Después de trabajar en Google, nunca me permitiré amar de nuevo otro trabajo

Emi Nietfeld
·8  min de lectura
Después de trabajar en Google, nunca me permitiré amar de nuevo otro trabajo (Kholood Eid para The New York Times).
Después de trabajar en Google, nunca me permitiré amar de nuevo otro trabajo (Kholood Eid para The New York Times).

Solía ser ingeniera de Google. A menudo, eso se siente como el hecho que definió mi vida. En 2015, cuando entré a la empresa después de la universidad, la firma estaba en el inicio de un reinado de varios años en la cima de la lista Forbes de los mejores lugares para trabajar.

Me tragué por completo el sueño de Google. En el bachillerato, pasé algún tiempo sin casa y en cuidado tutelar, y a menudo me excluían por ser un cerebrito. Anhelaba el prestigio de un trabajo sobresaliente, la seguridad que me daría y el entorno universitario donde iba a trabajar al lado de gente con la misma motivación que yo.

Encontré una familia sustituta. Durante la semana, hacía todas mis comidas en la oficina. Iba al doctor de Google y al gimnasio de Google. Mis colegas y yo nos apretábamos en casas de Airbnb en los viajes de trabajo, jugábamos voleibol en Maui después del gran lanzamiento de un producto e incluso pasábamos los fines de semana juntos, como la vez que pagamos 170 dólares y anduvimos horas en auto para correr en una carrera de obstáculos bajo la lluvia helada.

Mi jefe era como el padre que me habría gustado tener. Creía en mi potencial y le importaban mis sentimientos. Lo único que yo quería era seguir ascendiendo para que, conforme su carrera avanzara, siguiéramos trabajando juntos. Esto le dio un propósito a cada una de mis tareas, sin importar cuán agotadora o tediosa fuera.

Las pocas personas que habían trabajado en otras empresas nos recordaban que no había un mejor lugar. Les creía, incluso cuando mi líder técnico —no mi jefe, sino el hombre a cargo de mi trabajo diario— me decía “hermosa” y “preciosa”, incluso después de que le pedí que lo dejara de hacer (a final de cuentas, accedí a que podía llamarme “mi reina”). Solía aprovechar muchas de nuestras reuniones privadas para pedirme que le presentara a mis amigas, luego me decía que quería: “Una rubia. Una rubia alta”. Alguien que se pareciera a mí.

Decir algo sobre su conducta implicaba contradecir la historia que nos contábamos sobre cuán especial era Google. La empresa se anticipaba a todas nuestras necesidades —cápsulas para tomar siestas, sillas de masajes, hisopos en el baño, un sistema de transporte para compensar el disfuncional transporte público del Área de la Bahía— hasta que el mundo exterior empezó a sentirse hostil. Google era el Jardín del Edén; vivía aterrorizada de que me fueran a desterrar.

Emi Nietfeld en Manhattan, el 30 de marzo de 2021. (Kholood Eid para The New York Times).
Emi Nietfeld en Manhattan, el 30 de marzo de 2021. (Kholood Eid para The New York Times).

Cuando le contaba a gente externa sobre el acoso, no le cabía en la cabeza: tenía uno de los trabajos más sexys del mundo. ¿Qué tan malo podía ser? Yo también me lo preguntaba. Me preocupaba que me estuviera tomando las cosas a título personal y que, si alguien se enteraba de que estaba molesta, se iba a pensar que no tenía la resistencia necesaria para soportar nuestro intenso entorno.

Así que no le dije nada a mi jefe sobre la conducta de mi líder técnico durante más de un año. Sentía que seguirle la corriente era el precio de la inclusión. Alcé la voz tan solo cuando parecía que se iba a volver un jefe de manera oficial —mi jefe— para remplazar al que adoraba y ejercer todavía más poder sobre mí. Al menos otras cuatro mujeres dijeron que las había hecho sentir incómodas, además de dos ingenieros sénior que ya habían dejado claro que no iban a trabajar con él.

En cuanto presenté mi queja a recursos humanos, Google pasó de ser un lugar de trabajo genial a ser cualquier otra empresa: primero, se protegió a sí misma. Había estructurado mi vida alrededor del trabajo —justo lo que querían que hiciera—, pero eso solo empeoró los efectos secundarios cuando me enteré de que el lugar de trabajo que tanto valoraba me consideraba tan solo un empleado, uno de muchos y uno desechable.

El proceso se extendió durante casi tres meses. Mientras tanto, tuve que tener reuniones cara a cara con mi acosador y sentarme a su lado. Cada vez que pedía información sobre el avance de mi queja y expresaba mi incomodidad de tener que seguir trabajando cerca de mi acosador, los investigadores decían que podía buscar terapia, trabajar desde casa o irme. Luego supe que Google les dio respuestas similares a otros empleados que denunciaron racismo o sexismo. A Claire Stapleton, una de las organizadoras del paro de 2018, le sugirieron que se fuera, y a Timnit Gebru, una investigadora principal en el equipo de Google para la ética en la inteligencia artificial, le sugirieron que buscara atención para su salud mental antes de obligarla a renunciar.

