Opinión: Me tomó 49 años hacer la pregunta correcta sobre mi padre

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LA MAYORÍA DE QUIENES TENEMOS PADRES AUSENTES PENSAMOS: “¿Y YO QUÉ?”. RARA VEZ NOS DETENEMOS A PREGUNTAR: “¿Y ÉL QUÉ?”.

Siempre sabía cuándo se acercaba el Día de la Madre. Me encantaba pensar a qué nuevo restaurante vegetariano llevaría a mi madre o cuál de las muchas buenas fotos de ella en mi infancia publicaría en Instagram. Por otra parte, el Día del Padre nunca ha estado en mi calendario mental. Suelo enterarme de que se acerca cuando veo un comercial de una maleta grande o de artículos para jugar golf.

Conozco muy poco de mi padre, el vibrafonista de jazz Roy Ayers; nos hemos visto muy pocas veces. Él y mi madre nunca estuvieron juntos. Ella se embarazó con su consentimiento, sabiendo que él no sería parte de nuestras vidas. Siempre he sabido esa historia y, durante la mayor parte de mi vida, no me ha molestado. Tuve una hermosa infancia, gracias a mi madre y a varios modelos paternos formidables. Así que nunca sentí la ausencia de mi padre en realidad. Nunca incumplió promesas. Nunca se fue. Más bien, nunca estuvo presente.

A mediados de mis treintas, lo busqué. Para mi sorpresa, Roy fue muy abierto y cuando fuimos a comer; nuestra conversación fluyó. Pero lo que esperaba que fuera un encuentro más o menos habitual, se convirtió en una luz que brillaba por su ausencia. Cuando trataba de mantenerme en contacto con Roy tras una comida, se apresuraba a colgarme o, la mayoría de las veces, no me contestaba.

Aunque vivimos en la misma ciudad, mi padre y yo nunca hemos tenido una conversación significativa desde aquella comida hace años. Tuve que pasar por un momento inesperado el verano pasado para darme cuenta de que puedo celebrar el Día del padre sin la presencia de mi padre.

En junio de 2021, conseguí boletos para una proyección de “Summer of Soul (…Or, When the Revolution Could Not Be Televised)” en el parque Marcus Garvey, el lugar donde se llevaron a cabo las actuaciones del Festival Cultural de Harlem de 1969 que se documentan en la película ganadora del Oscar de Ahmir “Questlove” Thompson. Unos 20 minutos después de iniciado el documental de aquel concierto, el exuberante conductor Tony Lawrence grita: “¡Damas y caballeros, a partir de este momento en Harlem, llegó la hora del soul!”.

Y sin más ni más, la imagen de mi padre llenó la pantalla de dos pisos, enmarcada por el trasfondo amarillo, azul y café brillante del escenario del festival. Se veía relajado en su camisa de esmoquin blanca, con los puños abiertos colgando y algunos botones del cuello hacia abajo desabrochados.

Aquel día en la pantalla, vi a mi padre tocar como si en eso se le fuera la vida, con una concentración y un control llenos de confianza que demostraban un tremendo compromiso con su oficio. Me quedó claro que la música era su vida. La música requería el cien por ciento de su energía y no había lugar para mí en esa ecuación.

El verano pasado cumplí 49 años y esa actuación se filmó unos dos años antes de que yo naciera, justo antes de que prosperara la carrera solista de Roy. En ese momento, en aquella proyección, fui testigo de mi padre en su elemento y vi un lado suyo que nunca había visto. Vi un talento enérgico y disciplinado que estaba a punto de escribir y grabar parte de las que serían sus mejores composiciones y, algunas de ellas, la mejor música de una era de oro. Y vi a un hombre de 28 años que se veía casi como yo a esa edad, con toda la pasión y la promesa de la juventud.

Mi padre era tan bueno y lo que hacía era tan importante, que me fue mucho más fácil entender por qué nunca fui, ni seré, una prioridad en su vida. Esa presentación de 1969 me ayudó a darme cuenta de que tengo todo lo que me dará. Había llegado el momento de dejar de esperar.

La mayoría de quienes tenemos padres ausentes, pensamos: “¿Y yo qué?”, y pocas veces nos detenemos a preguntar: “¿Y él qué?”. Me tomó 49 años hacerme esa pregunta, pero cuando al fin lo hice, me permitió dejar ir ciertas cosas.

A lo largo de mi vida, mis sentimientos hacia mi padre han cambiado: ambivalente, de niña, cuando casi nunca pensaba en él; emocionada, cuando, ya adulta, pude conocerlo y tener una conversación real con él; molesta, cuando no me devolvió las llamadas después de eso. He sentido nuestra conexión cuando veo nuestras similitudes: nuestros pómulos pronunciados y nuestra manera de reír. Y he sentido una amarga desconexión cuando pienso en nuestras diferencias. Pero mientras veía aquella presentación de hace más de cincuenta años, descubrí un nuevo sentimiento: orgullo.

Ahora mi padre tiene 81 años y sigue de gira por el mundo tocando música. Creo que la música ocupará su energía hasta que se agote y creer eso me hace feliz por él y por toda la gente a la que le enriquece la vida. No estoy cerca de mi padre este día, pero ya hice las paces con eso.

Siempre me he sentido incómoda al hablar de mi padre, incluso con amigos cercanos. Pero mientras veía a Roy interpretar “Summer of Soul”, volteé a ver a mi amiga, señalé la pantalla y dije, con una sencillez recién descubierta: “Ese es mi papá”.

Este artículo apareció originalmente en The New York Times.

© 2022 The New York Times Company

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