. Consideren esto: durante la pandemia, en marzo de 2020, Haaretz informó de que fueron los trabajadores médicos árabes israelíes los que fueron esenciales para que los ciudadanos judíos de Israel pudieran sobrevivir al coronavirus. “Según las cifras oficiales... el 17 por ciento de los médicos de Israel, el 24 por ciento de sus enfermeras y el 47 por ciento de sus farmacéuticos son árabes”, señalaba.

Así que, la próxima vez que alguien les diga que Israel es un país meramente racista y antiárabe, piensen en esas cifras. Pero la próxima vez que alguien les diga que Israel es un paraíso para sus ciudadanos árabes y que no tienen nada de qué quejarse, piensen en esta cita de ese artículo de Haaretz. Es de la doctora Suad Haj Yihye Yassin, quien había regresado de un largo turno salvando a árabes y judíos israelíes de la COVID-19 en el hospital de Tel Aviv donde trabaja y acababa de escuchar a Netanyahu descartar la formación de un gobierno que incluyera a árabes israelíes.

“Cuando regreso a casa de la sala de emergencias, después de haberlo dado todo para atender a todo tipo de pacientes”, dijo, “y oigo al primer ministro decir que tenemos que formar un gobierno de unidad nacional para hacer frente a la crisis —pero sin los árabes, como si fuéramos ciudadanos de segunda categoría—, me duele. ¿Por qué está bien que estemos en la primera línea de los hospitales atendiendo los casos de coronavirus, pero no es legítimo que seamos parte del gobierno?”.

Por eso era tan importante que una verdadera coalición de unidad nacional gobernara Israel, para poner fin a los doce años de reinado de Netanyahu como primer ministro y desafiar desde sus cimientos la narrativa de Hamás de que la única esperanza para los árabes israelíes es la destrucción del Estado judío.

Y por eso, la columna en la que estaba trabajando el lunes pasado tenía el propósito de decir: “¡Oigan, amigos! ¡Miren lo que se estrena en Off Broadway! Quizá llegue a Broadway”.

Iba a relacionarlo con la valiente postura de Liz Cheney contra la Gran Mentira de Donald Trump y a preguntarme en voz alta si una facción escindida de los republicanos podría algún día trabajar con el centroizquierdista Biden para en verdad sanar a Estados Unidos después de la pandemia y ayudar a aprobar la legislación que necesitamos para prosperar en el siglo XXI.

Pero entonces, alrededor de las 10 de la mañana, uno de mis editores me llamó para preguntarme qué pensaba de los combates que acababan de estallar dentro de Israel entre israelíes y palestinos y entre Hamás e Israel: ¿y no debería pensar en escribir una columna urgente sobre ello?

Me di cuenta de que era imposible ignorarlo. Pero en esa columna del lunes pasado advertí que Netanyahu (quien está desesperado por mantenerse en el poder y evitar la posibilidad de ir a la cárcel si es condenado en su actual juicio por corrupción) haría lo necesario para “agravar la situación a tal grado que sus rivales de derecha tengan que abandonar el intento de derrocarlo y declaren, en cambio, que no es momento para un cambio de liderazgo”.

Y al cabo de 48 horas de lucha eso es justo lo que ocurrió. Netanyahu disuadió a Bennett de formar una coalición con un partido árabe israelí, por no hablar de los israelíes centristas y progresistas, y Mansour Abbas fue puesto en una situación imposible por Hamás, al parecer que estaba colaborando con los judíos israelíes que estaban golpeando a los palestinos desde Jerusalén hasta Gaza.

Así que las negociaciones de la coalición alternativa se vinieron abajo por completo. Una vez más, el pasado enterró al futuro.

¿Será siempre así? Es demasiado pronto para decirlo. Además, hasta cierto punto, todos calcularon mal el costo de sus acciones.

Los seguidores de extrema derecha de Netanyahu, y la policía, fueron demasiado lejos al antagonizar y reprimir a los palestinos en Jerusalén justo en uno de los momentos más delicados: los días sagrados musulmanes al final del Ramadán y después de que la Autoridad Palestina decidiera posponer las elecciones. La rabia de los palestinos de Jerusalén no solo avivó la violencia en esa ciudad, sino también el conflicto entre árabes israelíes y judíos israelíes en todas las ciudades de Israel, lo que es muy, muy peligroso para la estabilidad de Israel.
Mientras tanto, Yahya Sinwar, el líder de Hamás, parece haberse dejado embriagar por la idea de que lanzando cohetes de Hamás a Jerusalén, en medio de los enfrentamientos entre judíos y árabes en esa ciudad, él podría asumir, con un solo acto, toda la causa palestina, para dejar de lado a la Autoridad Palestina en Cisjordania y Jordania y a todos los Estados árabes. Gran error.

Atacar Jerusalén con cohetes traspasó una enorme línea roja israelí e hizo que el Ejército israelí asestara un duro golpe a las redes de túneles de Hamás en toda Gaza y a sus fábricas de municiones y, en general, amplificó la miseria de la vida en ese lugar bajo el gobierno de Hamás. Al hacerlo, el ejército israelí también estaba enviando un mensaje a Hezbolá en el Líbano: No creas que puedes superarnos en locura. Pon atención: la opinión pública mundial no nos detendrá en Gaza ni en el Líbano si nos amenazas con misiles.

Me gustaría poder decir que todo esto hará que Netanyahu o Hamás recapaciten a fondo, pero lo dudo. Durante los últimos doce años, Netanyahu ha tenido una misión: mantener a Hamás y a la Autoridad Palestina débiles y divididos para poder venir al Congreso de Estados Unidos cada año y decir: “Oh, cielos, me encantaría hacer la paz, pero no tenemos ningún socio en el otro lado. Los palestinos están débiles y divididos”.

Y durante doce años Hamás ha tenido una misión: mantener a Netanyahu en el poder para que Hamás y sus partidarios en Irán pudieran decir a sus ingenuos seguidores en Europa, en los campus universitarios liberales, en los medios de comunicación y en el Partido Demócrata que el problema no es Hamás (una organización islamofascista sin una pizca de fibra democrática que se dedica a destruir el Estado judío y a imponer un régimen islámico similar al de Teherán en Palestina) sino ese terrible gobierno de Netanyahu en Israel, que está a favor de la gente en los asentamientos.

Netanyahu y Hamás se necesitan mutuamente. Se entienden. Y repiten una y otra vez sus acciones.

Durante un breve y brillante momento pareció que una coalición israelí diferente podría unirse para romper ese ciclo. Sin duda, no habría conseguido la paz de la noche a la mañana, pero al menos podría haber iniciado un diálogo diferente, un diálogo real, entre todas las partes.

En lugar de ello, tuvimos un momento como el del 6 de enero que, por ahora, logró frenar la posibilidad de una transformación política. Mi única esperanza es que este fracaso de la coalición emergente por la unidad nacional al estilo Off Broadway no sea un presagio de lo que se avecina en Broadway: “Donald Trump: La secuela”.

This article originally appeared in The New York Times.

© 2021 The New York Times Company