Yo opuse resistencia. ¿Cómo me iba a ayudar estar sola todo el día, lejos de mis colegas, amigos y sistema de apoyo? Además, temía que, si me alejaba, la empresa no seguiría con la investigación.

Con el tiempo, los investigadores corroboraron mis acusaciones y encontraron que mi líder técnico había violado el Código de Conducta y la política en contra del acoso. Mi acosador seguía sentándose a mi lado. Mi jefe me dijo que el departamento de recursos humanos no lo iba a obligar a cambiar de escritorio, mucho menos a trabajar desde casa o irse. También me dijo que mi acosador recibió una consecuencia grave y que me sentiría mejor si pudiera saber cuál había sido, pero sin duda parecía que nada había pasado.

Las consecuencias de alzar la voz me habían hecho pedazos. Desenterré las traiciones de mi pasado que busqué superar al entrar a la industria tecnológica. Me mostré vulnerable ante mi jefe y los investigadores, pero sentí que no había recibido nada sólido a cambio. Todo el tiempo estaba nerviosa de ver a mi acosador en los pasillos y las áreas de café. Cuando la gente se acercaba por detrás de mi escritorio, cada vez me sobresaltaba con más facilidad, el eco de mis gritos se escuchaba por toda la oficina de planta abierta. Me preocupaba obtener una evaluación de desempeño negativa, la cual arruinaría mi trayectoria ascendente y obstaculizaría todavía más mi carrera.

Pasé semanas sin poder dormir una noche entera.

Decidí tomarme tres meses de incapacidad. Temía que pedir permiso fuera a retrasar mi ascenso en un lugar donde el progreso de casi todo el mundo es público y visto como una medida del valor y la experiencia de un ingeniero. Como la mayoría de mis colegas, había construido mi vida alrededor de la empresa. Me lo podían quitar con tanta facilidad. En teoría, la gente que estaba de incapacidad no entraba a la oficina… donde yo iba al gimnasio y tenía toda mi vida social.

Por suerte, aún tenía trabajo cuando regresé. En todo caso, tenía todavía más deseos que nunca de sobresalir, de compensar el tiempo perdido. Logré obtener una calificación muy alta por mi desempeño, mi segunda al hilo. Sin embargo, parecía claro que no iba a ser candidata para un ascenso. Después de irme, el jefe que adoraba comenzó a tratarme como si fuera frágil. Intentó analizarme, pues sugirió que bebía demasiada cafeína, no dormía lo suficiente o necesitaba más ejercicio cardiovascular. Alzar la voz dañó de manera irreparable una de las relaciones que más atesoraba. Seis meses después de mi regreso, cuando mencioné el tema del ascenso, me dijo: “La gente en casas de madera no debería encender cerillos”.

Cuando no obtuve el ascenso, se acabaron algunos de mis incentivos y de inmediato recibí un gran recorte salarial. No obstante, quería quedarme en Google. Seguía creyendo, a pesar de todo, que Google era la mejor empresa del mundo. Ahora veo que tenía nublado el juicio pero, después de años de idolatrar mi lugar de trabajo, no podía imaginar la vida más allá de sus muros.

Por lo tanto, fui a entrevistas con dos empresas tecnológicas de alto perfil que me ofrecieron un puesto, con la esperanza de que Google igualara las ofertas. En respuesta, me ofreció un poco más de dinero del que estaba ganando, pero era significativamente menos de lo que me prometían en los otros lugares. Me dijeron que la oficina de finanzas de Google calculó mi valor para la empresa. No pude evitar pensar que este cálculo incluía la queja que había presentado y el tiempo que me había ausentado como consecuencia.

No me quedó de otra más que irme, esta vez para siempre. La contraoferta raquítica de Google fue la prueba final de que ese trabajo era solo un trabajo y que me iban a valorar más en otra parte.

Después de renunciar, me prometí nunca amar de nuevo un trabajo. No como amé a Google. No con la devoción que esperan inspirar los negocios cuando les brindan las necesidades más básicas a sus empleados, como comida, atención médica y sentido de pertenencia. Ninguna empresa que cotice en los mercados públicos es una familia. Me tragué la fantasía de que podía serlo.

Así que acepté un puesto en una firma con la cual no tengo ningún vínculo emocional. Me caen bien mis colegas, pero nunca los he conocido en persona. Busqué a mi propio doctor; cocino mi propia comida. Mi jefe tiene 26 años… demasiado joven para esperar cualquier tipo de calidez paternal de su parte. Cuando la gente me pregunta cómo me siento en mi nuevo puesto, me encojo de hombros: es un trabajo.

This article originally appeared in The New York Times.

© 2021 The New York Times Company

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